06/08/2021

Messi se va del Barcelona, o los negociados que ruedan tras la pelota

Una historia de amor que un día dejó de ser eterna.

Se acabaron las especulaciones sobre el futuro incierto de Lionel Messi. Después de quedar formalmente libre el primero de julio, cuando el diez aún festejaba en Brasil la victoria albiceleste sobre Bolivia y esperaba por Ecuador, este jueves 5 de agosto, la novela, al parecer, tuvo su punto final. El astro rosarino, luego de batir todos los récords posibles, de desafiar las leyes del fútbol y de la física, no seguirá en el Barcelona tras 21 años de carrera. Lo de la “pulga” en el club catalán es un romance rodeado de épica que un día culminó por los negociados que pesan sobre el deporte más popular del mundo.

Fue un bombazo que tocó suelo repentinamente. En la tarde del jueves se hizo un silencio en las metrópolis más ruidosas. El Barcelona anunció que el máximo ídolo de su historia “no seguiría vinculado”. La repercusión, claro, fue desigual en los diversos puntos del mundo. Lo que es indiscutible es que, tratándose de Messi, no pasó inadvertido en ninguno. En Argentina, donde aún se celebra que el capitán del seleccionado masculino de fútbol haya levantado su primer título (nada más ni nada menos que en el mítico Maracaná ante Brasil), lo que se propagó en un santiamén fue todo un repertorio de memes, bromeando con el reciente arribo de su amigo Agüero al equipo blaugrana. En Cataluña, sin embargo, miles de hinchas se congregaban en las afueras del Camp Nou para comenzar una vigilia que pendulaba entre el sollozo incontrolable y los aplausos eternos. Un hombre pone cara de incrédulo, mientras se saca la remera para dejar ver un tatuaje de Messi que le cubre toda la espalda.

Están matando al fútbol

Este viernes, después del anuncio, la dirigencia culé encabezada por Joan Laporta brindó explicaciones. Le apuntaron fundamentalmente a LaLiga, la entidad presidida por Javier Tebas (exasesor de Marcelo Tinelli en su carrera por asumir en la AFA) que organiza la máxima competición de fútbol masculino español. Sucede que, desde la llegada del mismo, se comenzó con un estricto control financiero sobre los clubes. Por una normativa que algunos denominan un “fairplay financiero”, las instituciones no pueden gastar más del 70% de su presupuesto en salarios. En el Barcelona todo es desorden. El equipo blaugrana destinaba alrededor de un 110% del mismo a pagar su masa salarial, por lo que garantizar la continuidad del argentino implicaba vender o desprenderse de varios jugadores en tiempo récord. Incluso con su salida el Barcelona se encuentra en un 95% del presupuesto. El cóctel que hay detrás de ello es endeudamiento, cuentas en rojo y reproches entre la gestión Laporta y su predecesor, Bartomeu.

Pero el drama del fútbol español va más allá. LaLiga firmó recientemente un acuerdo con un fondo de inversión británico, el CVC Capital Partners. El mismo reclama un 10% de las acciones de la competición hispana a cambio de un desembolso de 2.700 millones de dólares, de los cuales le corresponderían 280 millones al Barça. Pero aunque así fuera la situación, por otra normativa vigente el equipo culé solo podría destinar de esos fondos un 15% al pago de salarios, lo que tampoco subsana el problema. E implica una serie de concesiones que los blaugranas no están dispuestos a aceptar. El ejemplo más resonante es el de los derechos audiovisuales de los clubes, sobre los que el fondo CVC podría tener injerencia por 50 años. Laporta acusa a Tebas de que este acuerdo tuvo peso en la salida de Messi. Tebas le responde. El trasfondo sigue siendo una disputa de intereses sobre el negocio capitalista detrás de la pelota, más si se atiende a que esta cesión de los derechos audiovisuales podría cercenar la participación del Barcelona (y de su eterno rival, el Real Madrid) en la Superliga europea.

Esto constata que, incluso antes de la salida del diez, por la que son muchos ya los hinchas que piden la destitución de Laporta, las tensiones entre su gestión y LaLiga se vienen acumulando. La reciente creación de la Superliga europea, emprendida por una asociación de los capitales estadounidenses que administran al Liverpool, al Manchester United y con una inversión crediticia inicial de la JP Morgan, puso de relieve que la pasión que mueve montañas, acelera latidos y desgarra gargantas no es ajena a la guerra entre monopolios por copar un mercado. Esta nueva competición pretende enfrentar a la legendaria Champions League, dando pie a una liga disputada por las mayores potencias futbolísticas de Europa (y del mundo). Su tentativa ya de por sí suscitó un enorme revuelo, con amenazas de funcionarios de la UEFA de graves sanciones a los clubes ¡y hasta a los jugadores! que participen de la misma, como, por ejemplo, inhabilitarlos a jugar con sus selecciones. Esto desbarataría de manera inaudita las competencias de seleccionados nacionales, porque los principales equipos europeos, que concentran (como si fuesen un monopolio a su turno) el enorme poderío del fútbol, acaparan a la mayoría de las megaestrellas que luego los países quieren «repatriar» para afrontar las diversas copas.

Los clubes, sin embargo, tentados por el jugoso rendimiento económico del certamen, buscan por todas las aristas poder participar de ambas. Pero la concesión de los derechos audiovisuales de LaLiga al CVC podría limitar una eventual participación en una competencia sumamente demonizada por los organismos que hasta ahora “se quedan con la torta”, por ello es que el Real Madrid y el Barcelona, los dos gigantes españoles, rechazan el acuerdo. Los otros cuarenta clubes, motivados por los ingresos que promete el memorándum que Tebas busca cerrar, estarían a favor. De esta manera, el destino de LaLiga se decidiría en una asamblea interclubes, donde la injerencia del CVC ganaría por… cuarenta a dos. El problema es que el grueso del negocio lo generan los únicos dos en contra.

Pero la pelota nunca se mancha

De un lado las especulaciones, los tirones, los agudos cálculos financieros y algún que otro borroneo. Del otro, miles (o millones) de catalanes lloran a un dios de un metro setenta. La lucha de clases genera un contraste ineludible en todas las esferas de la vida social: el fútbol es una. Messi se ha mostrado siempre como un tipo reservado y sencillo. Quizás le escapa a la presión de ser reconocido y venerado en cualquier lugar de este mundo donde apoye alguno de sus legendarios pies en su familia y sus amigos. O a la pesadez de tener que medir cada milímetro de lo que dice. Pero, tal cual sucede con los que revolucionan todo, con las leyendas, el mito popular que se funda alrededor de ellos va más allá de sus acciones o sus palabras.

Por eso, aunque en general no tome posición en los principales acontecimientos políticos o los debates del momento -aunque siempre le estaremos agradecidos por el pedido de justicia por nuestro compañero Mariano Ferreyra, las camisetas blaugranas con su apellido y con un diez en la espalda sí lo han hecho. No se hizo muy difícil encontrarlas durante las protestas de Cataluña de 2019, como sucediera cuando murió Diego Armando Maradona, cuya cara se recostaba sobre una bandera en París que flameaba en la línea de choque entre manifestantes y policías. Los ídolos populares tienen esa capacidad. Quienes le despiertan lágrimas de alegría a los explotados del mundo se convierten en íconos que trascienden cualquier literalidad.

En Argentina, un pueblo jaqueado por la crisis, por el ajuste, por la miseria, por el hambre, salió a las calles el pasado 10 de julio a festejar aún en medio de la catástrofe. En cada punto del país se concentraban de a miles o millones. Los desconocidos se abrazaban, agitaban banderas y cantaban canciones juntos. Sobre un semáforo porteño, un hombre le pedía casamiento en medio de la fiesta a su pareja. La selección liderada por Messi había roto una sequía de 28 años y levantaba una Copa América, aunque el logro en sí quizás no le importaba tanto a algunos como sí lo merecía ver al capitán sacarse una espina después de varios fracasos.

Pero el fútbol, el deporte más lindo del mundo (como dijo su máximo exponente) nuevamente contrastaba la euforia popular con los negociados que regían a la organización de una Copa América en medio de la catástrofe sanitaria. Y como definió en la final de la Copa del Rey del 2015 el relator Lluís Flaquier, justo después de que Messi hiciera uno de sus goles más emblemáticos, “el fútbol, cuando lo practica Messi, se convierte en otra cosa. Es arte. Es pieza de museo. Es espectáculo puro”. La novela de la salida del astro debe servir para que los pueblos del mundo, que no importa en qué lengua hablen o qué abecedario utilicen, porque casi siempre se entienden cuando rueda la pelota; asuman que disfrutar del deporte es también un derecho que este régimen social condiciona e impide.

 

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