09/08/2007 | 1004

El Estatuto de la UBA y la Organización Mundial del Comercio

Hace poco más de una década, en 1995, se incluyó a la educación superior en el Acuerdo General de Comercio y Servicios de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Ya entonces el mercado global para la educación superior se estimaba en un volumen próximo a los 30 mil millones de dólares. A principios de los años 2000, un estudio del banco Merril Lynch calculó que el “mercado mundial del conocimiento”, sólo a través de Internet, podría superar cifras del orden de los miles de millones de dólares en el primer lustro de este siglo.


En la Unesco, donde en algún momento pareció atrincherarse una posición irreductible con relación a la OMC, florecieron los debates, conferencias y “papers” sobre la necesidad de normar los criterios de acreditación, titulación y compatibilidad de cursos y carreras universitarias, etc.


Las camarillas encaramadas en el manejo la educación pública, incluidos por supuesto los infaltables “progresistas”, apoyaron el avance mercantil y privatizador. Para dotarlo de un fundamento teórico pusieron de moda el concepto de que toda educación es “pública”, incluso la privada, a la cual sólo la separa el sujeto que las "gestiona". Con esa distinción, se escamotea la privatización efectiva de la educación pública. La firma de convenios con empresas privadas, los servicios de extensión, la subordinación de la investigación a los planes de las corporaciones, han puesto el enorme aparato de la educación pública al servicio del lucro privado. Esto ha provocado una suerte de feudalización de cátedras, institutos, programas, cursos especiales, posgrados y diversas variantes que sirven a negocios privados.


La centroizquierda dejó de lado la denuncia de la "mercantilización" para reclamar que sea regulada por la burocracia de la Unesco, que ella misma integra.


Bajo el capitalismo, la socialización creciente de la producción no puede avanzar de otro modo que “cosificando” y “mercantlizando”, toda forma de actividad -sea particular o pública, productiva o improductiva. Es lo que ocurre con la ciencia y la educación, que son convertidas en industria por el capital. No se trata de un efecto de la  tecnología moderna, sino de su manejo por los grandes conglomerados del capital financiero. Es decir, el “mal” no se encuentra en el soporte, incluso “virtual”, de las nuevas prácticas pedagógicas; el problema es el uso social de las nuevas tecnologías, es decir, su explotación por el capital financiero. La descomposición educativa es indisociable de la descomposición capitalista que domina el mundo contemporáneo. Quien no entienda esto último no puede comprender lo primero.


La descomposición educativa es también indisociable de la descomposición de la centroizquierda y el progresismo que ahora quiere adaptar el estatuto de la UBA…a la OMC.

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