Sociedad
20/7/2026
Una selección argentina que emocionó, en un Mundial marcado por Trump y sus negocios, censuras y guerras
En que también se expresó la rebeldía de los pueblos contra la opresión.

Seguir
El Mundial 2026 será recordado por mucho más que sus partidos, el enorme desempeño de la selección argentina y la pasión que desató en millones. Es que detrás del espectáculo deportivo más visto del planeta, quedó expuesta una radiografía del orden mundial que pretende imponer el imperialismo norteamericano bajo la presidencia de Donald Trump, con un campeonato convertido en un gigantesco negocio privado, atravesado por la persecución a los inmigrantes, la censura política y la utilización del deporte como herramienta de legitimación de un gobierno que, mientras millones seguían los partidos, bombardeaba pueblos enteros.
El repudio se expresó con silbidos ante el ingreso de Trump al campo de juego, manifestando un sentimiento que millones comparten frente a un presidente identificado con el racismo, la persecución de inmigrantes, la censura y la guerra. En la ceremonia de premiación el defensor argentino Cristian "Cuti" Romero decidió no estrecharle la mano, en un escenario cuidadosamente diseñado para la legitimación política del mandatario estadounidense.
Desde antes del pitazo inicial el campeonato estaba envuelto en el escándalo. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan fue declarado "inadmisible" y deportado apenas llegó al aeropuerto de Miami. El delantero iraquí Aymen Hussein permaneció retenido durante casi siete horas en Chicago. Delegaciones de países asiáticos y africanos denunciaron controles migratorios discriminatorios, requisas y restricciones arbitrarias. No fueron episodios aislados sino la expresión deportiva de la política xenófoba que Trump convirtió nuevamente en bandera de su gobierno.
La Fifa, lejos de cuestionar semejantes atropellos, actuó como socia. El organismo desactivó su campaña global contra la discriminación –meramente formal- precisamente en el Mundial. Los ataques racistas contra futbolistas y árbitros, la persecución selectiva y los discursos de odio promovidos por distintos dirigentes encontraron una dirigencia futbolística completamente subordinada al poder político y económico de Washington.
La organización del Mundial prohibió el despliegue de banderas y estandartes con reivindicaciones nacionales o políticas, aunque de manera completamente arbitraria. Mientras reprimió la exhibición de banderas en solidaridad con el pueblo palestino e incluso cuestionó al entrenador de Egipto por sus manifestaciones, permitió sin obstáculos la presencia y promoción de símbolos del Estado de Israel. La supuesta neutralidad deportiva volvió a demostrar que solo funciona cuando favorece a las potencias imperialistas.
Argentina tampoco escapó a esa política. En la previa y durante el encuentro frente a Inglaterra se prohibió el ingreso de banderas y estandartes reclamando la soberanía sobre las Islas Malvinas, censurando una reivindicación histórica del pueblo argentino. Sin embargo, la prohibición fue desafiada de la mejor manera. Tras la victoria, los jugadores desplegaron una bandera con la consigna "Las Malvinas son Argentinas", un gesto que despertó la ovación de millones y expresó la solidaridad de los pueblos oprimidos frente a las imposiciones del imperialismo.
El caso de Irán resultó todavía más revelador. Mientras el seleccionado denunciaba la agresión militar estadounidense e israelí contra su país y recordaba a las miles de víctimas de esos ataques, fue sometido durante todo el torneo a un tratamiento discriminatorio. Aunque disputó sus encuentros en territorio estadounidense, la delegación fue obligada a concentrarse permanentemente en Tijuana, México, cruzando la frontera para cada partido y regresando inmediatamente después. Una decisión política disfrazada de organizativa.
La hipocresía alcanzó su punto máximo cuando, mientras el Mundial monopolizaba la atención del planeta, Trump ordenaba nuevos bombardeos contra Irán, violando incluso compromisos diplomáticos recientes. El mensaje era transparente: mientras las cámaras enfocaban goles y festejos, Estados Unidos continuaba utilizando su poder militar para imponer sus intereses en Medio Oriente.
La asociación entre la Fifa y Trump había quedado sellada meses antes, cuando Gianni Infantino le entregó al presidente estadounidense una insólita "medalla de la paz", una distinción inédita que provocó un rechazo internacional generalizado. Que un mandatario responsable de nuevas agresiones militares recibiera semejante homenaje sintetizó el grado de subordinación política del máximo organismo del fútbol mundial.
La mercantilización extrema completó el cuadro, con entradas que alcanzaron precios nunca vistos y tribunas que estuvieron colmadas durante casi toda la competencia. Esa pasión popular fue aprovechada para consolidar el negocio más rentable de la historia de los mundiales. Según estimaciones de especialistas, la Fifa recaudó más de 11.000 millones de dólares, privilegiando el pacto comercial con la administración Trump y convirtiendo el torneo en un espectáculo crecientemente exclusivo para quienes pudieran pagarlo.
El deporte no puede aislarse de la realidad social y política. Este Mundial también pasará a la historia como el campeonato de las deportaciones, de la censura, del negocio multimillonario y de las guerras ocultas detrás del espectáculo. Y también por esos gestos de resistencia -desde la bandera por Malvinas hasta el desplante de Cuti Romero y Licha Martínez- que recordaron que ningún aparato propagandístico puede silenciar las contradicciones de un régimen decadente.




