Sociedad

23/11/2022|1658

La Fifa y la lógica del fútbol capitalista

La pelota como negocio y su impacto negativo en el deporte

El balón de Adidas, uno de los sponsors mundialistas

“Cuando fui a la Fifa en 1974 encontré una casa vieja y $20 en el bote. El día que partí, 24 años después, dejé propiedades y contratos por valor de más de 4.000 millones de dólares”. La confesión de parte es de João Havelange, mandamás de la Fifa (entidad máxima Internacional del fútbol) desde la mitad de la década del ’70 hasta 1998. Los números buscan demostrar un éxito monetario para argumentar una eficaz visión “empresarial”. Pero, de fondo, evidencian un modus operandi: poner al deporte más popular del planeta al servicio de los negociados.

“Por el bien del fútbol”

El reciente documental de Netflix titulado “Los entresijos de la Fifa” (Fifa Uncovered) comenta cómo la entidad máxima del fútbol profundizó esa visión en el último cuarto del siglo XX, de la mano de Havelange y su “mano derecha”, Joseph Blatter, que terminaría sucediendo al anterior desde 1998 y hasta 2015. La serie de cuatro capítulos refleja cómo el inicio de ese período abrió las puertas del fútbol mundial a la llegada de sponsors, contratos con marcas deportivas, proyectos de “mecenazgo” o “apoyo” en diferentes países. Este proceso, además de aumentar los ingresos de la entidad, construyó una influencia cada vez mayor de las multinacionales en el deporte. Fue el propio Havelange quien alguna vez patentó la frase “yo vendo un negocio llamado fútbol”.

El documental no indaga a fondo (no sabemos si por simple elección o por desinterés en involucrarse en peleas con este sector) en uno de los principales negocios de la Federación: la televisación de los partidos. De hecho, en 2012, la propia Fifa (conducida por Blatter) tuvo que dar a conocer las pruebas de la corrupción de Havelange y su exyerno Ricardo Texeira con la empresa ISL, que cambiaba sobornos por derechos de transmisión hasta 2001.

El problema de las transmisiones deportivas es un ejemplo de la influencia del entramado de negocios en las decisiones deportivas. En México 1986 los partidos se jugaban al mediodía para favorecer la transmisión en horario “prime-time” europeo, lo que generaba un desgaste físico muy grande por el calor de la capital azteca. Varios jugadores (entre ellos Diego Maradona y Jorge Valdano) se quejaron. Havelange respondió a su estilo patronal: “Que se callen la boca y jueguen”.

“Los entresijos de la Fifa” muestra cómo este entramado se transformó en un gigantesco escenario de corrupción. El hecho más reconocido es la elección, en simultáneo, de dos sedes (Rusia y Qatar) para las Copas del Mundo de 2018 y 2022. El Comité Ejecutivo intercambió esas decisiones por retribuciones económicas, en una dinámica que también se dio en la votación para Sudáfrica 2010.

La investigación fue llevada adelante por el FBI, como una suerte de “venganza” frente a su interés en organizar, al menos, alguno de los dos Mundiales. La fiscal Loretta Lynch inmortalizó una frase luego de que las fuerzas de seguridad estadounidenses interceptaran y llevaran detenidos a dirigentes de la Fifa en el hotel Baur au Lac de Zurich, en 2015. “Por el bien del fútbol”. El próximo Mundial se juega en Estados Unidos.

Si bien el documental se centra en las figuras de Havelange y Blatter, además de otros dirigentes como Jack Warner (Concacaf), hay otra figura que fue clave en el entramado de la Fifa en todos esos años. Julio Humberto Grondona, presidente de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) y “número 2” de la Fifa.

Que la entidad era sinónimo de poder lo dejó en claro el mismo el día que le ofrecieron un cargo en la lista para ser intendente del partido de Avellaneda. Miró a sus interlocutores y les dijo, socarronamente:

-Soy el vicepresidente del mundo.

Más allá del desierto

Son varios los sentidos en los que se refleja que esta orientación al servicio de los negociados ordena la dinámica de Qatar 2022.

Uno de ellos es la enorme cantidad de lesionados y figuras mundiales que quedaron fuera de la competición. Algunos ejemplos son Karim Benzemá, Paul Pogba, N’Goló Kanté (Francia), Sadio Mané (Senegal), Diogo Jota (Portugal), Philippe Coutinho (Brasil), Georginio Wijnaldum (Países Bajos), Giovanni Lo Celso (Argentina), Marco Reus (Alemania) y tantos otros. Las razones, por fuera de los imponderables, se deben al agobiante calendario de partidos.

FIFPRO, la federación de los futbolistas profesionales, reveló en un informe de la semana pasada la suma de minutos jugados por equipo (en el caso de Portugal, la más afectada, daba 31.000) y alertó que el esfuerzo entre agosto y octubre podría generar lesiones y era causa de las bajas ya anunciadas. No son pocos los jugadores que no llegan en condiciones óptimas para la máxima competencia. El tiempo entre el final del calendario regular y el inicio del Mundial fue insólito para la mayoría de las selecciones: apenas una semana, cuando solía ser el triple o cuádruple, como amerita la preparación para este tipo de certámenes.

¿Por qué ordenar los partidos así? Es cierto que hay una disputa interna entre la federación mundial y la europea (Uefa) por determinados intereses de torneos. No obstante, la lógica de fondo es la conocida: más partidos son más transmisiones, que son más ventas que son más ganancia. Y así sucesivamente.

No es la única expresión. También lo es la defensa de la Fifa al Estado capitalista organizador y sus características reaccionarias. Solo así se entienden las amenazas de sanciones para aquellos jugadores que manifiesten su solidaridad con la comunidad LGBTI.

¿Para quién juega la Fifa?

La configuración de la competencia deportiva como negocio no solamente permiten camarillas espurias de corruptelas inmensas que hacen de la pasión una búsqueda insaciable de ganancia, sino que atentan directamente contra el deporte mismo.

La Fifa, hoy con Gianni Infantino en su escritorio principal, refleja una continuidad del esquema armado por personajes como Havelange, Blatter y Grondona. No solamente por una cuestión de orden personal: la Fifa juega en el campo de los intereses del capital.

Hay que patear para el otro lado.