20/04/2000 | 663

La Naranja es un sindicato dentro del sindicato

Que se convoque a plenario de delegados

LOS NUMEROS DE LA ELECCION: Descontando el voto de los jubilados, de la Obra Social (empleados del sindicato) y en la sede gremial (82 empleados y otros 178 votantes traídos en remises), todo lo cual suma 932 votos, la Naranja obtuvo, según el registro de Junta Electoral, el 29,47% de los sufragios. Si a ello le sumamos la urna de Agropa, impugnada (ilegalmente) por la Junta y los votos naranjas de dos talleres con fraude certificado, en total supera el 30%.


Pero esto todavía no nos acerca a la realidad. Debido a las maniobras de horarios, a la persecusión de nuestros fiscales (las patronales y la Junta Electoral les negaron los permisos), además de otras amenazas, sólo pudimos controlar 70 de los 120 talleres en los que se votó. Esto se combinó con cambios ilegales de horarios para «simultaneizar»la elección, de manera de impedir los traslados de fiscales de un taller a otro, como tradicionalmente hemos hecho, lo que esta vez fue casi imposible.


En los talleres fiscalizados obtuvimos 941 votos (36,89%); en cambio, en los que no pudimos fiscalizar obtuvimos 175 votos (14,45%). Semejante caída sería prueba suficiente de un fraude escandaloso. Pero dos talleres, además, denunciaron la alteración total de los resultados. Sobre esto hemos iniciado con los fiscales del taller una acción política y penal.


Los talleres no fiscalizados son talleres pequeños donde la tendencia al voto naranja fue mayor, de manera que calculamos en alrededor del 40% la votación por la Naranja en los lugares de trabajo.


Valga para el anecdotario que en una urna se olvidaron de abrir los sobres y ¡oh casualidad!, contados los votos, teníamos un 40%.


Un primer balance político


La Naranja ganó sin excepción en todos los talleres cuyas comisiones internas dirige, y en el diario La Nación, donde un delegado (de seis) integró la lista, sacó el 44%. A la par de estos talleres ganamos o hicimos enormes elecciones en una gran cantidad de fábricas.


Ganamos en Bolsapel, Bosisio, Cía. Internacional, C. V. Divino, Cotigraf, Annechini, Vulcano, Etigraf, Goitea, Interpack I, L. Grandinetti, Mexigraf, Muresco, Papelera Orlando, Quebecor Argentina, Ramón Chozas Form., Tall. Graf. Santa Fe, T. Unión, Tintas y Barnices, Agropa, Alfa Beta, Ipesa, Irsisa y en dos talleres más, cuyos nombres reservamos para las acciones legales porque sus resultados fueron dados vuelta, según denuncian los propios compañeros. A esto hay que agregar lo que ganamos en los talleres no fiscalizados –una cantidad tal vez similar. Sólo por esto, la Naranja es un sindicato dentro del sindicato.


En tres o cuatro fábricas perdimos sólo por un voto, y en otras como Ciccone perdimos 98 a 89, con la Comisión Interna en manos de la Verde. Lo mismo en Crónica, donde el 35% obtenido por la Naranja triplicó la votación de 1996, lo cual es el resultado de la formación de una agrupación de lucha al interior del taller. Toda la votación en diarios es meritoria, lo mismo que el 44% obtenido en Morvillo, una de las más grandes fábricas de Offset del país. En la propia Rioplatense, la más numerosa de todas, con un trabajo sólo las semanas previas a la elección con una carta abierta a la fábrica, obtuvimos un revelador 32%. Por eso aquí la orden de la Junta Electoral fue no dejar entrar a los fiscales naranjas, maniobra que derrotamos con la intervención de la propia C. Interna.


La elección fue más difícil en las fábricas que vienen de una derrota o de despidos de activistas, caso Estrada, IVISA, Impresora Americana o AyC, pero aun en ellas obtuvimos hasta un 20%.


Tradicionalmente la Naranja hizo mejor elección en la gran industria. Incluso Ongaro reformó el estatuto colocando urna en los talleres de más de quince afiliados, no sólo para hacer incontrolable el acto electoral, sino fundamentalmente porque siempre, en toda su historia, ganó con los «boliches» y los jubilados.


Pues bien, hubo rebelión en la granja y nuestros mejores guarismos se dieron en los pequeños talleres, las víctimas más agudas de la flexibilidad y los bajos salarios, los más desatendidos en cuanto a organización sindical, la mayoría de ellos sin delegados, y los más dependientes de una Obra Social que se asemeja a una prepaga. Todas realidades que la Naranja denunció en profundidad en una excepcional campaña electoral, tanto por su extensión como por su contenido.


El planteo de 600 pesos de mínimo fue una locomotora política, enganchado con las paritarias y la defensa del convenio y del salario, rebajado a menudo o no pagado directamente, como en la infinita cantidad de fábricas con atrasos en su pago (y aún de aguinaldos). Hubo cartas abiertas especiales para Crónica, Ciccone, Rioplatense, IVISA y la Obra Social. Desarrollamos un programa especial sobre ésta que fue aplaudido por gráficos y trabajadores de la salud del propio gremio.


Ongaro demostró que llegará a los 80 años, al igual que Guillán, como un burócrata colaboracionista, menemista y privatista, jugado a seguir entregando conquistas en nombre de glorias pasadas. La Naranja, en cambio, se probó como canal de lucha.


Los diez votos obtenidos en la Obra Social muestran, si faltaba algo, el alcance de nuestros planteamientos en el riñón mismo del oficialismo, donde manejan a los trabajadores de la salud como patrones de estancia.


Los jubilados votaron con los pies. Solamente 484 de ellos fueron hasta Paseo Colón a pesar de los regalos y viajecitos. Se trata de una cifra muy reducida para un padrón de 3.140 personas, y es casi la mitad de los jubilados que años atrás votaban, sobre un padrón menor: 800 en 1988 y 1992, 700 en 1996.


Sin Atlántida, absorbiendo la pérdida de sus 200 votos, la Naranja creció prácticamente el 100% en el resto del gremio. Quiere decir que el gremio no consumió la porquería ongarista y sacó un balance político positivo de su heroica lucha y del papel de sus dirigentes; lo mismo puede decirse de otras grandes luchas, como la de Interpack.


Este tipo de votación patentiza en mi opinión el enraizamiento definitivo de la Naranja. El voto Naranja no es el resultado de un trabajo puntual en tales o cuales fábricas exclusivamente. No se trata tampoco de una manifestación casual de bronca. Una agrupación que sacó el 20% de los votos en el ‘, poco después de la reelección de Menem, y que cuatro años después salta al 40% en los talleres, está preparada para ser la dirección del sindicato. Y lo que es más importante, hoy, ya, está en condiciones de dirigir las decenas y decenas de talleres que plebiscitaron su adhesión a nuestro planteo de un reagrupamiento del gremio.


Esta votación no es el fin de un capítulo.

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