03/11/2020

No al Alca: el repudio de las calles, la impostura de los gobiernos

A 15 años de la cumbre en Mar del Plata

El 4 de noviembre de 2005 se iniciaron en la Argentina las sesiones de la IV Cumbre de las Américas. Mar del Plata sería completamente militarizada para recibir, entre bombos y platillos, a los distintos presidentes de América con excepción de Cuba. Mientras Néstor Kirchner daba inicio a la misma, las movilizaciones en repudio al arribo de George Bush a la Argentina eran salvajemente reprimidas en la ciudad marplatense y en la capital porteña, desnudando el carácter reaccionario y proimperialista de la cumbre. Como caracterizamos oportunamente en Prensa Obrera,la pretensión de buscar acuerdos entre el Estado imperialista y los estados dominados solo puede reforzar el status colonial de estos últimos.

Sin embargo, allí se produciría un hecho del que los “nacionales y populares” se han jactado, y se jactan al día de la fecha, rodeándolo de una épica que es conveniente desmenuzar. El rechazo al Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) por parte de los Kirchner, Chávez, Lula y Vázquez ha sido presentado como una defensa a la soberanía de los países de la región y como un choque a fondo con los intereses del imperialismo sobre estos. En los hechos, se trata de una impostura que esconde los acuerdos económicos y relaciones de coloniaje en los que el nacionalismo burgués latinoamericano está enteramente inmerso.

La naturaleza histórica del acuerdo y de la cumbre

El Área de Libre Comercio de las Américas, impulsada en la I Cumbre de las Américas 11 años atrás, fue un punto fundamental de toda una estrategia capitalista en la región emergida tras la caída del muro y la disolución de la URSS. Basada en las privatizaciones, la especulación financiera y la reducción en términos reales de la intervención del Estado sobre el proceso económico, las burguesías nacionales de América Latina acompañaron el propósito del Alca desde el arranque. A fin de acrecentar los márgenes de exportación a los Estados Unidos, los países latinoamericanos recibirían por contrapartida una mayor injerencia de capitales yanquis fronteras dentro.

Cabe destacar sobre este punto, una y otra vez, que el tan enaltecido Néstor Kirchner que protagonizara el rechazo al Alca en 2005 había formado parte del menemismo que lo impulsó en el país en la década del 90. Y esto no debe comprenderse como una contradicción, o como dos fenómenos incompatibles que solo puedan ser explicados a través de un brusco viraje político propio del expresidente. Se trata sobre todo de un volantazo de la burguesía nacional en su estrategia económica y política, lo que llevó al reciclaje a más de un menemista -entre ellos, claro, Kirchner-, deviniendo en apariencia de la noche a la mañana en “nacionales y populares”.

El estallido de la burbuja financiera y el desencadenamiento de la crisis asiática de 1997, que tuvo su efecto contagio en las economías de América Latina, motivaron un cambio de estrategia por parte de las burguesías locales, que reclamaban ahora una mayor intervención del Estado, vía subsidios y rescates al capital. Por otro lado, la negativa de Estados Unidos en aquel entonces a eliminar los subsidios sobre la producción agrícola representaba una competencia reforzada en el mercado mundial para los exportadores de América Latina. Todos estos factores fueron conjugando una disgregación del Alca y sus propósitos como tal.

Para aquel 4 de noviembre de 2005, el cuadro en América Latina seguía caliente al compás de los levantamientos y las rebeliones populares. Naturalmente motorizados por la crisis social, estos llevaron a una creciente inestabilidad política y que decantó en el agotamiento del denominado “neoliberalismo”, dando apertura de paso a los gobiernos de contención y con un mayor grado de intervencionismo estatal y arbitraje social. Pero esto no implicaba una disputa real al imperialismo ni por asomo. Por el contrario, a Bush y los yanquis les preocupaba particularmente para aquella cumbre la cuestión de la nula estabilidad política en América Latina, y veía en Kirchner y su capacidad de contener los procesos de lucha que siguieron al Argentinazo una garantía en el ojo de la tormenta. En este sentido, vale recordar que fue él quien junto con Lula Da Silva y con la ayuda de Hugo Chávez quienes operaron para profundizar la adaptación de Evo Morales a las condiciones de los capitalistas de la región e internacionales y lograr contener a las masas bolivianas en 2003. Fue Chávez quien, de hecho, lo convenció de no llevar a cabo una nacionalización real de los hidrocarburos, consigna fundamental de la insurrección, sino sugiriendo la creación de empresas estatales mixtas al estilo de PDVSA. Evo Morales, que ya contaba con la existencia de la empresa estatal YPFB, adoptó aquel camino recién en 2006 ante los escándalos de multinacionales como Shell. Todo lo que hizo fue nacionalizar el 51% de las privatizadas, algo similar a la falsa estatización de YPF en 2011.

Néstor Kirchner esperó, valiéndose de ese lugar de ‘garante de estabilidad’, obtener el apoyo de Bush para firmar un acuerdo de renegociación parcial de la deuda con el FMI. Es interesante analizar el contenido del acuerdo solicitado, porque allí se pretendía evitar una serie de condicionamientos del organismo de crédito que apuntarían a disponer un mayor porcentaje del superávit fiscal para subsidiar a la burguesía nacional. El mandatario estadounidense se negó a acompañar su pedido, lo que generó el punto de discordia que explicaría la declaración final sobre la cuestión del Alca. Pero de aquí se desprenden varias cuestiones. En primer lugar, que el punto del Alca ni siquiera se encontraba en la agenda de las tratativas de la cumbre, sino que fue añadido apenas comenzada la misma por Paul Martin, quien fuera por aquel entonces primer ministro canadiense. Esto demuestra a las claras que el acuerdo como tal ya se encontraba agotado, pese a la posterior insistencia de Bush y algunos de sus aliados sobre la cuestión. Pero en segundo lugar, más clarificador aún, que a pesar de los discursos del segundo día contra el Alca de los Lula o los Vázquez, el presunto enfrentamiento del nacionalismo burgués de América Latina al imperialismo yanqui no es más que una pantomima. Basta con mencionar que en el curso de aquellas jornadas, Tabaré Vázquez firmó un acuerdo de inversiones con Estados Unidos —lisa y llanamente la penetración de capitales yanquis a suelo uruguayo. Por su parte, otro demonizador del Alca en la cumbre, Lula da Silva, se reuniría inmediatamente después de la misma en Brasilia con Bush para cerrar acuerdos bilaterales específicos, que también le abrirían las puertas del país al ingreso de capitales yanquis. Y todo se desenvolvía mientras se mantenía la intervención imperialista sobre Haití iniciada en 2004 desbancando a Aristide, único presidente electo democráticamente hasta el momento en la historia del país, para instaurar el poder de una “misión de paz” de la ONU a la que los Kirchner, Lula, Vázquez y hasta Evo Morales le enviaron sus tropas.

Imperialismo, FMI, burguesía nacional y trabajadores

Los sucesos de aquel entonces desnudaron un hecho inocultable: la completa impotencia del nacionalismo burgués, en tanto expresión política de las burguesías nacionales de la región, para enfrentar al capital financiero y a las potencias imperialistas. Los acuerdos coloniales y los pactos políticos impuestos desde Washington que se fueron deslizando por detrás de las resoluciones finales de la IV Cumbre de las Américas lo han dejado claro. Y nada se ha modificado. Quince años después tenemos nuevamente un mundo sacudido por una crisis de dimensiones extraordinarias, mucho peores incluso que las de entonces. El imperialismo yanqui ha profundizado un dominio evidente sobre América Latina, pese a los cimbronazos de la guerra comercial y la influencia creciente de China en la región. El FMI mantiene la tutela a través del sometimiento de la deuda externa a los gobiernos y las economías. En la Argentina, el gobierno de Alberto Fernández debutó, en aras de hacer buena letra con el Fondo y el imperialismo a la espera de una renegociación, abriéndole las puertas del país a pulpos internacionales como lo fuera el caso de las mineras; hecho que desató enormes rebeliones provinciales en defensa del suelo y el agua. Si la penetración de capitales en suelo argentino no se profundizó en los últimos meses, es tan solo porque el agravamiento de la crisis ha producido por el contrario la retirada de los mismos. Pero las mismas contradicciones siguen planteadas. El nacionalismo burgués es absolutamente incapaz de confrontar a fondo con el imperialismo, y oponiendo mayor o menor resistencia, termina capitulando a sus directrices, llegando al punto en que los “nacionales y populares” pasan a ser sus agentes en la región.

Los planes de unidad regional han sido abandonados. La crisis económica ha dado lugar a los choques comerciales entre las burguesías locales (¡Brasil y Argentina!) y la disgregación de los proyectos de unidad regional como el Alba o el Unasur, o hasta el preexistente Mercosur. Los escándalos de corruptela de los Oderbrecht en toda la región, que se revelaron como parte de un choque por la adjudicación de obras con el imperialismo, muestran el contenido parasitario de los negociados que los Chavez, Morales, Lula o Kirchner promovieron.

Los gobiernos nacionales y populares fueron depuestos por golpes institucionales o no tanto, sin apoyarse en la resistencia de las masas, ni llevar adelante una solidaridad efectiva entre sí, desde Zelaya en Honduras, a Lugo en Paraguay, hasta Dilma Roussef en Brasil. En Bolivia el MAS entregó la resistencia al golpismo reiteradamente, y solo se realizaron elecciones por una huelga general con piquetes de 12 días, que estos trabajaron para levantar. Alberto Fernández mantiene a Argentina en el Grupo de Lima creado por Trump para promover el golpe en Venezuela e impulsa acciones a nivel internacional en la línea del cambio de régimen promovido por el imperialismo.

Como se puede ver en toda la ola de rebeliones populares, desde Puerto Rico y Haití, a Ecuador, Chile y Bolivia, son los trabajadores y campesinos en la calle los únicos que enfrentan a los ajustes de «democráticos» y golpistas al servicio del saqueo imperialista. La perspectiva de la Unidad Socialista de América Latina la podemos impulsar la clase obrera y los explotados, no la impotente burguesía nacional. En esa perspectiva impulsamos la realización de una nueva conferencia de Latinoamérica y Estados Unidos, que unifique la acción de la vanguardia revolucionaria en la nueva tanda de rebeliones.

     

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