17/06/2021

Éxodo rural y trabajo infantil en el sudoeste bonaerense

Docente CEPT

El clima seco y frío de esta zona ya dejó su impronta en la piel joven de Julito. Tiene apenas 12 años y los callos de sus manos demuestran que los amaneceres de invierno lo han sorprendido pisando escarchas en el potrero, ayudando a su padre en el armado de nuevas parcelas para la novillada. Luego seguirán otras tareas, más o menos duras, más o menos atractivas para un pibe que ya ha experimentado la rigurosidad del invierno y los calores agobiantes del verano dando una mano para que el “viejo pueda terminar el trabajo diario”.

En este sector del sudoeste de la provincia de Buenos Aires, zona de transición entre la pampa seca y la pampa húmeda, la figura de cientos de montes de eucaliptus que rompen la monotonía del horizonte llano e interminable, son el testimonio de un campo en otros tiempos poblado por campesinos, gente de trabajo que sudó mares para lograr la propiedad de la tierra cuyos dueños de
entonces, grandes terratenientes, disfrutaban del resultado de las cosechas de las que se apropiaban -muchas veces en su totalidad- para cobrar los arrendamientos. Son los mismos campesinos que se unieron en cooperativas para enfrentar, además, los abusos de los dueños de los almacenes de ramos generales, que también, con el paso del tiempo, se convirtieron en dueños de varias parcelas de campo. Aquellos colonos, tozudos y rebeldes ganaron una primera batalla.

Pero la guerra se extendió en el tiempo hasta llegar a sus descendientes, herederos de la tierra, que abrieron las tranqueras a un nuevo latifundio expulsando a los pequeños productores. El papá de Julito es empleado rural, pomposa denominación adjudicada al peón de campo que pretende esconder -tal vez- la realidad de un laburante que, en la extensa cadena de precarización, se encuentra formando parte del último eslabón. Sin horarios ni feriados, sin sábados a la tarde ni “para lavarse las pilchas”, como reclamaban los peones de la Patagonia Trágica, y muchas veces sin domingos, con un salario miserable y miles de hectáreas pobladas de vacas para atender diariamente, el hombre le gana la partida al sol, esquiva la siesta reparadora y regresa ya de noche a la cocina. ¿Para qué mirar el almanaque si mañana será un día igual al que hoy acaba de vencer?

Julito cursa el segundo año del secundario en una escuela de alternancia. Viene mal en las tareas. Su carpeta está desprolija y en algunas hojas hasta ha dejado las huellas de sus manitos sin lavar. Tal vez no ha tenido tiempo. A veces entrega alguna de las actividades que le han pedido los profesores, como para ir cumpliendo. En la próxima semana cumplirá, si puede, con lo demás. “Hay días que llega muy cansado y sin ánimo para hacer las tareas -dice la madre- ¡Es que le gusta tanto el campo, los animales, las herramientas… No lo puedo tener adentro” una afirmación que esconde una realidad dura.

“Son más de 2.000 hectáreas que tengo que atender todos los días” interviene el padre “y no me alcanza el tiempo. Hay que recorrer las vacas, las aguadas, reparar algún alambre, armar las parcelas de eléctricos para la novillada… Si Julito no me ayuda, no llego. Por suerte le gusta trabajar al lado mío” agrega.

Los propietarios del establecimiento no han venido nunca. Son empresarios porteños que depositaron su confianza en un encargado que se lleva la mejor parte sin hacer demasiado. Llega una vez por mes para acercar los escasos billetes que completan el salario del empleado y aprovecha para averiguar por el estado de la hacienda. No mucho más. Julito no tiene un reconocimiento económico por parte de nadie: ni de los patrones, ni del encargado, menos aún de su padre, que apenas puede mantener la familia a pesar del enorme sacrificio.

Es cierto que al pibe le gusta más el campo que los libros y que al lado de su padre aprende diversos oficios. Por ahora no le preocupa que su trabajo no rentado le absorba el tiempo que debería destinarle al estudio. Lo mismo le pasa a muchos de sus compañeros de clase, hijos también de empleados rurales. Ninguno de ellos aún entiende que la tierra que pisan es ajena, que en este modelo productivo está reservada para los empresarios de los agronegocios aún en estas zonas marginales, donde los cientos de montes de eucaliptus hoy son tan solo taperas, propiedad de señores cuya identidad se reservan las grandes ciudades en las que viven.

Para terminar con el trabajo infantil, las necesidades de los hogares deben estar resueltas, para ello, es necesario un salario mínimo para el trabajador rural igual al costo de la Canasta Básica, hoy en $63.000. El ingreso familiar debe incluir además el salario de la compañera del peón rural, y la vivienda que se provea al trabajador debe garantizar un adecuado estándar de habitabilidad, confort y conexión a Internet. La extensión de campo que se asigne al trabajador –ajustada al tipo de explotación que se realice- no debe extenderse más allá de la que el trabajador pueda atender en un máximo de 8 horas por jornada.