La historia del capitalismo es sangrienta
Revueltas populares en el quinto centenario
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Todas las conmemoraciones del Quinto Centenario quedaron signadas por el impacto común de la crisis capitalista internacional. La monarquía española, que esperaba realizar en el ´92 una exhibición de poder y resurgimiento económico, llegó al festejo en medio de una debacle monetaria equiparable a las catástrofes latinoamericanas de la última década. Al pueblo español le comenzarán a pasar la factura no sólo de tos 20.000 millones de dólares dilapidados inútilmente en Olimpíadas y Ferias, sino también del fracaso de los negocios financieros intentados con Latinoamérica, a través de créditos insolventes y privatizaciones aventureras.
Fieles a su tradición servil, también las burguesías latinoamericanas derrocharon fondos públicos en homenajes fastuosos para recordar una fecha repudiada popularmente por su conexión con la devastación colonial. El colmo de este servilismo fue el faro, que a un costo de 100 millones de dólares levantó el gobierno dominicano, y que fue bautizado en ese país como el “muro de la vergüenza”, en referencia al biombo que se levantó para ocultar durante los festejos la miseria reinante en su entorno. Para no quedarse atrás Menem inauguró la feria “América ´92" con un aporte de 10 millones de dólares de la quebrada Municipalidad porteña.
Los verdaderos protagonistas del Quinto Centenario fueron los campesinos y trabajadores que realizaron masivas manifestaciones en todo el continente. En medio de fuertes enfrentamientos con la policía, los “contra-festejos” reunieron decenas de miles de personas en Perú, Colombia, México, Bolivia y Ecuador, que repudiaron la mayor masacre demográfica que registra la historia. El rechazo a la barbarie colonialista reveló la enorme conciencia antiimperialista que existe en América Latina y terminó transformando a la fecha en un “boomerang para España" (Ámbito Financiero, 18/10). La propia visita del Papa a Santo Domingo fue un fiasco, ya que en una ciudad ocupada por el ejército la concurrencia popular a los actos fue mínima.
El Papa intentó encubrir la reivindicación del colonialismo pidiendo "perdón" por los “excesos" de los conquistadores, pero no por la “evangelización". Pero fue justamente por medio de la cristianización forzosa que los invasores impusieron el trabajo servil a los indios y la esclavitud a los negros. El Papa reclamo incluso una "nueva evangelización", esta vez dirigida contra el aborto, la "guerrilla", las sectas no encuadradas que compiten con el clero y los contestatarios de la “Teología de la Liberación". Como es su costumbre Juan Pablo II vino a reforzar a la jerarquía eclesiástica y a disciplinar al convulsionado obispado latinoamericano a la política de privatización y pago de la deuda.
La Iglesia —experta en "reconciliaciones", indultos y absoluciones a genocidas—fue la gestora de la teoría del “Encuentro de Culturas", que se propagó oficialmente durante este Quinto Centenario. Con la ficción de un "mutuo descubrimiento" entre Europa y América se sustituyó el hispanismo tradicional que realzaba la superioridad racial blanca (“día de la raza") y que presentaba a Colón como un enviado de dios, “descubridor" del “nuevo mundo”. Con el "Encuentro de dos Culturas”, la Iglesia pretendió desembarazarse de este anacronismo y aproximarse al indigenismo, que tradicionalmente contrapuso el salvajismo de la conquista a la idealización romántica y a histórica de las sociedades pre-colombinas.
El rechazo popular a esta nueva “historia oficial", artificial y demagógica, fue la característica general de este Quinto Centenario. Es que resulta absurdo transformar retrospectivamente la guerra de exterminio que produjo el choque de dos civilizaciones desiguales en una fusión armoniosa y pacífica. La función actual de esta impostura ideológica es presentar también como una “cooperación" al saqueo financiero que —reproduciendo el pasado— el imperialismo mundial realiza en América Latina.
Entre los comentaristas existe unanimidad en justificar el "Encuentro de dos Mundos" en el "mestizaje", que diferenciaría a la colonización esparcía de la colonización británica. Pero este mito de la “armonía racial" española es tan indemostrable como el de la “superioridad y laboriosidad" anglosajona.
El “descubrimiento" tiene un significado histórico porque incorporó a un continente al proceso de formación del mercado mundial y al consiguiente progreso de la humanidad. En la América India, el modo de producción capitalista descubrió tempranamente, con toda claridad, su naturaleza explotadora específica, con la explotación de los esclavos, siervos, artesanos y campesinos.

