10/09/2021
Revolución China

A 100 años de la fundación del Partido Comunista Chino (segunda parte)

La toma del poder. A 45 años de la muerte de Mao Tse-tung.

I – Reorganización del PCCh y ascenso de la figura de Mao

A partir de la derrota de la revolución de 1925-1927, el Partido Comunista Chino se vio forzado a abandonar las ciudades y se reconstruyó en las zonas rurales, donde se apoyó en comunidades campesinas que estaban en rebelión abierta contra el gobierno del Kuomintang (KMT, el nacionalismo burgués chino).

Mao Tse-tung jugó un rol clave en este proceso. En 1927, frente a la oleada de masacres, reunió a los sobrevivientes de una insurrección campesina fracasada (llamada «Insurrección de la Cosecha de Otoño») para escapar a los montes y conformar un territorio independiente del Estado central. Esta zona se convirtió en un eje de resistencia para todo el país. Llegó a reunir una población cercana a los tres millones de campesinos y guerrilleros, con una estructura de gobierno paralelo, incluyendo un banco central y su propia moneda. El PCCh se convirtió en un aparato militar y administrativo además de político, que cabalgaba en las luchas campesinas por tierras liderándolas como una delegación del proletariado. [1]

En 1934, la estructura paralela debió ser desmantelada ante un avance de las tropas del KMT. Mao guió uno de los grupos en fuga en la heroica retirada conocida como la Larga Marcha. Con más de 100 mil combatientes, recorrió 12.500 km para reestablecerse en el norte del país. Sólo llegaron con vida 9 mil. El esfuerzo de esta gesta le otorgó una enorme autoridad política a Mao, en contraposición con los agentes del stalinismo ruso. Hasta ese momento, el partido estaba conducido por un grupo de dirigentes de origen chino pero formados en Moscú, y que respondían a las órdenes de Stalin desde Rusia. Durante la Larga Marcha, se formó un nuevo Comité Central del PCCh encabezado por Mao y los organizadores de las bases rurales. Los agentes de la Internacional Comunista stalinizada debieron regresar a Moscú.

A la izquierda, Mao Tse-tung en 1937, dirigente del Partido Comunista Chino (PCCh). A la derecha, Chiang Kai-shek, líder del partido de nacionalismo burgués chino (Kuomintang).

Una cierta bibliografía, particularmente la maoísta y filo-maoísta, ha pretendido interpretar este cambio de la dirección del partido chino como una ruptura con el aparato stalinista. Vale la pena clarificar esta cuestión.

Se ha buscado considerar ciertos planteos de Mao como elaboraciones teóricas enfrentadas contra los principios que la burocracia rusa había convertido en dogmas. El PPCh elevó los textos de Mao al nivel de una doctrina oficial propia conforme su figura fue concentrando aún más el poder y la dirección dentro del partido (y viceversa).

Esto tiene dos defectos. Primero que el stalinismo no fue un fenómeno «ideológico», sino la expresión política de los intereses de la burocracia rusa. Esa defensa no estuvo sostenida sobre la base de una línea estratégica coherente, sino todo lo contrario: sus virajes fueron constantes. Con lo cual mal podría la pretendida “ideología maoísta” ser una refutación de una “ideología stalinista” inexistente, empírica y zigzagueante

Pero en segundo lugar, y esto es lo más importante, una lectura atenta de los textos de Mao Tse-tung nos permite comprobar dos cuestiones. Por un lado, este dirigente se esforzó en acomodar sus planteos para satisfacer al stalinismo. Por el otro, el eje de estas elaboraciones consistió en un reforzamiento de la tesis stalinista de la revolución por etapas. [2]

En esos años, Mao planteó que «en la etapa actual, la revolución china sigue siendo, por su naturaleza, una revolución democrático-burguesa, y no es una revolución proletaria socialista». [3] Este dirigente tenía expectativas en que la burguesía nacional conformaría parte de las clases revolucionarias que estaría dispuesta a unirse a la lucha contra el imperialismo y la reacción bajo la dirección del proletariado. Por eso, planteaba un gobierno que abarcara no solo «a los obreros y campesinos, sino a toda la nación». [4] Más aún, «En el período de la revolución democrático-burguesa, la república popular no abolirá la propiedad privada que no sea imperialista o feudal, y, en lugar de confiscar las empresas industriales y comerciales de la burguesía nacional, estimulará su desarrollo […] la lucha entre trabajadores y capitalistas debe tener sus límites». [5]

También se ha señalado la marcha hacia el campo como una supuesta expresión de una línea campesina original. Nada más alejado de la realidad. Mao siguió la línea stalinista de organizar insurrecciones tempranas y mal preparadas durante el período ultra-izquierdista de la burocracia (política que ha sido analizada en la primera parte de este artículo). Su única diferencia consistió en que las dirigió desde el campo y no desde las ciudades. La «Insurrección de la Cosecha de Otoño» de 1927 había estado bajo su mando. En contraposición, Trotsky y sus compañeros se habían opuesto a esta orientación aventurera y señalaron que el movimiento de masas estaba en un momento de reflujo. La reorganización en las zonas agrarias debe ser comprendida como una salida de emergencia frente a la represión, más que como una elección basada en diferencias políticas. Además la construcción de una base política en el campo no confrontaba con el stalinismo. Por el contrario, esta salida fue posible gracias a que los grupos campesinos chinos eran un factor de segundo orden en la estrategia internacional de Stalin y en las preocupaciones de la burocracia soviética de conjunto.

Mao generó tensiones con elementos de la Komintern, pero buscó mantener y procesar estas tensiones dentro del marco de la estructura burocrática dirigida por Stalin.

II – La burguesía nacional vuelve a claudicar frente al imperialismo

La victoria militar del nacionalismo burgués chino estuvo condicionada por su base social. Por un lado, el sector de los «señores de la guerra» que se había integrado al proyecto de unificación nacional del KMT seguía viendo con desagrado la centralización del poder en manos de Chiang Kai-shek, porque esto significaba tener que estar subordinados a sus órdenes. El aplastamiento de la revolución social a manos del propio Chiang les devolvió la confianza a estos «señores» locales. Por el otro, el armado político del nacionalismo burgués en China se basaba en las camarillas militares del ejército nacional. Distintos elementos de este ejército también comenzaron a entablar disputas faccionales contra la concentración del poder político en la persona de Chiang Kai-shek y su camarilla más cercana. Ambos factores generaron tensiones e incluso rebeliones abiertas que desgarraron la supuesta unificación china. Se trató, una vez más, del fracaso de la burguesía nacional en cumplir sus tareas históricas de unificación nacional.

Esta disgregación desató también las apetencias del imperialismo japonés, el cual percibió esa fragilidad. En 1928 las tropas de Japón realizaron una provocación en Jinan, la capital de una provincia de la costa. Esta maniobra les permitió tomar control de la ciudad durante un año entero. Tres años después, avanzaron hacia la ocupación de la región de Manchuria, al noreste del país, donde establecieron un Estado títere.

Hirohito (emperador de Japón) y Hideki Tōjō (su ministro) buscaban convertir la zona de Asia-Pacífico en la zona de influencia y dominio de su propia burguesía, un espacio llamado «Esfera de Co-prosperidad de la Gran Asia Oriental». Para ello, el naciente imperialismo japonés debía desplazar al capital norteamericano y europeo (las potencias dominantes desde hacía muchos años). Adicionalmente, buscaban combatir la amenaza de la revolución social a través del exterminio de la vanguardia obrera y sus organizaciones. Para ambos fines, establecieron una alianza con el fascismo italiano y el nazismo alemán en 1936: el Eje Roma-Berlín-Tokio.

Mapa de China bajo la ocupación del imperialismo japonés.

Frente a la invasión imperialista (con su ferocidad particular)y el peligro de la revolución social, Chiang Kai-shek y el KMT decidieron priorizar la contención de la amenaza revolucionaria y permitir los avances imperialistas. Las tropas de Hirohito aplicaron el terror contra la clase obrera en las ciudades de Manchuria, mientras las tropas del nacionalismo burgués chino priorizaron el combate contra los comunistas y los campesinos rebeldes en el campo.

En contraposición, el ejército comunista bajo dirección de Mao Tse-tung se puso a la cabeza de la lucha contra la ocupación y planteó la conformación de un Frente Único Anti-japonés. Chiang rechazaba con fuerza ingresar a un frente común, pero su base militar estaba bajo una influencia doble. De un lado, recibía la agitación política de la militancia comunista. Del otro, se sentían presionados por nuevos avances de los batallones imperialistas, y por su rapacidad y brutalidad. En diciembre de 1936, el líder nacionalista fue secuestrado por sus propios hombres y forzado a aceptar el Frente Único.

Las claudicaciones por parte del nacionalismo burgués chino frente al imperialismo japonés les dieron tiempo y espacio suficiente a Hirohito y a Tōjō para aglutinar fuerzas en el territorio continental chino. El ejército imperialista utilizó la región ocupada de Manchuria como una plataforma desde la cual pudo lanzar una ofensiva sobre el conjunto del país a partir de 1937. Las tropas japonesas buscaban desmembrar la débil unidad territorial china, para convertir al país «en una colonia proveedora de materias primas y capaz de comprar excesivamente (desplazando a los occidentales) la producción industrial japonesa» [6]. Además de la destrucción de la industria en territorio ocupado, emplearon métodos de terror y barbarie. Entre estos se incluyeron la limpieza étnica (como en la Masacre de Nankín), la experimentación humana (como en el Escuadrón 731), y la esclavitud sexual de mujeres consideradas de razas inferiores («mujeres de confort»). Para millones de personas, éste fue un anticipo de la Segunda Guerra Mundial, dos años antes de su estallido en Europa, como también lo había sido la Guerra civil en España (1936-39). En ambos casos la pasividad de las potencias occidentales (y de la propia URSS) favoreció las pretensiones y expectativas de las potencias del Eje.

La orientación de capitulación de Chiang Kai-shek no se debe ni se explica por particularidades de su personalidad. Muy por el contrario, se convirtió en un importante dirigente político histórico porque canalizó y expresó fuerzas sociales. Como marcamos en nuestro primer artículo, los movimientos nacionales de contenido capitalista se rinden ante el imperialismo cuando pierden o están por perder su capacidad para contener a las masas y a la clase trabajadora. La política de Chiang era la política de la burguesía de los países coloniales y semicoloniales.

La subordinación de Mao a la burocracia stalinista le impuso serios límites a su capacidad de prever la escala del enfrentamiento contra el eje Berlín-Roma-Tokio. Entrevistado por el periodista Edgar Snow en 1937, afirmó que «la Unión Soviética no va a participar de la guerra, porque los dos lados son imperialistas, y es simplemente una guerra de rapiña sin justicia en ninguno de los bandos». Cuando se le preguntó acerca de los acuerdos comerciales que la URSS mantenía con el Estado japonés (especialmente por petróleo y suministros bélicos), «Mao respondió que era una pregunta extremadamente complicada, y que no podría ser respondida sino hasta que uno viera el final de dicha política». [7] Los burócratas rusos tenían expectativas en evitar una confrontación en su propio país a través de pequeños tratados con la máquina de guerra del nazismo y sus aliados. En contraste, León Trotsky en el mismo año declaraba que las tropas del nazismo tendrían como horizonte una guerra ofensiva contra la URSS, y planteaba la necesidad de defender las conquistas históricas de Octubre frente a esta eventual agresión. [8] Dos años después, en 1939, Hitler ingresó en Polonia, y en 1941 inició su avanzada sobre el territorio ruso.

III – El camino hacia la toma del poder

La derrota del eje Berlín-Roma-Japón en la Segunda Guerra Mundial marcó un punto de inflexión. En los famosos acuerdos de Yalta y Potsdam (1945), el stalinismo negoció con el imperialismo británico y norteamericano una división de áreas de influencia en el mundo. Stalin se comprometía formalmente a no permitir la caída de los regímenes burgueses en los territorios bajo control del imperialismo. Este pacto incluía defender un régimen dirigido por Chiang Kai-shek y el KMT en China.

Conferencia de Potsdam. Iósif Stalin (derecha) junto con Harry S. Truman, presidente de Estados Unidos (centro) y Winston Churchill, cabeza del imperialismo británico (izquierda).

Ya durante el curso de la guerra, el stalinismo ruso le había exigido al PCCh que disolviera sus tropas al interior del ejército del KMT. Mao y los comunistas chinos evitaron un choque directo contra la propiedad agraria en territorios bajo su control durante la guerra, pero no llegaron a disolverse dentro de las filas del nacionalismo burgués y entregar sus armas. El recuerdo de las masacres de 1927 estaba demasiado presente entre los campesinos combatientes, incluyendo a los propios comunistas. Después de la victoria en 1945, los agentes de Moscú volvieron a plantear a los comunistas chinos que se desarmaran y se disolvieran en la estructura política del nacionalismo. Esta vez, bajo la forma de una integración a un gobierno de unidad nacional capitaneado por la burguesía.

Mao aceptó las instrucciones de retirar sus tropas de las ciudades y otros puntos estratégicos [9], para ser entregados al Kuomintang. Pero apenas finalizada la guerra mundial, el KMT emprendió nuevos ataques militares contra los ejércitos campesinos independientes.

Por otro lado, la desindustrialización japonesa había dejado un deterioro general en las condiciones materiales de vida y un dislocamiento económico profundo. Después de la guerra, la inflación se exacerbó y llegó a niveles hiperinflacionarios. Esta crisis social llevó a la emergencia de luchas campesinas contra el gobierno burgués.

Abandonados por Stalin y acosados por nuevas campañas de exterminio por parte del nacionalismo burgués, los dirigentes chinos tomaron una medida defensiva bajo la presión de las luchas generalizadas entre las masas. Superaron su defensa de la propiedad agraria, y pasaron a incentivar las luchas en el campo con un programa de expropiaciones a los terratenientes. A lo largo de todo el país se fueron generando levantamientos masivos de campesinos que tomaban como propia la reforma planteada por el Partido Comunista y luchaban para imponerla.

Los avances del ejército de Mao fueron producto tanto de estos movimientos, como de la descomposición de las tropas del nacionalismo burgués. En un cuadro de insurrecciones, la formación de «comités de campesinos pobres» le dio el protagonismo político a las masas. La dirección del PCCh intentó ponerle un límite a las expropiaciones, pero la dinámica de su extensión estaba más allá del control que pudiera tener el partido. En medio de la descomposición del régimen contrarrevolucionario, la corrupción se generalizó y llegó a carcomerlas. En su momento más alto de crisis, los generales del Kuomintang, en lugar de batir a los comunistas, les vendían su arsenal a través del contrabando.

El PCCh también tuvo una transformación en su composición social, al calor de este ascenso de las masas. Hasta ese entonces, el núcleo de sus cuadros eran los hijos de la pequeño-burguesía agraria, algunos educados en colegios de élite. Estos elementos fueron superados por una avalancha de nuevos militantes con experiencias de lucha popular previa, y forjados al calor del proceso revolucionario mismo. Este proceso de alzamiento de las masas produjo, entonces, un quiebre de la cadena de mando del stalinismo en el partido chino.

En síntesis, podemos concluir que: 1) la revolución china fue un revulsivo para el PCCh; 2) el partido dejó de subordinarse a las órdenes enviadas desde Moscú, y, en un cuadro de levantamiento de masas, quebró el régimen burgués del KMT; 3) su composición social fue transformada; y 4) el partido armado de Mao fue avanzando junto al proceso revolucionario por el impulso del movimiento de masas, y sobre un territorio que le era entregado por la desintegración de las tropas del KMT. [10] En este ascenso revolucionario de las masas es donde se encuentra la clave de la derrota final de las tropas contrarrevolucionarias. En 1949, finalmente, Chiang y sus hombres tuvieron que escapar del continente y se refugiaron en la isla de Taiwán.

El estudio de la experiencia revolucionaria china nos brinda conclusiones valiosas para el desarrollo de una intervención política revolucionaria en las naciones atrasadas y semicoloniales. Las banderas del combate contra el imperialismo y la demanda por el desarrollo de la economía nacional no pueden ser negadas ni pueden ser entregadas a la burguesía. Pero la única forma de completar estas tareas nacionales es a través de los métodos de la revolución socialista. Las luchas de 1927-1929 fueron ahogadas en sangre, debido a que el stalinismo ordenó al Partido Comunista Chino no encabezarlo, sino actuar como furgón de cola de la burguesía nacional. Se trató de la prueba por la negativa. En contraposición, el proceso revolucionario de 1947-1949 terminó en un triunfo. Se trató de la prueba por la positiva. La tarea que tenemos en nuestras manos es construir un gran partido obrero, para desarrollar el planteo de la independencia política de la clase trabajadora frente a sus verdugos, con el horizonte estratégico de la revolución permanente.

Notas:

1. Broué, Pierre. «La revolución cultural en China», en América India, n°1, 1972, p. 33. «América India» era una publicación de nuestra organización, por aquel entonces llamada «Política Obrera».

2. El concepto central de esta elaboración fue el de «nueva democracia». «La revolución china en su primera etapa (subdividida en múltiples fases) es, por su carácter social, una revolución democrático-burguesa de nuevo tipo, y no es todavía una revolución socialista proletaria […]». Mao Tse-tung. «Sobre la nueva democracia «, en Obras Escogidas tomo II, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, 1968 [fecha original: 1939], p. 362.

3. Mao Tse-tung. «Sobre la táctica de la lucha contra el imperialismo japonés», en Obras Escogidas tomo I, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, 1968 [fecha original: 1935], p. 184.

4. Mao Tse-tung, Op. cit., p. 182.

5. Mao Tse-tung, Op. cit., p. 183.

6.  Gerovitch, Luis: “Oriente Rojo: La revolución china”, en Historia del Movimiento Obrero, fascículo 64, p. 167.

7. Snow, Edgar. Red star over China, Grove Press, Nueva York, 1968 [fecha original: 1938], pp. 439-440. Disponible traducción en castellano: «La estrella Roja sobre China». 

Agradezco al compañero Pedro Cataldi de Jóvenes Científicos Precarizados por haber encontrado y contrapuesto las citas de Mao y de Trotsky.

8. Trotsky, León. «En el umbral de una nueva guerra mundial», 1937.

9. Meisner, Maurice. «Mao Zedong. A Political and Intellectual Portrait», Polity Press, Cambridge, 2007, p. 100.

10. Favbre, Bleibtreu. «¿A dónde va Pablo?», en  «Jornadas de Estudio sobre la IV Internacional», n°II, 1988 [fecha original: 1951]. El lector encontrará este material en el espacio de publicaciones del PO: https://revistaedm.com/libros/

Bibliografía:

Bernal, Martín. «Mao e a Revolução Chinesa», en Hobsbawm, Eric. História do Marxismo, tomo VIII, Río de Janeiro, Paz e Terra, 2007.

Broué, Pierre. «La revolución cultural en China», en América India, n°1, 1972.

Favbre, Bleibtreu. «¿A dónde va Pablo?», en  Jornadas de Estudio sobre la IV Internacional, n°II, 1988 [1951].

Gerovitch, Luis: “Oriente Rojo: La revolución china”, en Historia del Movimiento Obrero, fascículo 64.

Mao Tse-tung. «Sobre la táctica de la lucha contra el imperialismo japonés», en Obras Escogidas tomo I, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, 1968 [1935].

Mao Tse-tung. «Sobre la nueva democracia «, en Obras Escogidas tomo II, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, 1968 [1939].

Meisner, Maurice. La China de Mao y después. Una historia de la República Popular, Comunicarte, Córdoba, 2007 [1977].

Meisner, Maurice. Mao Zedong. A Political and Intellectual Portrait, Polity Press, Cambridge, 2007.

Snow, Edgar. Red star over China, Grove Press, Nueva York, 1968 [1938].

Trotsky, León. Stalin, el gran organizador de derrotas, El Yunque, Buenos Aires, 1973.

Trotsky, León. «En el umbral de una nueva guerra mundial», 1937.

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