Sociedad

27/10/1992|371

5° Centenario: El evangelio de los “progres”

La teoría del “mestizaje" ha sido la más difundida en las conmemoraciones oficiales del Quinto Centenario. La colonización española se habría caracterizado por el entrecruzamiento de blancos, indios y negros y por el consiguiente surgimiento de una “comunidad Iberoamericana " sustentada de la "armonía racial". La mayor parte de los intelectuales burgueses de Latinoamérica han coincidido con distintos matices en di­fundir esta idea

Ernesto Sábato afirma que a diferencia del“ implacable racismo inglés”, la coloni­zación hispana se basó en la “defensa del indígena” y en la obra protectora del padre Bartolomé de las Casas (Página 12,11/10) Carlos Fuentes señala que “no metimos a los indios en reservas, no se cometieron genocidios, se liberó s los negros antes que en Estados Unidos", y que el resulta­do fue la formación de una “cultura mestiza" (Página 12,13/10). Para Octavo Paz “el descubrimiento fue un hecho magnífico", porque permitió “comunicara dos culturas" (Rio Negro, 16/2). Arturo Uslar-Pietri sostiene que la “característica mayor de la creación del nuevo mundo" fue la “conjunción de europeos, indíge­nas y africanos” (La Nación, 9/10).

Esta teoría de la síntesis racial y cultural no pretende constatar un desarrollo históri­co específico de Latinoamérica, sino funda­mentar la existencia en la región de comuni­dades más integradas y menos opresivas que en otras zonas del mundo. Se tratada una idea complementaria de la tesis del “en­cuentro de dos culturas" que propinó oficialmente la monarquía española: la confluencia hispano-indígena que se habría iniciado con el “descubrimiento”, se habría consolidado posteriormente a través de la ilusión étnica. Esta interpretación actualiza un viejo planteo de la Iglesia, que tradicionalmente presento la historia latinoamericana como un proceso de “mestizaje religioso” y de constitución de una “cristiandad indígena”.

La opresión colonial

La colonización española fue tan atroz como la británica o francesa. Inicialmente el exterminio de los indígenas abarcó el 95% de la población y provoco una regresión demográfica sin precedentes. Entre los pue­blos más primitivos la aniquilación continuó hasta el genocidio total. Pero en aquellas civilizaciones que habían alcanzado un mayor grado dé organización social y su población podía ser disciplinada al trabajo servil, la Corona impuso un régimen de aprovechamiento de la mano de obra y limitó la ferocidad depredadora de los con­quistadores. Lo que Sábalo y Fuentes pre­sentan con un rasgo de “humanismo” hispano fue esta labor "presentadora” de la explotación del trabajo indígena, que se valió de Fa opresión evangelizadora. Otro aspecto de la conservación de la fuerza de trabajo fue la introducción masiva de escla­vos negros, propiciada explícitamente por fa Iglesia.

Lejos de sentarse en la coexistencia racial, la sociedad colonial funcionó en base i una rigurosa estratificación social, política y étnica, lo cual aún perdura. La masa de indios siervos en las haciendas y de negros esclavos en las plantaciones estaba completamente separada de los blancos es­parto fea, monopolizadores de la administra­ción colonial y de los blancos criollos forja­dores de las oligarquías latifundistas. El “mestizaje” no constituía de ninguna mane­ra un rasgo dominante en la colonia. Al contrario, era sinónimo de “ilegitimidad sanguínea” y bloqueaba cualquier ascenso social. Los “mestizos” formaban la ple­be de comerciantes y pequeños propieta­rios de las ciudades que —como una casta más—cumplían una función de intermedia­ción comercial.

La opresión racial constituyó un rasgo central del parasitario sistema colonial. América Latina fue integrada al mercado mundial en formación mediante la servi­dumbre y la esclavitud. La imagen idílica de la colonización, o su justificación en nombre del “progreso” y la integración al capitalis­mo en ascenso, pretende ocultar el carácter bárbaro y sangriento de la civiliza­ción capitalista que manifiesta diariamente en su etapa “originaría” y “primitiva”.

El racismo de la oligarquía

Tampoco la independencia de España produjo la "conjunción de indios, negros y blancos” que realzan los intelectuales burgueses. Ya en las revoluciones campesi­nas del siglo XVIII los terratenientes criollos se negaron a apoyar las sublevaciones que podían derivar en el cuestionamiento a la posesión de las tierras expropiadas a los indígenas. Para afianzar la propiedad terri­torial continuaron arrasando las comunida­des indígenas, preservaron las relaciones serviles y reforzaron la política de extermi­nio. Es falso que el genocidio en el “Far Weat" o la reclusión en “reservas" se res­tringió al área de las ex colonias británicas. Las “campañas del desierto" de Rosas y Roca fueron ejemplos de genocidios que apuntaban al acaparamiento latifundista como en toda Latinoamérica.

Cuando el desarrollo capitalista impulsó la disolución de las relaciones serviles y esclavistas, la opresión de indios y negros no se redujo, ya que fueron los oligarcas quienes quedaron “liberados" de la obliga­ción de alimentar a sus explotados. Con negros hambrientos e indios expulsados de sus minifundios prosiguió la “edificación” del capitalismo. La extensión del “mestizaje” en esta etapa no “integró la comunidad latinoamericana”, sino que amplió la masa de oprimidos. Los mestizos, mulatos y zambos sufrieron las consecuen­cias de la dominación oligárquica, como lo demuestra por ejemplo la persecución del gaucho. La subsistencia de la discrimina­ción racial—que niegan los conmemoradores del Quinto Centenario—fue una expre­sión del fracaso de las revoluciones democrático-burguesas y de la ausencia o derrota de las direcciones jacobinas en la región.

Las oligarquías continuaron la obra de aniquilamiento cultural iniciado con la evangelización. En nombre de dios o del “Progreso” se prohibieron danzas, cantos, tradiciones y creencias de los negros e in­dios, para quebrar sus vínculos comunita­rios y su espíritu de rebelión. El idioma castellano no fue libremente asimilado como sugiere Fernando Savater (Clarín, 12/ 10), sino que fue impuesto despóticamente por los expropiadores. A fines del siglo XIX predominaban entre las clases dominantes todo tipo de teorías sobre la “inferioridad congénita de loa aborígenes", su "retar­do mental", e “Incapacidad para el traba­jo". Las concepciones racistas —inexisten­tes para Sábalo, Fuentes o Uslar Pietri— aran propagadas con toda naturalidad por los máximos próceres de varias naciones la­tinoamericanas.

Socialismo

El mito de la “armonía racial” ha sido desmentido categóricamente por el aluvión de protestas y reivindicaciones agrarias, democráticas y culturales en este Quinto Centenario. La política de extermino contin­úa allí donde aún quedan tierras o bienes para robar. En Brasil el asesinato impune de los indios acompaña la devastación de la selva amazónica. En Guatemala la historia personal de la premio Nobel Rigoberta Manchu —cuya familia fue íntegramente torturada y asesinada— es representativa de la continuidad del genocidio indígena. En la última década el ejército guatemalteco aniquiló por completo 440 comunidades.

Actualmente en la mayoría de los países latinoamericanos rige un igualitarismo racial puramente formal. ¿Cuántos negros ocu­pan cargos relevantes en Brasil? ¿Cuántos indios detentan poderes efectivos en los es­tados centroamericanos? La hipócrita teo­ría de la “armonía racial” oculta el desco­munal abismo que separa el nivel de educa­ción, salud o alimentación existente entre los niños blancos, mestizos, negros o indí­genas de toda América Latina. La tesis del “mestizaje” es otro encubrimiento de los festejos del “descubrimiento”.

América Latina no está exenta de los “apartheid”, ni de las abominables formas de opresión étnica que tiende a recrear internacionalmente el capitalismo en des­composición. Únicamente el socialismo puede evitar la perpetuación de estas atro­cidades y crear un hombre nuevo” emancipado definitivamente de los prejuicios raciales.