06/09/2021
escándalo mundial

Argentina-Brasil: la crisis del gobierno de Bolsonaro se cuela en las eliminatorias de Qatar 2022

Sobre el circo montado por Anvisa para suspender el partido.

En el día de ayer el mundo del fútbol vivió un papelón histórico. Argentina y Brasil se disputaban un partido de eliminatorias de cara al mundial de Qatar 2022, con aroma a revancha entre las dos potencias sudamericanas luego de la final de la última Copa América. A cinco minutos de comenzar un partido que se desenvolvía reñido, un episodio inusual ocurrió sobre la banda de los bancos de suplentes. Un agente del Estado brasilero se metió sin más preámbulo al campo de juego, lo que desencadenó un clima de confusión e incertidumbre que acabó con la suspensión del partido. El trasfondo son los cortocircuitos cada vez más explosivos entre el gobierno de Bolsonaro y la Confederación Brasileña de Fútbol.

Un hombre presuntamente de la policía, vestido de civil, pasó a suspender el certámen por orden de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa) dada la presencia de cuatro jugadores argentinos que venían de Inglaterra, cuando en Brasil están totalmente suspendidos los vuelos y el ingreso de pasajeros de este origen. Esto desencadenó una gresca generalizada. Cuando las coberturas televisivas todavía intentaban dilucidar de qué iba la cuestión, el plantel argentino se retiró a los vestuarios. Mientras se iba constituyendo la conclusión de que el partido sería suspendido, lo que ya era evidente es que se trataba de un papelón de alcance mundial.

¿Quién podría imaginar que al negacionista Bolsonaro repentinamente le preocuparía el alcance del Covid-19 en el país? Realmente a nadie. La suspensión se produjo como lo que fue: el montaje de un circo. Una vez retirado el seleccionado nacional, Messi volvió al campo de juego con una pechera de fotógrafo a conversar (junto al técnico Scaloni) con el seleccionado brasilero, con su entrenador Tité y con distintos funcionarios presentes. Las cámaras enfocaron el acontecimiento, y se vio al capitán argentino decirle a un agente “estuvimos tres días en el hotel, ¿tienen que venir a suspenderlo una vez que se empezó a jugar?”. Y tenía razón. Pero la bronca fue también carioca. El seleccionado brasilero y su cuerpo técnico querían jugar el partido, y es precisamente ahí donde radica la cuestión.

La novela empezó varios días antes. La Premier League inglesa anunció que no cedería a los jugadores que militan en su liga a la fecha internacional. Particularmente, a las selecciones nucleadas en la Conmebol, atendiendo al esparcimiento de las diversas cepas de Covid-19 en los continentes. Lo que primaba no era el resguardo sanitario, sino el interés capitalista de preservar a sus principales figuras y no “bajarle el precio” a la competencia tras el impacto que ya tuvieron las restricciones por el Covid-19 en el fútbol europeo. Luego de tironeos y negociaciones, Conmebol y Fifa lograron “destrabar” el asunto con la Premier; pero ahí saltó a escena el Estado de Brasil, que encarnaría ahora el rechazo a que los argentinos que juegan en la Premier pudieran disputar el partido. Nuevamente Conmebol y Fifa intervinieron, y la incertidumbre parecía finalizada cuando la verdeamarela y la albiceleste cruzaban la banda de entrada al Corinthians Arena. Pero no.

Desde que Bolsonaro decidió (contra cualquier criterio sanitario) albergar la Copa América en medio de la catástrofe sanitaria que sacudía a América Latina, se empezaron a acuciar los choques entre la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) y su gobierno. Todo este teatro tiene por objetivo golpear a la Confederación, amén de las tensiones con Fifa y Conmebol, que pincharon por todos los flancos para que el partido se pudiera jugar. Convertir a Brasil en la sede de una Copa amenazada por la pandemia poco y nada le había importado en un primer momento a Anvisa, cuyo director, un militar llamado Antonio Barra Torres, es un “tipo de confianza” del mandatario. Pero sí le importó a los jugadores de Brasil, que amenazaron con no participar de la competencia. El director técnico, Tité, un reconocido seguidor de Lula da Silva, amenazó con renunciar; lo que le costó ser un blanco de ataque en redes sociales por parte de los seguidores de Bolsonaro. La CBF, presionada por la determinación del plantel y el cuerpo técnico, acató su decisión. Aunque finalmente se produjo la participación del seleccionado en la competencia, no se suturó este divorcio entre Bolsonaro y la CBF, Tité y los jugadores brasileros; menos aún con el segundo Maracanazo en el que Argentina se consagró campeón. Por el contrario, lo ensanchó todavía más.

Anvisa no solo dejó a los cuatro deportistas argentinos que compiten en la Premier ingresar a suelo brasilero. También los dejó permanecer, como señaló Messi, por tres días; más allá del operativo policial de custodia en las inmediaciones del hotel con el que incluso se hizo una pantomima con amenazas de deportar a “Dibu” Martínez, el “Cuti” Romero, Emiliano Buendía y Giovanni Lo Celso a pocas horas del encuentro. Ahora, incluso, acusan a los jugadores argentinos de haber falseado las declaraciones juradas para arribar a Brasil, cuando es de público conocimiento que su origen de procedencia era Inglaterra. El quid del asunto es que este tipo de papelones son muy mal recibidos por los organismos internacionales de fútbol, y Bolsonaro lo sabía. Por eso su desenlace puede tranquilamente implicar en una resolución en favor de Argentina y una sanción a la CBF. Los negociados capitalistas alrededor del fútbol no son ajenos, como se dejó ver, a la mano de los gobiernos y a los choques de intereses del régimen político.

La crisis política en Brasil atraviesa capítulos decisivos. En el día de mañana se desenvolverán diversas jornadas por el aniversario de la independización nacional. El presidente convoca a una demostración de fuerza contra el poder judicial, pero la coordinadora Fora Bolsonaro convoca jornadas de contramarchas que prometen ser masivas. Bolsonaro agudiza su histerismo político y responde con provocaciones, como se pudo ver en el partido. Por sus burdas operaciones y los intereses de las principales ligas futbolísticas del mundo, claro, volvieron a pagar millones de personas que en el día libre para los pueblos trabajadores del mundo querían disfrutar del espectáculo que asegurarían dos de los mejores equipos nacionales del planeta.

Este bochorno no hace más que volver a clarificar que el fútbol no solo es una pasión popular y un ritual que convoca a miles de millones. Es también otra rama lucrativa para los capitalistas y sus gobiernos, y, por tanto, no puede ser nunca ajeno a los cruces y los choques entre estos. Garantizar a la humanidad el derecho a disfrutar del deporte y de los eventos deportivos implica, inexorablemente, emanciparlo del sometimiento a los intereses capitalistas en juego.