28/07/2011 | 1187

Un mapa político después de las elecciones de Santa Fe

La alharaca provocada por la votación que obtuvo el Midachi y el derrumbe del kirchnerista Agustín Rossi relega al partido que, después de todo, ganó la elección a gobernador en Santa Fe -aunque ha quedado en completa minoría en las dos cámaras de la Legislatura.

La victoria fuertemente atenuada del ‘socialista’ Bonfatti no califica para caracterizar que la izquierda haya prevalecido en Santa Fe. En primer lugar, porque Bonfatti responde a una alianza con la UCR y la Coalición Cívica -dos formaciones que se han desplazado fuertemente a la derecha. La UCR ha sellado una alianza con el derechista De Narváez y las tropas de Carrió han dado un fuerte giro hacia el capital financiero internacional. Entre sus líderes hay un banquero internacional, Prat Gay, y su propaganda electoral insiste en la defensa del ‘mercado’. En un reportaje de radio El Mundo, Bonfatti se esmeró por aclararle al periodista que su partido, el PS, «no es de izquierda» y que «la distinción izquierda-derecha está perimida».

Nada malo, para un socialista. El gobierno del Frente Progresista de Santa Fe ha sido el representante de los intereses sojeros y, por sobre todo, de los monopolios de exportación (en un período de ‘boom’ descomunal del cultivo del poroto), los que gozan de la privatización de los puertos de la provincia. Bonfatti evita el mote de izquierda, pero sigue con el de ‘progresista’ -como si esto fuera posible sin ser de izquierda. El objetivo principal del rechazo a la calificación de izquierda es, sin embargo, otro: ofrecer su disponibilidad a un frente opositor para las elecciones de octubre. No lo puede proclamar hasta que queden atrás las elecciones en Córdoba y las primarias nacionales -en Córdoba apoya a un aliado, el privatista Luis Juez, contra otro, la UCR. Los resultados en esta provincia inclinarán la balanza en la pugna entre los opositores a los K.

Frentes populares en las dos orillas

Se impone una precisión. Los K y la oposición, respectivamente, no son bloques homogéneos: los dos son «frentes populares». El oficialismo es un armado de colaboración de clases entre una fracción importante del capital internacional (minería, un sector de los pulpos automotrices, parte de los petroleros, los sectores vinculados con el comercio con China), por un lado, y las organizaciones populares controladas por una burocracia asociada al Estado, y una parte de la burguesía industrial y los bancos, por el otro. En la oposición hay también un frente de colaboración de clases, el cual va desde Macri, el representante principal de los intereses asociados a la burguesía internacional, y Duhalde (viejo gestor de la ‘patria contratista’) hasta el Frente Amplio Progresista de Binner y De Gennaro (CTA). Estos juegan en la oposición el rol de bisagra que Carta Abierta o los ‘chicos’ de La Cámpora interpretan en el kirchnerismo. Los Binner pretenden copiar (en el imaginario) al Frente Amplio de Uruguay -pero para eso, tendrán que esperar un poco: hasta el momento en que el frente uruguayo empiece a gobernar con la derecha a partir de la pérdida de su mayoría parlamentaria como consecuencia de deserciones internas.

¿Cómo ubicar en este contexto a Carlos del Frade, de Proyecto Sur, que ingresó en la Legislatura santafesina con 50 mil votos? Proyecto Sur fue el principal abogado de la alianza con los entreguistas Binner y Juez -la cual no prosperó por divergencias de aparato, no de principios. Del Frade, un opositor a Binner en la provincia, acompañó la campaña por un Frente con Binner; en este sentido, ha sido el último furgón de la cola del frente popular que se alinea con la derecha. Una caracterización final de Del Frade dependerá, de aquí en más, del papel que juegue como diputado y, fundamentalmente, de su rol ante la disolución, a término, de Proyecto Sur.

Las elecciones recientes han puesto de manifiesto un desplazamiento de sectores del bloque oficial hacia el opositor -lo que todavía se desarrolla, sin embargo, en forma subterránea (como ‘la cama’ que el aparato del PJ santafesino le hizo a Agustín Rossi). Para quienes vieron la película, el momento es el de Match Point, de Woody Allen. Así lo pone de manifiesto el protagonismo de Scioli (la pelota que oscila en la red entre los campos en disputa) en las últimas horas -quien es el Macri de los Kirchner.

¿Cómo traducir esta realidad, plena de contradicciones y en flujo, a la política de la izquierda revolucionaria? Con una campaña que ponga de manifiesto que el kirchnerismo es incapaz, por su condición de clase, de derrotar a la derecha y que, al revés, acicatea sus posibilidades de progreso -como viene ocurriendo. Con el señalamiento, también, de que el régimen de emergencia (intervencionismo) del kirchnerismo, que Duhalde inauguró en 2002, se encuentra consumido por sus contradicciones -lo cual explica que desde sus mismas filas se exija una transición hacia la ‘normalización’ como la que exigen los opositores (el capital internacional). Para resumir: «El kirchnerismo es funcional a la derecha, vení al Frente de Izquierda y al Partido Obrero». Con el mismo método hay que ensañarse con la oposición -en especial hay que mostrar esa ‘funcionalidad’ con la derecha sojera de parte de los burócratas e intelectuales de la CTA Micheli y de las izquierdas que se cobijan en la cáscara vacía de Proyecto Sur. No olvidemos que apoyan a Luis Juez, quien ya anunció su intención de completar la privatización del Banco de Córdoba.

La campaña electoral se ha convertido en un proceso dinámico de crisis y realineamientos. La importancia de que pasemos la prueba del 14 de agosto se acrecienta, porque nos permitiría intervenir en ese proceso para producir mayores realineamientos hacia la izquierda y un gran impulso al reclutamiento militante.

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