10/08/1994 | 425

¡Yo, argentino!

El antisemitismo en la Argentina tiene una larga trayectoria. Empezó en la oligarquía, en el siglo pasado, como un sentimiento de odio al no-cristiano. Algún escritor tomó la posta, a fines del siglo XIX, viendo en el judío la encarnación del usurero y chupasangre de los obreros. La crisis del 90 se la achacaron a los judíos, por ejemplo, dos “socialistas” como Julián Martel y Roberto J. Payró. Pero también en la Bolsa de Comercio, en plena crisis, se gritaba “¡Mueran los judíos!”.


Cuando en la primera década del siglo la insurgencia obrera amenazó con derrumbar al Estado capitalista, este mismo Estado reprimió a sangre y fuego y se conformaron las primeras Tres A del siglo: bandas de “señoritos” inquietos, policías de franco y lúmpenes descerebrados que circulaban libremente por la ciudad quemando locales anarquistas y atacando a balazos manifestaciones obreras. Al poco tiempo se dieron a la tarea, también, de ir al barrio de Once a atacar a los judíos por apátridas. Exhibieron un nacionalismo ultrarreaccionario, que consistía en defender al Estado católico y humillar y reprimir a todo el que no fuera parte de ese Estado.


En la Semana Trágica (enero de 1919) estos grupitos de fascistas se allegaron al barrio de Once (particularmente la zona que rodea el ahora destruido local de la AMIA) y además de romper vidrieras y amedrentar a los habitantes de la zona, quemar libros y destruir el mobiliario de las casas, humillaban a los religiosos judíos tirándoles de sus largas barbas. Como la barba no es un atributo exclusivo de los rabinos, los que iban a ser amenazados y se querían salvar, alzaban los brazos y gritaban: “¡Yo, argentino!”.


Así nació esta expresión tan típica de nuestro lenguaje, característica del bípedo de las pampas, el “porteño piola” que sabe abrirse a tiempo ante los problemas, no sea cosa que tenga que afrontar responsabilidades y manifestar sus opiniones ante los demás.


Paradójicamente, los que gritaban “¡Yo, argentino!” ante las bandas fascistas de 1919, no eran argentinos, eran otros inmigrantes (como los judíos) o bien judíos que no querían reconocerlo, que en el apuro de salvarse no atinaban a conjugar el verbo ser. Bueno sería que los porteños racistas de hoy reconozcan que la misma expresión con la que ellos se “borran”, es una expresión nacida de la inmigración y no de la cepa nacional más pura.


En la Semana Trágica se constituyó la Liga Patriótica, organizada por lo “mejor” de la clase “alta”, financiada públicamente por los grandes oligarcas, sus empresas y sus instituciones, que tuvo un enorme y poco honroso papel en el golpe de setiembre de 1930, cuando Uriburu volteó a Yrigoyen. Fue un “grupo de tareas”, una Triple A que, como la isabeliano-videliana, identificaba como enemigos tanto a los anarquistas y socialistas como a los judíos, rusos, polacos, y todo lo que oliera a “maximalista”. Por otra parte, acusaban a los judíos de proveer de dirigentes a los grupos socialistas y de contar entre ellos grupos de obreros organizados en torno a las ideas del socialismo. Efectivamente, en el país aparecieron varios diarios en ídisch que llevaban las nuevas ideas a los inmigrantes recientes.


La represión irracional y fascista es la reacción que la élite que detenta el poder descarga sobre todos los otros grupos que, en su delirio de persecución, podrían disputarle la primacía “cultural” sobre el Estado. Pero se descarga particularmente sobre el enemigo más filoso y profundo que el Estado moderno tiene que enfrentar: el proletariado. Las persecuciones antisemitas fueron un capítulo, en cierto modo secundario, de la represión contra las masas trabajadoras, descargada luego de la derrota de la huelga e insurrección de enero de 1919.


La frase “¡Yo, argentino!”, olvidada ya de su origen histórico, se incorporó a nuestro lenguaje, pero siempre caracterizando la actitud del individualismo, del egoísmo de quien busca evadirse de los problemas y no enfrentar la situación. Pero no nos olvidemos que los socialistas buscamos una transformación en la cultura social: contra la cultura del egoísmo, propugnamos la cultura de la solidaridad y el compromiso, de la lucha y el enfrentamiento a la injusticia, de la conciencia frente a la represión y nunca la evasión y el conformismo. Al Yo, Argentino debemos oponer el Yo, Socialista, el Yo, Revolucionario, y despertar de la modorra escapista a todos los que pretenden quedarse en sus casas cuando algún sector oprimido es atacado.

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