05/08/2020 | 1602

Coronavirus: estamos en el ojo del huracán

Basta de cinismo, deben intervenir los trabajadores.

La última decisión de gobierno, transmitida por Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof, de mantener las mismas condiciones de flexibilización que en la fase previa de cuarentena que poco se cumplió, es un acto de criminalidad pública. Con 6.792 casos de contagios, el 85% de ellos en el Amba (4.337 de la provincia y 1.371 de la Ciudad de Buenos Aires), brotes en progreso en el interior y 168 fallecidos en 24 horas (datos al 4 de agosto), se constata que todos las variables están en ascenso y que, en ese cuadro, aflojar el confinamiento solo puede tener como consecuencia el incremento de la velocidad de contagios y, correlativamente, más demanda de atención médica e internaciones y más fallecimientos. Llegado a un punto, que varios especialistas llaman “el ojo de la tormenta” y colocan entre mediados y fines de agosto, el sistema de salud se saturará y con ello ascenderá a una cantidad inmanejable el número de enfermos graves y de muertos.

Saturación

El gobierno y su ministro de Salud refieren que el sistema sanitario resiste bien este ritmo de la pandemia, pero no es un buen signo que jamás se informe la capacidad total real de terapia intensiva del sistema público y del privado. Y, peor, que se haya renunciado a la centralización de los sistemas bajo un comando único de campaña. Las organizaciones médicas confiables, como la Cicop y Fesprosa, en la provincia de Buenos Aires y el interior, y la Asamblea de Residentes y Concurrentes, en la Ciudad, dicen que la saturación ya se está instalando. No solo por la ocupación de la capacidad física existente, que supera el 80% en el Amba, sino por la escasez y extenuación del personal capacitado, cuyos contagios van en aumento.

Larreta y su ministro Fernán Quirós informan un 63% de ocupación de las 450 camas de terapia intensiva en el sistema público de la Ciudad de Buenos Aires, pero la Asamblea de Residentes denuncia que contabiliza no más de 270 camas de la especialidad. Y agregan que la cifra oficial está inflada por dos mecanismos: porque cuentan camas con respirador de salas recientemente ampliadas, pero que carecen del personal que las asista; y porque se internan pacientes en camas de “shock room” en las guardias de hospitales, que son lugares de tránsito para emergencias, que no reúnen las condiciones para la buena asistencia de pacientes de Covid-19 con fallo respiratorio.

Gabriel Solano, legislador porteño del Frente de Izquierda, acaba de desafiar en el recinto a sus pares, oficialistas y opositores, a recorrer juntos los hospitales para comprobar que hay listas de espera para la internación en terapia y que entre un 80 y un 90% de los internados en «shock room» se mueren.

Por otra parte, hasta los “infectólogos” de palacio reconocen que los operativos de detección y aislamiento son totalmente insuficientes, como lo demuestra el alto porcentaje -35 a 40%- de positivos sobre los testeados. Las fuentes internacionales coinciden en que esos operativos no deben superar un 10% de positividad para ser eficaces y que son clave para aplanar la velocidad de contagios.

Cinismo

La apreciación de Larreta y compañía, de que en la Ciudad hay un “amesetamiento” de la curva alrededor de los 1.200 enfermos informados diarios -sin contar los miles de asintomáticos que no se detectan-, no oculta que es un nivel alto de casos, que no desciende y de los que un 14% va a requerir internación y un 5% atención crítica, en camas que tienen un promedio de 20 días de ocupación por paciente. Kicillof, por su parte, y su ministro Daniel Gollán vienen agitando el peligro del estrés sanitario, lo que no les ha impedido autorizar la apertura casi total de la industria en la provincia, con todas sus consecuencias de circulación y transporte. Alertan contra algo que ellos mismos provocan.

La única indicación surgida de la última conferencia en Olivos del trío de notables fue que no se hagan reuniones, asados y mateadas. Muy lejos de una “política de Estado”. Le echan a la gente la culpa de su propio fracaso. ¿Pueden ser tan cínicos? La respuesta es sí. No como rasgo personal, que no tiene relevancia, sino como consecuencia de su subordinación a los fuertes intereses empresarios “anticuarentena”, que son incompatibles con la salud pública -es decir, la de los trabajadores. Una cuarentena real no depende de los runner ni del paseo de los niños. Requiere, para evitar el hambre, de los fondos que no se le quieren deducir a las grandes fortunas y los millones de dólares que se van con el pago de los vencimientos de la deuda. Por las mismas razones no hay disposición política para frenar el boicot de las patronales a los protocolos en fábricas, supermercados y hospitales, convertidos en focos “supercontagiadores”. Conductas convergentes, bajo las que subyacen, se reconozca o no, ideas “bolsonaristas” del tipo: mueren los que mueren, el show debe seguir.

Otra pregunta pertinente: ¿podrán resistir estos gobernantes, desde el ángulo de su sustentabilidad política, un escenario como el de Chile? La respuesta es que puede ser. Ya encontrarán la excusa. No es casual que Kicillof repita en cada conferencia de prensa que países con recursos muy superiores y sistemas de salud mucho más fuertes no pudieron impedir el curso devastador de la pandemia, ni que intercambien con Larreta acusaciones cruzadas sobre el lado de la General Paz de donde viene el virus. Abren los paraguas.

Solo los trabajadores

En cada empresa, barrio, hospital y medio de transporte son los trabajadores los que deben organizarse para frenar a estos irresponsables. Hay un programa. Subsidio al parado y a pequeños comerciantes, no a los capitalistas. Triplicación del presupuesto de salud y de ayuda a las barriadas pobres. Comando único de los sistemas de salud y operativos masivos de detección y aislamiento. Protocolos bajo control de comisiones obreras de seguridad e higiene. Impuesto extraordinario al gran capital para recaudar 15.000 millones de dólares. Cese del pago de la deuda externa.

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