24/06/2010 | 1134

El primer mundial de fútbol

En medio de una crisis internacional

La idea de un Mundial de fútbol surgió en 1919. La Fifa, a través de Jules Rimet, buscaba organizar el Mundial. Buscaba propagandizar, bajo un ropaje deportivo, los principios de la Liga (capitalista) de Naciones, orquestada por el presidente norteamericano Wilson, después de la Primera Guerra Mundial y luego de la Revolución Rusa en 1917. Por ello, con el propósito de “confraternización de los pueblos” y en favor de la “paz” se jugaron dos especies de campeonatos internacionales, en 1920 y 1928, ganados ambos por la selección uruguaya. Luego de la crisis mundial en 1929, el planteo se materializará con la celebración formal del primer “mundial” de fútbol al año siguiente en tierras uruguayas.

1930. Un mundial devaluado

La sede de este primer torneo fue Uruguay. Algunas selecciones, como Inglaterra (una de las pocas profesionalizadas), se niegan a participar, debido a que el Mundial no se desarrolló en suelo europeo.

Una de las características más sobresalientes de ese torneo fue el alto grado de amateurismo que impregnaba la formación de la mayoría de las selecciones participantes. La selección de los Estados Unidos viajó con todo un plantel conformado por inmigrantes convocados para la ocasión, dado que la mayoría de sus jugadores más importantes eran empleados y, por lo tanto, sus respectivas patronales no les dieron permiso para participar del evento. Lo mismo ocurrió en el caso de Rumania, en donde el rey Carol tuvo que presionar vía un decreto para que una petrolera británica dejara concurrir a medio plantel. Cuando volvieron los jugadores, se encontraron con una decena de telegramas de despidos. La selección francesa pudo desembarcar a través de los costos solventados por parte del gobierno uruguayo: “La misma Asociación Francesa había decidido abstenerse de participar. La razón aludida fue la imposibilidad de reunir catorce o quince jugadores capaces de representar dignamente al fútbol francés” (Jules Rimet). El director técnico de la selección uruguaya era profesor de educación física. El director técnico de la selección argentina era empleado y el único consejo que les daba a los jugadores antes de comenzar el partido era “aléjense de los sándwiches de salame” (El Gráfico Nº 580).

Alrededor de la mitad de los seleccionados inscriptos desistieron de jugar el torneo por los altos costos económicos de traslado y alojamiento. Los futbolistas rumanos, los franceses, los belgas y hasta los brasileños abordaron todos la misma nave con destino al Río de la Plata con el fin de abaratar esos costos. La selección yugoslava viajó a bordo de un pequeño barco de correos.

Las entradas costaban unos de 15 pesos, alrededor de 4 dólares, un precio prohibitivo para la clase obrera, ya que su salario, en algunos casos, era de 150 pesos.

Eran otros tiempos y otra historia los de aquel Mundial, desarrollado en el contexto de una  crisis económica mundial y cuando el desarrollo capitalista del fútbol estaba en una etapa infantil. Han pasado 80 años. La actual bancarrota capitalista se refleja en Sudáfrica 2010 en las enormes desigualdades sociales y los gigantescos negocios capitalistas que se esconden dentro del país organizador. La mercantilización del fútbol ha pasado a una etapa de descomposición y senilidad.

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