19/10/2020

Todos ¿unidos? pactaremos con el Fondo

El acto oficial a 75 años del 17 de octubre.

El acto oficial de conmemoración por el 75° aniversario del 17 de octubre, con su frustrada foto unidad, pinta de cuerpo entero el recorrido histórico del peronismo. De una enorme gesta obrera que ganó las calles y paralizó el país porque comprendía que con el derrocamiento de Perón estaban en juego sentidas conquistas, llegamos a un recordatorio de Estado organizado por la cúpula de la burocracia sindical que entrega los convenios y el salario, junto a los gobernadores del ajuste, para bancar a un presidente a la deriva cuya carta de salvación es un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

La conducción de la CGT fue la anfitriona del evento, pero fuera de ello no pudo jugar ningún otro papel. ¿Qué tenía para reivindicar? La defensa de las conquistas obreras no era un tema para traer a colación, cuando firma todas las paritarias a la baja, acuerda la flexibilización de los convenios colectivos como en YPF, deja pasar cientos de miles de despidos, y saluda el robo de la movilidad jubilatoria. La defensa de los derechos laborales está ligada a la lucha contra esta dirección gremial. En definitiva, la burocracia sindical, hace 75 años, fue a la rastra de una movilización que se gestó desde los lugares de trabajo y fue impulsada por las bases obreras.

Por otro lado, la ausencia de Cristina Kirchner se convirtió, fuera de dudas, en el dato político más saliente. Cuando se agudizan las tensiones políticas al interior del Frente de Todos, este faltazo no podía dejar de ser más sugestivo que casi todas las presencias. Entre estas se apuntaron, junto a la casi la totalidad de las alas de la burocracia sindical cegetista y de las CTAs, todos los mandatarios peronistas -incluido el cordobés Juan Schiaretti. El intento de entronizar a Alberto Fernández como líder del PJ tiene como telón de fondo no la pretendida unidad, sino las tendencias centrífugas propias de los sucesivos fracasos del gobierno en todos los frentes de crisis (económica, sanitaria).

El discurso presidencial, el único en vivo de la jornada, ponderó el silencio. Fernández no dijo absolutamente nada. Poco podía referirse realmente al significado del 17 de octubre de 1945, cuando viene de pactar con la burocracia un salario mínimo ridículamente por debajo de la canasta básica, de suplicar en el coloquio de Idea un poco de «confianza» a lo más granado de la desencantada clase capitalista, y de aportar su voto positivo la maniobra del imperialismo yanqui para reavivar la tentativa golpista en Venezuela. ¿Qué podía decir a los trabajadores?

Alberto Fernández apeló a una humorada para intentar ocultar el colapso sanitario que aquella numerosas regiones del país. Cuando las muertes por coronavirus se cuentan de a cientos diariamente, manifestó que «Dios debe ser peronista, porque menos mal que el peronismo está gobernando en este momento». Peor aún, aseguró que «si la pandemia no se fue de las manos es porque cada gobernador y este presidente nos pusimos al frente para garantizar el sistema de salud que otros destruyeron»; pues bien, la crisis sanitaria se está yendo de las manos, precisamente porque siguen gobernando los que destruyeron la salud pública en cada provincia, y porque la Casa Rosada profundizó el ajuste macrista como bien denuncian los propios trabajadores de los hospitales.

En el histórico salón Felipe Vallese de la sede Azopardo de la CGT, poco podía realmente referir este gobierno, que carga ya con las desapariciones forzadas seguidas de muerte de Facundo Castro en suelo bonaerense y de Luis Espinoza en Tucumán -ambos distritos gobernados por el peronismo-, y decenas de casos de gatillo fácil.

Otra paradoja histórica fue la declaración del presidente, en relación a la caravana que se realizó en la Ciudad de Buenos Aires, acerca de que «hubiera preferido que se queden en sus casas». Más que una reivindicación de una gran movilización obrera, lo de Fernández fue un réplica de la claudicación de Perón en el ’55, cuando indicó a los trabajadores que debían ir «de casa al trabajo y del trabajo a casa». Ya sabemos lo que pasó después, y quiénes pagaron los platos rotos.

El acto poco sirvió para «relanzar» el desorientado gobierno de Alberto Fernández, porque no podía ocultar todas sus contradicciones. El presidente, los gobernadores y la burocracia sindical buscaron mostrarse juntos, en definitiva, para probar que son capaces de ejecutar el acuerdo en tratativas con el FMI. Tres cuartos de siglo después, los peronistas atan su suerte a los dictámenes de los sucesores de Braden. No hubo demagogia antiimperialista. El acto fue un fiel reflejo del fracaso del nacionalismo burgués en encarar un desarrollo nacional independiente y de progreso social para los trabajadores.

En medio de una paralización de la economía, cuando estamos en las vísperas de una devaluación y un colapso general del sistema de salud, lo que está en cuestión es quién paga la crisis. El gobierno no tiene nada para ofrecer a los trabajadores, más que la factura del quebranto nacional. Tanto la defensa de las conquistas obreras como el desarrollo del país será obra de los trabajadores mismos, y para ello es necesario la superación política del peronismo.

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