11/11/2021

El tren o la vida que “no queremos”

Un relato sobre el colapso en el Sarmiento de hoy.

Hoy, 11 de noviembre de 2021, como tantos días me levanté temprano y me tomé un colectivo hasta Morón, desde donde a las 7 y media agarro el tren Sarmiento para llegar al trabajo en la Ciudad. Llegado a la estación me doy cuenta que algo pasa. A pesar de que ya me resigné a que en la hora que viajo es imposible agarrar un asiento libre -y diariamente tengo que hacer esos 40 o 50 minutos parado como tantos compañeros- esta vez el andén estaba repleto.

Pagué los $20 del viaje, vi el cartel por unos minutos y me di cuenta de que el tiempo de llegada del próximo tren estaba fijo. Me acerco al guardia, que me dice que unos vivos se habían robado 70 metros de los cables que alimentan la señalización del tren entre Caballito y Once. En ese momento se me vino a la cabeza que hace casi diez años, en uno de los TBA (Trenes de Buenos Aires), ocurrió la Masacre de Once, donde murieron 51 personas. También se viajaba mal como ahora. La guita que el Estado le había dado a Cirigliano para asegurar los frenos se la habían fumado y todavía nadie sabe dónde está.

Pasado el rato cayó un tren. Los que esperaban pegados dejaron salir un par y quisieron meterse enseguida. Mujeres con chicos intentando salir. Empujones por todos lados. Un hombre en silla de ruedas esperando, que casi termina en el suelo. Yo seguí esperando. Ya estaba llegando tarde y ya me iban a descontar el presentismo, pero subir así era imposible.

Querían cerrar la puerta del tren, pero la gente empujaba. El colapso era completo. Finalmente, muchos más decidieron esperar el próximo, o el que viniera después. El boleto que ya habíamos pagado, bien gracias. No hay flotas de colectivos de emergencia frente a los problemas que tiene el Sarmiento. En ese momento pensé: el gobierno que dice cuidar la vida y la salud antes que la economía ¿consiente que se pueda viajar así, con trenes al doble o triple de su capacidad? Sí, por supuesto. Claro que lo consiente. Ampararon durante años a los vaciadores del Sarmiento, recibiendo coimas por atrás, a la burocracia sindical que explotaba ella misma a trabajadores tercerizados del tren en empresas fantasma. Gran parte de esa cúpula criminal sigue todavía administrando un servicio que nunca fue realmente estatizado.

En pandemia nos pegaron y hostigaron con la policía, reteniéndonos sin dejarnos volver desde Once a nuestros hogares por la noche. Tomaron medidas simbólicas como cerrar estaciones enteras o cupos que no se cumplieron. Al final, para este gobierno, y los patrones que nos esperan en el trabajo, no les interesa si llegamos o cómo llegamos. Con la jornada y el viaje en estas condiciones, cada vez queda menos tiempo y energía para vivir fuera del trabajo, donde parecemos menos que animales.

Por eso ya no damos para más, ni nos comemos el slogan de «la vida que queremos». La vida que queremos no puede ser una en la que casi caemos de vuelta al matadero por 70 metros de cobre en el mercado. Es una descomposición, que empieza desde el propio Estado vaciador y entreguista del transporte. Mientras que la derecha y los liberales quieren privatizar y que un monopolio empresario nos mate con un boleto 5 o 10 veces más caro, sin que las patronales negreras nos cubran el viático.

Al final, en el capitalismo, para obreros como yo trasladarse es siempre un drama, donde ponemos en riesgo la salud y la vida. Por eso hay que nacionalizar de verdad como plantea el Frente de Izquierda y poner el transporte bajo control obrero. Abrir la contabilidad de las concesionarias para ver adónde se la llevaron y confiscar lo que sea necesario. Basta de vaciadores corruptos, merecemos algo mejor.