22/04/2021
Día de la Tierra

Biden y una cumbre climática sin perspectivas

Nuevas promesas promesas sobre mitigar el calentamiento global, mientras las emisiones de carbono siguen creciendo.

La cumbre climática que reúne a unos 40 jefes de Estado en el Día de la Tierra es una gran puesta escena, en la cual se intensifican las promesas acerca de la reducción de la emisión de gases que generan efecto invernadero y una transición hacia una economía ambientalmente sustentable, sin reparar en que han incumplido todas las metas a las que se comprometieron en los últimos 30 años.

El presidente norteamericano Joe Biden busca hacer de la «acción climática» todo un eje de gestión, no solo para contrastar con Donald Trump y su abandono del Acuerdo de París, sino como una vía para recomponer la primacía del imperialismo yanqui a nivel mundial. El anuncio de que los Estados Unidos reducirán a la mitad las emisiones de carbono para 2030 se inscribe explícitamente en el objetivo de «recuperar el liderazgo» en el marco de la agudización de la guerra comercial.

De hecho, el mandatario yanqui ha reafirmado la política de su predecesor de pasar a la ofensiva contra China y Rusia, y acusa de manera directa que el deshielo en el Ártico amenaza con pavimentar la injerencia de estos dos países en la zona. Un informe oficial acaba de responsabilizar al gigante asiático por la mayor parte del crecimiento en la demanda internacional del carbón, con lo cual apunta a ir cimentando la instauración de impuesto sobre la «huella de carbono», que contribuiría a gravar la producción china y operar así como un proteccionismo de las compañías norteamericanas. Pero la cuestión es espinosa, empezando porque ni las empresas ni los Estados permiten fijar esa huella para sus productos.

La Unión Europea, que acaba de redoblar la apuesta comunicando que alcanzará la neutralidad en las emisiones para 2050, hace años que se encuentra empantanada en torno a la imposición de gravámenes al carbono. Lo cierto es que la tan patrocinada descarbonización es el terreno de un monumental lobby de las petroleras, que ha colocado en carpeta decenas de proyectos gasíferos que serían financiados con fondos de la Comisión Europea. Hay serias disputas entre los Estados del viejo continente en torno a los subsidios del llamado Fondo de Transición Justa, a los que se juega especialmente Angela Merkel. Es decir que lejos de aunar objetivos, la cuestión ambiental acicatea la tendencia centrífuga del bloque. El francés Emmanuel Macron, que se presenta como otro acérrimo partidario de políticas climáticas, es un lobbista del sector agropecuario de su país, cuyos métodos de producción generan a nivel continental más emisiones que todos los vehículos de la UE.

La imposibilidad de establecer acuerdos productivos entre los países y bloques, por las rivalidades económicas que enfrentar a las distintas potencias y sus respectivos pulpos multinacionales, hizo naufragar todos los pactos que se anunciaron desde la Cumbre de la Tierra realizada en Río de Janeiro en 1992, pasando por el Protocolo de Kyoto y ahora del Acuerdo de París, que en efecto nunca terminó de ver la luz. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE) este año las emisiones de carbono crecerían un 4,8%, el máximo en una década, cuando para cumplir las metas 2030 del Acuerdo de París las mismas deberían reducirse al menos a un ritmo del 6% anual. Más aún, solo la demanda de carbón aumentará este año un 60% más que todas las energías renovables juntas.

Las empresas de combustibles fósiles, de hecho, han concentrado la mayor porción de los planes de estímulos y subsidios emitidos a nivel internacional desde la irrupción de la pandemia. Ninguno de los países permite además que se calculen sus propias reservas de hidrocarburos, y menos aún se resignarán a explotarlas de manera unilateral, porque abriría un nicho que sería ocupado de inmediato por sus competidores. Un reciente sondeo de Shell estima que la demanda de gas podría llegar a duplicarse para 2040. ExxonMobil, BP, Rosneft y PetroChina han ampliado enormemente sus reservas.

En este cuadro, en el cual los pulpos energéticos siguen invirtiendo en nuevos emprendimientos, hasta una «transición verde» en términos capitalistas podría ser un desastre, con decenas de miles de despidos en todo el mundo, la quiebra de Estados que viven de la renta petrolera y enormes pasivos ambientales por la no remediación tras el agotamiento de los yacimientos o la suspensión en las explotaciones. Distintos expertos estiman que, si realmente se cumplieran las metas de reducción de las emisiones de los combustibles fósiles, podrían quedar hasta 900.000 millones de dólares en activos varados por el abandono de reservas y proyectos con inversiones ya empezadas.

Ello sería una nueva hecatombe dentro de una economía capitalista mundial que ya se encuentra camino a la depresión. Agreguemos a su vez que esa declinación busca ser contrarrestada -sin éxito- con inyección de créditos baratos y montañas de subsidios, lo cual genera un exceso de liquidez que refuta cualquier ilusión de cimentar una transición energética simplemente recurriendo a «bonos verdes» y beneficios impositivos para proyectos sustentables o de reconversión. El límite, en definitiva, es la propia declinación histórica del capitalismo, que se expresa en las tendencias a las bancarrotas y los choques entre las potencias imperialistas. En última instancia es el reflejo de que, a pesar de reconocer el impacto global de las actuales formas de producción, la lógica del capital no permite superar los antagonismos de los Estados nacionales y la competencia anárquica entre las corporaciones.

La pandemia de coronavirus es uno de los resultados de la depredación ambiental capitalista, y la ONU reconoció que cada cuatro meses surge en el mundo una nueva enfermedad infecciosa -principalmente provenientes de la cría de animales. Las impulsoras de esta rapacidad son, precisamente, las mismas potencias imperialistas que se jactan por estas horas de una gran «ambición climática». Bien lo sabemos en Argentina donde están presos los vecinos de Andalgalá por orden de Yamana Gold, la Barrick Gold intoxica a los habitantes de Jáchal con total impunidad, la Panamerican Silver no da tregua a los chubutenses y se subsidia a los pulpos del fracking como Chevron. La depredación capitalista es principalmente una consecuencia del saqueo del imperialismo sobre las naciones oprimidas, en buena medida basado en ese mecanismo de dominación que es la deuda externa.

Por eso la única perspectiva para afrontar la crisis climática es profundizar el camino de aquella gesta que dio origen el Día de la Tierra, el 22 de abril de 1970, cuando una veintena de millones de personas se movilizaron en Estados Unidos y otros países contra la actividad contaminante y por la conservación de la biodiversidad. Nacía así un movimiento ambiental que hasta el día de hoy los gobiernos y entidades como la ONU se esfuerzan por cooptar mediante la realización de cumbres internacionales, la sanción de leyes y la creación de ministerios alusivos, todo lo cual no revirtió un ápice la tendencia a la aceleración del cambio climático y la depredación del ambiente. La organización independiente de este movimiento que aún mueve a millones y su unidad con los trabajadores es la clave para que pueda golpear sobre los responsables del calentamiento global: los capitalistas y sus Estados.

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