28/03/2002 | 747

Una multitud copó la Plaza de Mayo

La movilización del 24 de marzo copó la Plaza de Mayo. La presencia multitudinaria, en una de las concentraciones más importante desde las jornadas del 19 y 20 de diciembre, estuvo integrada, fundamentalmente por las asambleas populares, los partidos de izquierda y una parte del pueblo que se movilizó en forma independiente. Movilizaciones similares se reprodujeron por todo el país, copando las plazas centrales de todas las privincias.


Muchos medios de comunicación coincidieron con el análisis que volcamos en el último número de Prensa Obrera: por primera vez la marcha del 24 de marzo tuvo como desafío enfrentar un golpe de estado, motorizado por el FMI y Duhalde para imponer un programa de características antiobreras y antinacionales. La conciencia de la situación política estuvo presente en la propia movilización, lo que le otorgó un claro signo antigubernamental.


Por todo esto la movilización representó una alerta para el gobierno, toda vez que expresó la vitalidad de las organizaciones populares y la conciencia de éstas del momento político que tienen por delante. «Que se vayan todos» fue la consigna cantada por la multitud que desconoció, así, todas la política centroizquierdista de los organizadores.


Dos políticas


En la Plaza se expusieron dos políticas. Por un lado, la de los organizadores y por el otro de la masa que aseguró el éxito de la jornada. Sucede que si bien la movilización estuvo organizada por Memoria, Verdad y Justicia sin la presencia de la CTA y de los ‘organismos’ que le responden, finalmente se selló un acuerdo que le dio a los frenapistas la cabecera de la movilización. Con una bandera de 300 metros puesta a la cabeza de la marcha se trató de disimular su casi nulo poder de movilización. La CTA no movilizó a sus gremios ni barrios y, por lo tanto, se limitó a parasitar a las organizaciones que aportaron el grueso de la convocatoria.


Llama la atención, por eso mismo, que desde el escenario se tratara una y otra vez de hostigar a los partidos de izquierda que estaban dentro de la Plaza de Mayo. El argumento usado era más que curioso, ya que se los atacaba por «copar» el acto, cuando en realidad sucedía lo contrario. La CTA y sus ¥organismos¥, que no llevaron a nadie leyeron su documento, manejaron gran parte de las adhesiones y tuvieron el control del sonido. Esto cuando las asambleas populares no aceptaron nunca ir a organizar en común la marcha con la CTA.


La disidencia con la CTA no era menor. Para organizar una marcha común plantearon que de ninguna manera podía levantarse la consigna «que se vayan todos», limitando las consignas a un recordatorio del pasado con el que pretenden ocultar su apoyo al gobierno de Duhalde. A pesar de esto las organizaciones de izquierda y de derechos humanos disidentes cometieron el error de colocar a la cabeza de la marcha al bloque de fuerzas de centroizquierda que hoy participa del arco político que sostiene al gobierno. Por estas divergencias con los organizadores el PO resolvió no firmar el documento.