27/11/2020
1910-1920

La Revolución Mexicana, las masas y la dinámica de la revolución permanente

A 110 años de su comienzo. Parte II.

Emiliano Zapata y Pancho Villa se alternan en la silla presidencial del Palacio Nacional de la Ciudad de México.

En la primera entrega de esta serie de artículos a 110 años del inicio de la Revolución Mexicana vimos cuáles fueron las contradicciones sociales que estallaron al detonarse el proceso revolucionario, el 20 de noviembre de 1910. Ahora trataremos de extraer algunas lecciones del curso mismo de la guerra civil que libraron las masas campesinas y de obreros rurales, que presentaron batalla a muerte contra cada una de las fracciones burguesas que se interpusieron en el camino de su lucha por la tierra.

Emiliano Zapata en el sur y Francisco Villa en el norte respondieron a la convocatoria de Francisco Madero a alzarse en armas aquel 20 de noviembre en nombre del Plan de San Luis de Potosí. Este programa declaraba nulas las elecciones de junio, proclamaba a su mentor como presidente provisional y prohibía la reelección. La única reivindicación social del Plan estaba en su artículo tercero, que establecía la restitución de las tierras que habían sido arrancadas a los pueblos utilizando de manera fraudulenta la ley de terrenos baldíos. Ese fue el imán que necesitaba para encausar a las masas detrás de sí. Pero Madero no se lanzó al derrocamiento de Porfirio Díaz para detonar una revolución social, sino para evitarla ensayando una transición política.

Medio año después, hacia fines de mayo de 1911, se expandía una insurrección por todo el país. A pesar de las dilaciones de Madero, que apostaba a una salida negociada con el porfirismo, sus caudillos militares Villa y Pascual Orozco se lanzaron y ocuparon la primera ciudad que quedaría bajo poder de los sublevados, Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos. Casi al mismo tiempo los zapatistas tomaban Cuautla, que pasaría a ser su base de operaciones, y luego la capital del estado de Morelos, Cuernavaca. Tras estas advertencias, finalmente Porfirio Díaz firmó con Madero, el 21 de mayo de 1911, los acuerdos de Ciudad Juárez en virtud de los cuales dejaba el gobierno y se embarcaba a Francia, quedando un gobierno interino encargado de convocar a elecciones. Estos acuerdos establecían que cesaba la lucha, y que todos los rebeldes debían entregar sus armas al Ejército Federal. Pero por más que así lo decretase la dirección burguesa, la revolución no podía detenerse allí; recién estaba comenzando.

“¡Abajo las haciendas y viva los pueblos!”

Los acuerdos de Ciudad Juárez dejaban irresuelto el anhelo de las masas insurrectas, y mantenían en pie los resortes del régimen porfirista –empezando por el Ejército Federal. Villa y Orozco se apuraron a pedir explicaciones acerca de qué pasaría con el reclamo de las tierras, pero solo obtuvieron como respuesta que ya se vería más adelante. En el caso de Zapata directamente rechazó deponer las armas y mantuvo su práctica de invadir y repartir las tierras de las haciendas; se convertía así en el foco de la continuación de la lucha revolucionaria. A diferencia de Pancho Villa, cuyo seguimiento a Madero expresaba el sometimiento ideológico del campesinado a la dirección de una fracción de la burguesía y a su Estado, el zapatismo había adherido al Plan de San Luis como lazo con el levantamiento a escala nacional –como vía de superar el regionalismo campesino- pero rechazó siempre subordinarse y expresó su voluntad de autonomía política proclamando un programa propio, el Plan de Ayala, en noviembre de 1911. Esto se había expresado desde el principio, en el grito de guerra “¡Abajo las haciendas y viva los pueblos!”.

El programa zapatista consistía esencialmente en disponer el reparto inmediato de la tierra, estableciendo que en todo caso serían luego los terratenientes expropiados quienes debieran justificar en los tribunales su derecho de propiedad. Planteaba a su vez la nacionalización de los bienes de los enemigos de la revolución. Es, como define Adolfo Gilly, una subversión de la juridicidad burguesa, que expresa el carácter empíricamente anticapitalista del movimiento liderado por Zapata. Esto –argumenta el historiador trotskista- porque si bien solo se toca el problema de la tierra, la propiedad terrateniente era el centro de gravedad económico de la formación social mexicana y amenazarla ponía en peligro el sistema entero. Era un anticapitalismo que se apoyaba en la tradición de autogobierno de los pueblos, los cuales con sus órganos de deliberación y decisión habían organizado la resistencia desde los tiempos de la colonia; allí radicaba la organización independiente de las masas del centro y sur del país, con epicentro en el estado de Morelos. En esencia, el Plan de Ayala era un llamado a la acción directa del campesinado y los obreros agrícolas, impartido desde una región con una gran densidad de pueblos hasta hace poco libres y con grandes contingentes de trabajadores en los ingenios azucareros.

Esa fue el acta de nacimiento del movimiento zapatista, que desde entonces convertiría a toda la población de la zona en ejército guerrillero que avanzaba repartiendo las tierras y poniéndolas a producir, armándose con los rifles y cartuchos lo que quitaba al enemigo. Nació de la propia experiencia de la lucha y de la dinámica misma de la revolución permanente.

Siguiendo al mismo autor en su brillante La revolución interrumpida, podemos agregar que para llegar a este punto los pueblos de Morelos “necesitaban pasar primero por la experiencia del apoyo y la alianza con la burguesía, porque no había ningún centro proletario independiente que los unificara entre sí y nacionalmente con un programa revolucionario contrapuesto al de las clases explotadoras, no había otro lazo con el país que la dirección burguesa de Madero, ni la comprensión campesina podía ver entonces una perspectiva superior. Pero al mismo tiempo, lo que les permitió después convertir ese apoyo en alianza y esa alianza en ruptura y en movimiento con programa revolucionario propio fue que desde un comienzo la revolución del sur se organizó con su propia dirección, elegida por los pueblos y los combatientes, y con su organismo independiente: el Ejército Libertador del Sur, basado en la participación y la iniciativa de todo el campesinado y el proletariado agrícola de la región, y en el apoyo y la confianza de sus centros naturales de organización política y social, los pueblos”.

El Plan de Ayala definía a Madero como un traidor, y denunciaba que este perseguía ahora a quienes peleaban por las reivindicaciones enunciadas en el Plan de San Luis Potosí. Era un sentir que se extendía, al igual que los asaltos a las haciendas en puntos dispersos del país, con foco en el sur (Morelos, Oaxaca, Guerrero); ante un gobierno que justificaba el incumplimiento de la devolución de sus tierras a los despojados arbitrariamente en virtud de los acuerdos de Ciudad Juárez, que reconocían como legítimos los títulos de propiedad del porfirismo. Madero se vio frustrado en su intento de desarmar al zapatismo, lo cual le valió una oposición por derecha que reclamaba una mayor represión; al tiempo que se revelaba incapaz de satisfacer las aspiraciones democráticas de la pequeña burguesía y sus demandas reformistas. Quedaba así en un impasse, aislado, y terminaría siendo derrocado y asesinado en febrero de 1913 por el ala derecha de su propio gobierno, en el golpe comandado por el general Victoriano Huerta. Este se propuso poner punto final a la revolución, primero con la cooptación y luego con el Ejército Federal, pero al eliminar el puente que todavía ligaba al gobierno con sectores de las masas terminó por reavivar la llama revolucionaria en todo el país.

Zapata rechazó las ofertas de puestos en el Estado que hizo el nuevo gobierno de Huerta, y llamó a luchar contra él. La tensión social crecía. Fue en este cuadro que Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, que era un terrateniente y exsenador porfirista, se negó a reconocer al nuevo presidente. Su comprensión, al igual que antes la del maderismo, era que solo podría contenerse la revolución si se hacían concesiones a las masas descontentas para ponerse al frente como dirección burguesa. Proclamó el Plan de Guadalupe llamando a derribar al gobierno usurpador y erigir -bajo su liderazgo- el Ejército Constitucionalista, que rápidamente se convirtió en un centro militar de la lucha de las masas en todo el norte del país. A ello se unió Pancho Villa, cuyo prestigio entre los campesinos le permitió poner en pie en poco tiempo a la imbatible División del Norte.

La División fue una extraordinaria creación de las masas explotadas, y su líder era parte de ella. Quien la describió como nadie, desde adentro mismo de los campos de batalla, de los campamentos y de los vagones, fue John Reed. En su México Insurgente no solo recoge la conciencia, sino más aún su deslumbrante poder de organización militar, su audacia en el combate, su manejo de la geografía, de los trenes (inclusive equipando verdaderos hospitales móviles en vagones esmaltados), gracias a lo cual descuartizó al Ejército Federal batalla tras batalla. Atrajo a lo mejor del ala jacobina de la pequeña burguesía, y hasta sectores del movimiento obrero del norte de México que desempeñaron un papel estratégico, especialmente mineros y ferroviarios –de allí saldría el destacado general Rodolfo Fierro. Es un hermoso testimonio de la potencia que adquiere la energía creadora de las masas en los procesos de ascenso revolucionario.

Carranza, Obregón y el Ejército Constitucionalista

Pero esta formidable fuerza militar campesina convivía dentro del constitucionalismo con sectores políticos disímiles y hasta hostiles, que no tardarían en enfrentarla a muerte. Un sector de los altos mandos, proveniente de la pequeña burguesía, empatizaba con los reclamos campesinos y hasta fue partidaria del reparto inmediato de las tierras a medida que avanzaban los ejércitos revolucionarios, pero chocó con la rabiosa oposición de Carranza. Si la División del Norte que bajaba por el centro del país expresaba de manera directa en su estado mayor al campesinado en armas, el carrancismo tenía su expresión directa en Pablo González que comandaba el estancado ejército del noreste, mientras que el destacado Álvaro Obregón que conducía al ejército del noroeste tendía un nexo entre Carranza y el ala jacobina, y a través de ella con el villismo. Las tensiones entre las distintas vertientes se reflejarían de inmediato en el curso mismo de la lucha contra Huerta, hasta el borde de la ruptura.

Esa tensión iría en aumento a medida que avanzaba fulminante la División del Norte, que comenzó su gran ofensiva contra las tropas federales en marzo de 1914. Ya a principios de abril tomaba con 12.000 hombres la estratégica ciudad de Torreón, levantando una abrumadora ola de entusiasmo popular a su paso. Desde entonces Carranza jugaría todas sus cartas para contener el avance villista, con maniobras y órdenes distractivas, para que no sea la División la que ingresara triunfal en la Ciudad de México. Luego de varias idas y vueltas, que incluyeron el desvío hacia batallas menores, el desacuerdo del Villa y su mando llegó a un conflicto abierto con el jefe del constitucionalismo; a mediados de junio, en estado de insubordinación respecto de Carranza, la División del Norte se lanza sobre Zacatecas –la última ciudad importante en el camino hacia la capital- y destroza definitivamente al Ejército Federal, que queda aniquilado.

Solo las zancadillas de Carranza, que corta el abastecimiento de armamento y carbón para los trenes, detienen el avance de las tropas de Villa. Se abren instancias de negociación para evitar la ruptura, que derivan en el Pacto de Torreón, el cual incluye que una vez alcanzada la victoria se convocará una convención de todos los ejércitos revolucionarios. Pero mientras tanto Obregón seguía las órdenes de dirigirse a toda velocidad por la larga línea del noroeste hasta la Ciudad de México. El 15 de julio de 1914, derrotado en todos los frentes, renuncia Huerta, y un mes después ingresan en la capital las tropas de Obregón. El constitucionalismo llegaba al poder.

En los estados en los que gobernaba, el constitucionalismo había decretado una cantidad de reivindicaciones sentidas de las masas trabajadoras: la abolición de las tiendas de raya y de las deudas de los campesinos y peones agrícolas, la fijación de un salario mínimo, de la jornada ocho horas y de un descanso semanal obligatorio; pero nada había resulto sobre el problema de la tierra. Distinto era en toda la zona que se encontraba bajo control de los zapatistas –especialmente los estados de Morelos, Guerrero y Puebla- donde estaba prácticamente completado el reparto de las haciendas. Esto dejaba al Ejército Libertador del Sur en el límite mismo con la Ciudad de México. Esta diferencia sustancial afloraría instantáneamente en las conversaciones de Carranza con el mando zapatista, e impediría llegar a un acuerdo. De manera más sinuosa, pero igualmente con eje en la cuestión de la tierra, se procesaría la ruptura de Villa con Carranza, a fines de septiembre.

Llegado este punto, el ala jacobina de los oficiales constitucionalistas promueve la convocatoria a una convención para el evitar el enfrentamiento armado entre el nuevo gobierno y la División del Norte. No se trataba de una mera maniobra por temor al choque con las fuerzas comandadas por Villa, sino además la expresión de la atracción que ejercía la lucha revolucionaria de las masas sobre esta fracción. Obregón recoge el guante y –obedeciendo a sus pretensiones bonapartistas- se pone el frente de una “comisión de pacificación”, que finalmente negocia un armisticio y se convoca para el 10 de octubre la Convención de Aguascalientes, la ciudad que queda justo en el camino entre la Ciudad de México y Zacatecas (que era el punto más avanzado de la División). Al poco de sesionar, la Convención se declara soberana y resuelve enviar una delegación para invitar a que asistan delegados del Ejército Libertador del Sur. Luego de varias sesiones sin norte claro, el 27 de octubre se incorpora la delegación zapatista, y se produce un viraje irresistible; el 28 se aprueban con algarabía los principales artículos del Plan de Ayala. Se abre una crisis, con el gobierno maniobra para desconocerla; finalmente se vota allí un presidente interino, Eulalio Gutiérrez, y el 10 de noviembre se declara a Carranza en desacato y a Villa como jefe de los ejércitos de la Convención. Quedó así derrotado, también, el afán bonapartista de Obregón que buscaba erigirse como una mediación entre los extremos, y debió recostarse nuevamente sobre Carranza.

Villa y Zapata en el Palacio Nacional

La llegada del zapatismo a la Convención corporizó políticamente, con su Plan de Ayala, el ascenso de las masas que juntó a los dos polos de la guerra campesina, al norte y al sur, y esa alianza operó además como un irresistible foco de atracción de los cuadros pequeñoburgueses y oficiales jacobinos de las tropas constitucionalistas. El hecho era que a pesar de la autonomía militar con que actuaba, Villa era incapaz de formular un programa propio que le permitiera autonomizarse políticamente. Necesitó de la confluencia con el ejército zapatista y su Plan de Ayala para enfrentar a Carranza y al constitucionalismo. Ya nadie pudo entonces contener su avance hacia la capital del país y centro del poder político. El 24 de noviembre Carranza y Obregón se replegaron, diezmados política y militarmente, hasta la ciudad costera de Veracruz. A principios de diciembre de 1914 ingresaron los ejércitos campesinos en la Ciudad de México, y se encontraron los propios Emiliano Zapata y Francisco Villa en Xochimilco. Era la revolución sin intermediarios, la potencia directa de las masas que reunió a sus dos expresiones más genuinas en el centro mismo del poder. El 6 de diciembre, Emiliano Zapata y Pancho Villa se fotografiaron alternativamente sentados en la silla presidencial del Palacio Nacional, y frente a ellos desfilaron las columnas del Ejército Libertador del Sur y la División del Norte. Salvo algunos puntos periféricos, la nación entera estaba bajo control de las fuerzas revolucionarias.

La apasionante historia de la Revolución Mexicana es entonces la secuencia de cómo los explotados fueron derribando una a una las vallas que la dirección burguesa de la revolución intentó oponer al avance de los campesinos en armas, que empíricamente rebasaron en su lucha los límites de la propiedad capitalista, al sostener hasta las últimas consecuencias la lucha por la tierra. Es lo más lejos que llegó una guerra campesina en su ruptura con la burguesía y el intento de erigirse como dirección independiente.

Pero los límites políticos de las direcciones campesinas volverían a expresarse con un profundo dramatismo en este momento decisivo de la revolución. Será el tema de la siguiente entrega.

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