23/03/2011 | 1169

Un Frente de Izquierda -en la agenda del Congreso del PO

Detrás de los encuestólogos que anticipan una victoria kirchnerista «en la primera vuelta», nadie puede disimular la existencia de una fractura política de fondo en el campo oficial. Esa quiebra quedó expuesta en la violenta crisis planteada con Moyano y la burocracia sindical que el kirchnerismo no enfrentó, sino que apenas consiguió aplazar en el tiempo. Pero se expresa, también, en el choque con el PJ y los intendentes del conurbano, donde el gobierno ensaya malabarismos leguleyos para conciliar a las colectoras «de izquierda» con los intereses de los intendentes peronistas respecto de esas mismas colectoras. El gobierno celebra como propia la victoria electoral en Catamarca, pero disimula que fue el resultado de un acuerdo político con gran parte de los aparatos de Saadi y Barrionuevo -o sea que no puede prescindir de operaciones de cooptación política. El kirchnerismo espera sortear las elecciones provinciales y nacionales a caballo del PJ de Scioli, Reutemann o Soria, así como de la burocracia sindical: o sea cabalgar sobre sus propias contradicciones, las que retratan un régimen ingobernable. La «confianza» oficial oculta, por lo tanto, un tembladeral político, que incluso se expresó en la elección de Catamarca, donde dos expresiones ‘disidentes’ del propio régimen canalizaron la insatisfacción popular (en Andalgalá y Valle Viejo). Proyecto Sur, en un caso, y el ex ‘piqueterismo’ integrado al Estado, por el otro, se ocuparon de canalizar, es decir: contener esa revulsión popular.

Este tembladeral se encuentra potenciado por el agotamiento de la perspectiva económica del oficialismo -su ‘modelo’. La inflación creciente, la caída del superávit comercial y del superávit fiscal, así como el aumento de la fuga de capitales delatan la precariedad de la ‘recuperación’ posterior a la crisis de 2007/9, que fue la que determinó la derrota oficial en las elecciones pasadas. Las paritarias están dominadas por la presión social que imponen la carestía en aumento, la tercerización laboral y la intensificación del trabajo. Más allá de los episodios electorales que van jalonando las etapas hacia octubre de este año, se desarrolla la perspectiva de una crisis de conjunto -en medio de una fractura política creciente en los aparatos políticos del oficialismo y de la oposición patronal.

Transición política

En el fondo de la crisis con Moyano se encuentran la acentuada descomposición de la burocracia, de un lado, y la persistente recomposición de filas del activismo independiente, del otro. Es decir una transición política que pone en juego el destino de los sindicatos -instrumentos de regimentación de la clase obrera o de la lucha por sus intereses inmediatos y de sus intereses históricos. Es un tema crucial para la continuidad de la dominación capitalista. Asimismo, el choque entre Moyano y el gobierno expresa el carácter insalvable de las contradicciones del bloque oficial -que ha fracasado en darse una base de poder desde el inicio mismo de su gestión. No ha caminado el esquema de crear un bloque de centroderecha versus uno de centroizquierda, la alianza plural, la recomposición del pejotismo luego de la crisis con Cobos, ahora el ‘cristinismo’. El régimen de los K marcha a los tumbos y se enfrenta ahora a una generalización de sus contradicciones. Las consecuencias desintegradoras de esa acción política quedaron expuestas también en la crisis de la CTA. El reciente proceso del subte -donde un gran plenario obrero se puso de pie contra la tentativa de someter el nuevo sindicato al gobierno- es una expresión contundente de estas tendencias que recorren a la clase obrera. Las elecciones nacionales serán un episodio de esta transición.

La izquierda y la crisis política

En este marco de crisis, hay una clara integración de una parte importante de la izquierda al campo de los bloques capitalistas. El partido comunista, el humanismo y otros integran la colectora K de Sabbatella, la cual quiere brindarle una cobertura progresista o de izquierda a la coalición oficialista de los K con Moyano, Scioli, Reutemann o Saadi. Por su parte, el MST y el PCR se han integrado a Solanas y Proyecto Sur, que cada vez más acentuadamente actúa como una colectora del frente de Alfonsín-Sanz-Binner: Solanas llamó a votarlos para los cargos ejecutivos en la elección de Santa Fe; apoyó a un alfonsinista (cuyo liderazgo nacional es socio de los pulpos mineros) para la intendencia de Andalgalá y negocia, en la Capital, la reconstrucción de una alianza ibarrista o incluso un Frente Cívico (con la UCR y el PS) bajo la pantalla del «antimacrismo». Con la intermediación de Solanas, una parte del voto de izquierda, nacionalista, ambiental o antiminero quiere ser llevado al carro de los representantes de la gran minería y el capital sojero o sea de los Alfonsín y Binner.

La izquierda que está al margen de la cooptación debe soportar, en relación al proceso electoral, una reforma política que ha confesado ser proscriptiva -tanto, que el Ejecutivo vetó los dos artículos que limitaban esa proscripción. Los requisitos leoninos para preservar u obtener personerías, por un lado, y la propia «interna abierta» (que impone un piso de votos para acceder a la elección general), por el otro, son una tentativa de concentración del proceso electoral en torno de los grandes bloques capitalistas. La «reforma» afecta también al centroizquierda; pero, en este caso, las trabas proscriptivas sirven de pretexto para justificar una política de disolución o apoyo a las candidaturas del gran capital.

La función de un frente de izquierda

Para la izquierda, la reunión de fuerzas para superar el piso del 1,5% en las internas abiertas y llegar a la elección general se plantea como una tarea elemental. La actuación cotidiana de las corrientes ligadas a la izquierda, sin embargo, está surcada de divergencias de magnitud y hasta de principios, como se ha expresado recientemente en el conflicto ferroviario e incluso también en el subte, porque tienen que ver con la defensa de la lucha de los trabajadores contra el Estado capitalista y la burocracia sindical. Es decir que no hay una unidad programática para un frente político. Esto significa que no están reunidas las condiciones para un acuerdo estratégico. La convocatoria de la CRCI a discutir un programa para desarrollar un partido político único, sobre la base del centralismo democrático, ha sido rechazada. Pero sigue en pie la voluntad proscriptiva de la burguesía contra nuestros partidos -o sea, la necesidad de un acuerdo circunstancial para estas elecciones. Este acuerdo podría tener un alcance político mayor si es capaz de potenciar las luchas obreras, la lucha contra la burocracia, despertar el interés de la opinión pública popular y favorecer una delimitación con las expresiones políticas de los explotadores.

El Partido Obrero ha logrado defender su personería nacional. Otros partidos que podrían integrar este frente aún están batallando por ello. Si logran vencer los obstáculos legales, el frente podría traducirse en una alianza entre los diferentes partidos nacionales. De lo contrario, el Partido Obrero colocaría a disposición su personería nacional para constituir una alianza nacional junto a las personerías de distrito de las otras agrupaciones. Izquierda Socialista ha hecho una propuesta de Frente de Izquierda que toma como base, entre otros, los resultados de las elecciones en Catamarca. Es cierto que las alianzas con vistas a la «interna abierta» tienen como plazo el 15 de junio. Pero un acuerdo previo, en caso de alcanzarse, permitiría una campaña común en las elecciones provinciales adelantadas, para reforzar las listas en esos distritos y, naturalmente, la propaganda con vistas a romper el cepo de la «interna» de agosto. En el Congreso que realizaremos a fines de abril, vamos a discutir la oportunidad y los progresos de este planteo político, a la luz del proceso apasionante de la crisis mundial, de la crisis política nacional y de la transición que recorre a la clase obrera argentina.

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