11/01/2002 | 737

¿Para cuándo el «cacerolazo» de la Bancaria?

La captura de los depósitos ordenada por tres gobiernos sucesivos significó un durísimo golpe a las condiciones de trabajo de los empleados bancarios.


Poco antes de que Cavallo lanzara el «corralito», algunos grandes bancos produjeron despidos masivos (800 en el Río; 300 en el BNL) para reducir su «exceso de personal». En otros, los despidos fueron en una escala «menor» pero, de conjunto, el sistema bancario entró al «corralito» con una dotación inferior a la mínima.


Primero fue la llamada «bancarización» de Cavallo, que impuso la enorme carga que significó la apertura de cientos de miles de cuentas en unas pocas semanas. Las jornadas de 10/12 horas e incluso el trabajo sabatino comenzaron a hacerse norma en las primeras semanas de diciembre. Al mismo tiempo, se agravó la presión sobre los empleados que atienden al público, en especial los cajeros, por la masa de clientes que se volcó a los bancos a retirar efectivo. Los desmayos, los ataques de nervios y de presión entre los trabajadores comenzaron a hacerse habituales.


Pero lo peor vendría después, con la suspensión del clearing ordenada por Rodríguez Saá. Cuando se reabrió, en forma parcial e incompleta, la carga de trabajo acumulado llevó al colapso de todos los esquemas de trabajo. ¿La solución? Que los bancarios trabajaran 14, 16 y hasta 18 horas seguidas. El día 3 de enero, las dotaciones de clearing y centros de cómputos de la inmensa mayoría de las instituciones pasó más de 24 horas seguidas dentro de los bancos. Las jornadas de 14/16 horas se están convirtiendo en la norma. La tensión en todos los puestos operativos *desde las cajas a los centros de cómputos* es insoportable; esto se repite en todo el país y se agrava en el interior, donde las dotaciones son mínimas. En estos días, la carga de trabajo quintuplica las operaciones de un «día pico» (y hasta triplican las que históricamente se registraban en los días de mayor trabajo operativo en los bancos, como después de los feriados de Semana Santa).


A todo esto, la Bancaria ha estado ausente sin aviso. Ni siquiera ha garantizado el pago de las horas extras, un asunto que ha dejado a las comisiones internas. Donde éstas no existen, o donde no tienen la fuerza para imponer el pago de las jornadas trabajadas, la dictadura patronal es absoluta. Pero aún cuando se paguen las extras ningún bancario está dispuesto a trabajar 14 horas como «jornada normal».


En ambos lados de los mostradores, los bancos son un barril de pólvora a punto de explotar.

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