Sociedad

20/10/1992|370

La historia del capitalismo es sangrienta

Revueltas populares en el quinto centenario

Todas las conmemoraciones del Quinto Centena­rio quedaron signadas por el impacto común de la crisis capitalista internacional. La monarquía españo­la, que esperaba realizar en el ´92 una exhibición de poder y resurgimiento económico, llegó al festejo en medio de una debacle monetaria equiparable a las catástrofes latinoamericanas de la última década. Al pueblo español le comenzarán a pasar la factura no sólo de tos 20.000 millones de dólares dilapidados inútilmente en Olimpíadas y Ferias, sino también del fracaso de los negocios financieros intentados con Latinoamérica, a través de créditos insolventes y privati­zaciones aventureras.

Fieles a su tradición servil, también las burguesías latinoamericanas derrocharon fondos públicos en homenajes fastuosos para recordar una fecha repu­diada popularmente por su conexión con la devasta­ción colonial. El colmo de este servilismo fue el faro, que a un costo de 100 millones de dólares levantó el gobierno dominicano, y que fue bautizado en ese país como el “muro de la vergüenza”, en referencia al biombo que se levantó para ocultar durante los feste­jos la miseria reinante en su entorno. Para no quedar­se atrás Menem inauguró la feria “América ´92" con un aporte de 10 millones de dólares de la quebrada Municipalidad porteña.

Los verdaderos protagonistas del Quinto Centena­rio fueron los campesinos y trabajadores que realiza­ron masivas manifestaciones en todo el continente. En medio de fuertes enfrentamientos con la policía, los “contra-festejos” reunieron decenas de miles de personas en Perú, Colombia, México, Bolivia y Ecua­dor, que repudiaron la mayor masacre demográfica que registra la historia. El rechazo a la barbarie colonialista reveló la enorme conciencia antiimperia­lista que existe en América Latina y terminó transfor­mando a la fecha en un “boomerang para España" (Ámbito Financiero, 18/10). La propia visita del Papa a Santo Domingo fue un fiasco, ya que en una ciudad ocupada por el ejército la concurrencia popular a los actos fue mínima.

El Papa intentó encubrir la reivindicación del colo­nialismo pidiendo "perdón" por los “excesos" de los conquistadores, pero no por la “evangelización". Pero fue justamente por medio de la cristianización forzosa que los invasores impusieron el trabajo servil a los indios y la esclavitud a los negros. El Papa reclamo incluso una "nueva evangelización", esta vez dirigida contra el aborto, la "guerrilla", las sectas no encuadradas que compiten con el clero y los contestatarios de la “Teología de la Liberación". Como es su costumbre Juan Pablo II vino a reforzar a la jerarquía eclesiástica y a disciplinar al convulsiona­do obispado latinoamericano a la política de privatiza­ción y pago de la deuda.

La Iglesia —experta en "reconciliaciones", in­dultos y absoluciones a genocidas—fue la gestora de la teoría del “Encuentro de Culturas", que se propa­gó oficialmente durante este Quinto Centenario. Con la ficción de un "mutuo descubrimiento" entre Europa y América se sustituyó el hispanismo tradicio­nal que realzaba la superioridad racial blanca (“día de la raza") y que presentaba a Colón como un enviado de dios, “descubridor" del “nuevo mundo”. Con el "Encuentro de dos Culturas”, la Iglesia pretendió desembarazarse de este anacronismo y aproximarse al indigenismo, que tradicionalmente contrapuso el salvajismo de la conquista a la idealización romántica y a histórica de las sociedades pre-colombinas.

El rechazo popular a esta nueva “historia ofi­cial", artificial y demagógica, fue la característica general de este Quinto Centenario. Es que resulta absurdo transformar retrospectivamente la guerra de exterminio que produjo el choque de dos civilizacio­nes desiguales en una fusión armoniosa y pacífica. La función actual de esta impostura ideológica es pre­sentar también como una “cooperación" al saqueo financiero que —reproduciendo el pasado— el impe­rialismo mundial realiza en América Latina.

Entre los comentaristas existe unanimidad en justificar el "Encuentro de dos Mundos" en el "mestizaje", que diferenciaría a la colonización esparcía de la colonización británica. Pero este mito de la “armonía racial" española es tan indemostrable como el de la “superioridad y laboriosidad" anglo­sajona.

El “descubrimiento" tiene un significado históri­co porque incorporó a un continente al proceso de formación del mercado mundial y al consiguiente progreso de la humanidad. En la América India, el modo de producción capitalista descubrió temprana­mente, con toda claridad, su naturaleza explotadora específica, con la explotación de los esclavos, sier­vos, artesanos y campesinos.