08/02/2021
Fútbol

El “Morro” García y la tragedia capitalista en la vida del futbolista

La mercantilización de la vida del jugador profesional y sus efectos subjetivos

El proceso que terminó en el suicidio del jugador Santiago “Morro” García, desvinculado desde hace meses del plantel de Primera división de Godoy Cruz –club en el cual era uno de sus jugadores más destacados- por una dirigencia que, además, le bloqueaba la salida para seguir su carrera en el Uruguay, donde vivía su hija a la que no veía desde hacía casi un año por la pandemia, pone en evidencia la trágica mercantilización de la vida del jugador profesional de fútbol y sus efectos subjetivos

Su muerte cayó como una bomba en el mundo del fútbol y trajo aparejado un debate sobre las condiciones de vida y la propia salud mental de los jugadores (a quienes generalmente se los concibe con “la vida resuelta”).

Desde el entorno más íntimo de sus amigos y familiares se informó que el jugador estaba bajo tratamiento psiquiátrico y venía atravesando un cuadro depresivo, agudizado posiblemente por su aislamiento debido a la reciente detección de Covid-19 y por la imposibilidad de ver a su hija. Pero, sin duda, el golpe decisivo fue la decisión del presidente de Godoy Cruz, José Mansur, de desvincularlo del plantel de primera con declaraciones públicas agraviantes, tales como que “el ciclo del Morro García está terminado” y que “necesitamos líderes positivos y no negativos”, debido a presuntas inconductas del jugador para realizar los entrenamientos diarios.

A horas de conocerse la noticia del suicidio, la madre del Morro salió a denunciar a Mansur como uno de los principales responsables del desenlace trágico: “Santiago me llamó el lunes para mi cumpleaños y me dijo que el sábado ya iba a estar en casa, pero a Mansur se le ocurrió pedir el otro 50% de su pase a Daniel Fonseca (ex futbolista y actual empresario del fútbol). Esto le imposibilitó irse. El Morro buscaba regresar a Nacional de Montevideo y eso lo detonó”.

Además, «Mansur lo iba a hacer correr por el pasto durante seis meses y eso es lapidario para la emoción, la estima y el deporte”, dijo la madre y añadió que “en los negocios de Mansur lo que no marcha se tira y a mi hijo lo quiso tirar. Mi hijo se murió por un negocio”.

El Morro ya había comentado sobre situaciones similares vividas en el pasado: en diciembre del 2018, relató lo ocurrido con posterioridad a un doping positivo en el año 2011, cuando jugaba en el club brasilero Athletico Paranense, cuando tenía solamente 20 años: “En Uruguay quedé como drogadicto, hubo momentos en que la pasé mal, pensé en dejar a jugar al fútbol. No prendía la luz de mi casa, estaba deprimido, no quería jugar más. Hubo muchas situaciones que me sobrepasaron».

La salud mental del jugador de fútbol

Según una investigación de la FIFPro (Federación Internacional de Futbolistas Profesionales) publicada por primera vez en el año 2015 y reeditada en el 2018, el 38% de los jugadores padece “depresión o problemas psicológicos”, especialmente quienes atraviesan lesiones graves que obligan a interrumpir por tiempos prolongados su actividad profesional o directamente a abandonar su carrera.

En el caso de los jugadores retirados, los datos del relevamiento también son preocupantes: mientras que el 35% de quienes “colgaron los botines” manifestó haber sufrido trastornos del sueño, insomnio, ansiedad y angustia, un 25% reconoció haber tenido problemas de consumo con el alcohol. Los indicadores epidemiológicos en la salud mental del jugador resultan considerablemente más altos que en la media de la población en general.

Del “sueño del pibe” a la pesadilla

Ocurre que la creciente influencia de los negocios capitalistas en el fútbol internacional durante las últimas décadas (y que en los últimos años se ha incrementado a través de los gerenciamientos declarados y no declarados de los clubes de fútbol) no resulta ajena en el derrotero de la vida del jugador de fútbol profesional.

La conversión capitalista del fútbol (con la FIFA a la cabeza) ha transformado “la pasión del fútbol” en un negociado multimillonario y la objetivación mercantilizada del jugador ha pasado a ser el derrotero de la carrera del mismo, pero desde una encerrona muchas veces trágica. Hoy el “sueño del pibe” (esto es, el éxito de llegar a Primera, ser ídolo de un club importante o “grande”, ser transferido a las “grandes ligas” europeas) puede terminar en pesadilla subjetiva, independientemente de la cantidad de millones que el jugador gane o del club en el que juegue.

Hoy, el camino del éxito y el “salto en la carrera” para un jugador se traduce indefectiblemente en (elevar cada vez más) su cotización en el mercado internacional de pases, por supuesto como parte de la especulación financiera y el lavado de dinero entre los clubes, en los enjuagues de los negociados del fútbol, donde representantes e intermediarios son parte del negocio y “las mordidas”.

El jugador ha pasado a ser directamente un objeto-mercancía con su valor de uso (y desuso) y valor de cambio, su precio y cotización (muchas veces en millones) engrosan los balances, los patrimonios y “activos” de los clubes. Como un “bien de capital”, tiene un valor y produce un (plus)valor.

A mayor éxito y grandes transferencias a lo largo de su carrera, mayor valoración del capital (especulativo) del club y los intermediarios, y mayor sometimiento a las leyes capitalistas que hoy rigen la vida mundial del fútbol. Así, su subjetividad deseante y vocación por la práctica del deporte queda reducida (y muchas veces aplastada) en el circuito de la especulación financiera. Aún (y sobre todo) los jugadores de renombre internacional y más “exitosos”.

Del Morro a Messi: distintos destinos y realidades, la misma “tragedia”

Si bien el caso del Morro García manifiesta de manera elocuente la versión mercantilizada de jugador-objeto-descarte, la actual situación de Messi en el Barcelona resulta un reverso bajo la misma lógica trágica. Ocurre que el mejor jugador del fútbol del mundo de los últimos años (de mayor patrimonio por ingresos) ni siquiera puede dar lugar a su deseo de abandonar el club en el que se consagró mundialmente durante toda su carrera hasta hoy.

El año pasado se hizo de público conocimiento que Messi no quiere seguir jugando en el Barcelona pero se ve obligado a continuar allí. Dijo que su decisión se basó en evitar un conflicto legal con el que definió “el club de mi vida”.

Sucede que si Messi actuaba de acuerdo a su voluntad dando “un portazo”, se hubiera visto obligado a pagarle al “club de mi vida” la friolera de 700 millones de euros estipulado en la cláusula de rescisión de su contrato. Sí, ni Messi puede hacer lo que quiere de su vida profesional.

Jubilaciones prematuras y el duelo del ser

Salvo excepciones, la vida útil de un jugador de fútbol llega, en el mejor de los casos, no más allá de sus 40 años. Son pocos los que una vez retirados continúan ligados a alguna actividad remunerada o negocio del fútbol, la mayoría como directores técnicos. Otros siguen como managers o se convierten en dirigentes o comentaristas de grandes multimedios (ESPN, Fox Sports, TNT Sports), muchas veces ligados a las camarillas de los clubes.

El “pase a retiro” del jugador muchas veces implica un duelo “del ser” (jugador). Martín Palermo confesó en agosto del 2011, apenas retirado en Boca Juniors (donde fue máximo goleador en la historia del club) que “todavía me cuesta ver a Boca sin mi presencia en la cancha. No entiendo bien por qué. No tengo ansiedad, ni extraño, ni me siento mal, ni tengo la necesidad de volver a la rutina de entrenar, concentrar y, sin embargo, no puedo ver a Boca”.

Pocos meses antes, había anticipado que “será un vacío muy grande no jugar más, por eso quiero ser técnico y tener un proyecto de trabajo. Voy preparando la cabeza con mi psicóloga”.

Sin embargo, no para todos los jugadores “la vida empieza a los 40”. No todos tienen la posibilidad de ser exitosos DTs, ni managers ni dirigentes ni de trabajar terapéuticamente su retiro: muchos terminan hundidos en la melancolización y la pobreza.

El caso de Julio César Toresani (tres veces campeón como jugador con River Plate y luego jugador de Boca Juniors) resulta ser un “caso testigo” de algunos de esa “mayoría silenciosa”. El “Huevo” fue encontrado muerto por ahorcamiento el 22 de abril del 2019 en una habitación que la Liga Santafecina de Fútbol le había acondicionado ya que no tenía vivienda.

De acuerdo a lo informado por conocidos, Toresani venía atravesado un cuadro depresivo (y bajo tratamiento psiquiátrico) causado por el alejamiento de su familia (no veía a sus cuatro hijos) y el deterioro patrimonial por la falta de trabajo.

“No somos robots”

“No somos robots, no estamos hechos de acero, nos pasan cosas” había declarado justamente el Morro García a Radio Nihuil en junio del año pasado, durante los primeros meses de la pandemia. La simpleza con la que el recientemente extinto jugador describió desde su vivencia la reconversión del jugador en mercancía y factor de valorización del capital dentro de los negociados del mundo capitalista del fútbol resulta por demás clara para describir la subjetividad del jugador arrasada por el negocio capitalista del fútbol (insistimos, aún de los “exitosos”).

El grado creciente de expansión capitalista en el deporte más popular del mundo ha transformado a los propios jugadores más “exitosos” y “estrellas”, aún quienes ostentan multimillonarias cuentas bancarias. Ni que hablar quienes no las ostentan. El “sueño del pibe” bajo estas leyes se ha transformado en la tragedia subjetiva del jugador.

 

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