03/04/2014 | 1308

Un golpe al activismo gráfico

IMPRESORES

La derrota de la Naranja en las elecciones de Impresores, luego de la inmensa lucha librada en el primer semestre del año pasado, significa un golpe para el activismo gráfico y para la agrupación.

La interna conquistada un año atrás enfrentó la pesada tarea de reorganizar el taller en un marco de despidos constantes -hubo más de cincuenta sólo en 2012-, violaciones al convenio colectivo y salarios bajos (un modelo de «desarrollo K» que se repite en otras grandes gráficas como Maggio y Modernas).

La patronal redobló su línea antisindical: clausuró toda negociación y limitó la movilidad de los delegados mediante brutales -e ilegales- descuentos por tareas gremiales. El principal desafío consistió en superar la atomización del taller y preparar la lucha por la estabilidad y el salario, bajo las provocaciones de la patronal. El choque -inevitable- se precipitó cuando la empresa despidió a uno de los compañeros más cercanos a la interna.

La lucha de Impresores -la más importante en el gremio de la zona norte desde la ocupación de Atlántida- desplegó todas las variantes de combate de la clase: huelga general, piquetes, movilizaciones, acampes, bloqueo parcial al parque industrial, el corte de Panamericana y choques con la Policía.

Enfrentó a una patronal poderosa (ligada a la Iglesia) que contó con el apoyo de la Justicia, de las fuerzas represivas y, sobre todo, del Ministerio de Trabajo. El sindicato rechazó cualquier acción de solidaridad difundiendo la versión patronal que imputó la responsabilidad a un grupo de «intransigentes». En otra escala, los mismos actores y argumentos que se esgrimieron contra la huelga educativa.

Sin haber logrado la reincorporación, el salto -organizativo y subjetivo- de un sector grande del taller era la base para retomar la iniciativa; sin embargo, fue la patronal la que gradualmente avanzó, manteniendo la presión sobre el activismo y sobre la (exhausta) comisión interna.

La comprensible tensión que persistió entre quienes se ubicaron de uno y otro lado de la huelga fue un obstáculo enorme para una política de unidad que permitiera ir superando, a partir de los reclamos generales del taller, esa escisión. Por último, una cantidad de retiros voluntarios debilitó al ala más combativa del taller.
El freno a los despidos permanentes y a los malos tratos por parte de jefes y supervisores, además de categorías y otras reivindicaciones menores, son el resultado palpable de la gestión saliente. La derrota electoral no implica un desconocimiento de lo conquistado; la campaña de la nueva interna, referenciada en la Verde, se limitó a explotar la expectativa de que un cambio de conducción permitirá «normalizar» las relaciones con la empresa.

Por último, hay destacar al numerosísimo y fantástico activismo que emergió con la lucha. Y eso incluye, en primer término a los delegados que, pese a los tremendos golpes que les asestó la empresa, jamás capitularon ni se entregaron.

La derrota en Impresores -como la de Kromberg en el mismo parque industrial de Pilar- se da en el contexto de un ascenso del clasismo y de la izquierda revolucionaria. Apoyados en esta tendencia y en las correctas conclusiones de toda la experiencia recorrida los gráficos de Impresores retomarán el rumbo combativo.


Miguel Bravetti

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