Todos y al mismo tiempo

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Cuando Bernardo Neustadt se “enoja” con Saúl Ubaldini o reprocha a quienes se entrevistan con él, hay algo que el exoftálmico periodista no entiende: la burocracia sindical no puede controlar para nada la marejada de la bronca popular y está por eso obligada a adaptar su lenguaje y su demagogia, con mucha lentitud por cierto, al estado de ánimo que prende a pasos agigantados entre las masas.
En Salta el secretario general de la regional de la CGT sufrió una virtual humillación china cuando miles de trabajadores públicos y de los barrios lo hicieron marchar al frente de una manifestación luego de que se había rehusado a hacerlo, y más tarde lo obligaron a firmar su renuncia como dirigente.
En Tucumán, otra manifestación obligó a un burócrata cegetista a repudiar a sus colegas ausentes, que se habían ido a recibir a Palito Ortega.
En CTERA, los mandatos en favor de una huelga general crecen como hongos.
Los jubilados han resuelto movilizarse en permanencia los miércoles frente a la Casa de Gobierno. Esto no ocurre en ningún otro país.
“Se va a acabar, se va a acabar con la huelga general” — dicen los trabajadores de la construcción de Neuquén.
“Luchar, luchar por la huelga general” — dicen los empleados públicos y docentes de Tucumán.
Neustadt, simplemente, está imposibilitado de decir públicamente que comprende la política de Ubaldini, porque con ello provocaría el gran deschave nacional.
La política de Ubaldini consiste en buscar el desgaste del movimiento popular en cuotas, es decir, con paros parciales y aislados, de modo de darle al plan de Alsogaray todas las chances posibles. No es casual que sus aliados más importantes, como Miguel e Ibáñez, estén frenando a fondo, y en el caso del primero procurando aislar a los trabajadores privados de los estatales.
Pero semejante política es menos consuelo que una aspirina. La situación de los desocupados en las barriadas de Rosario, gran Buenos Aires, Tucumán, Córdoba o Mendoza está sencillamente al borde de la explosión.
La burocracia tiene un dilema clásico de los grupos políticos terminados: si frenan, la gente les pasa por encima; si hacen demagogia la gente los desborda.
La burocracia sindical que lidera Ubaldini procura anclarse en el bloque “alternativo” de Angeloz-Alfonsín y Cafiero, pero este bloque ha estado retrocediendo en los últimos días debido a su temor a quedar involucrado con la lucha popular.
La burocracia no puede, como cualquiera se lo imagina, llevar una huelga general a la victoria. Si la largara, lo que es difícil, sería para traicionarla. Por eso al calor del llamado y del impulso a la huelga general indefinida, es necesario organizar una nueva dirección, mediante coordinadoras, intersindicales, asambleas y comités de huelga.
Hay que quebrar al régimen del Citibank-Alsogaray; hay que echar a la burguesía. Esto no se logra con remiendos constitucionales sino con la lucha.

