Cultura

8/10/2020

“Como polvo en el viento”, la nueva -y desencantada- novela de Padura

En el drama coral del escritor cubano, predominan las visiones desencantadas y críticas, cuando no reaccionarias, de un grupo de amigos exiliados.

Las palabras de José Martí, “Cuba nos une en suelo extranjero”, pueden sintetizar la trama de la nueva extensa novela de Leonardo Padura, el autor de la reconocida El hombre que amaba los perros (2009), Premio Nacional de Literatura de Cuba en 2012, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2015 y distinguido con la Orden de las Artes y las Letras de Francia. El sentido de las mismas, sin embargo, será distinto.

En este drama coral predominarán las visiones desencantadas y críticas, cuando no reaccionarias de un grupo de amigos, “una generación de cubanos graduados universitarios y analfabetos tecnológicos”, dispersos por el mundo luego de diferentes experiencias de exilio, donde la añoranza se conjuga con la remembranza de sus experiencias con la revolución.

Será el descubrimiento de 1984, la fábula distópica de Orwell, que catalogarán como “anticomunismo puro, literatura subversiva”, la que unirá al Clan, rompiendo con la “satisfactoria simplicidad vertical que ellos admitían y compartían sin cuestionamientos” con que se organizaba el mundo, y su consecuente “aceptación del sacrificio: cortes de caña, trabajos agrícolas, colas para todo, la disposición a combatir y morir en guerras desatadas en sitios lejanos”.

Plagada de imágenes de la cultura de masas, fundamentalmente de la norteamericana, el disparador de la historia transcurre a fines de la década del ’80, momento en que se derrumba la Unión Soviética, cae el denominado “socialismo real” en Europa del Este y Cuba, afectada por una grave crisis económica denominada “período especial en tiempo de paz”, se sumerge en una parálisis brutal que implica un nuevo éxodo de miles de cubanos. Una emigración que “ya no es política, nace de un cansancio histórico”.

Casi como una continuidad de La novela de mi vida (2002), en la que el destierro y la nostalgia se asocian a la figura del poeta José María Heredia, “el primer exiliado cubano”, Padura confiesa que en su escritura se expresa de alguna manera su experiencia personal, las contradicciones de una generación que en sus palabras “creció en esa ilusión de utopía socialista y después sufrió un gran desencanto”.
Parafraseando a Conversaciones en la Catedral de Vargas Llosa, desde el Malecón y mirando el mar un personaje se pregunta “qué nos ha pasado”. En Padura, en definitiva, el tema central siempre es Cuba, y no existirán miradas idílicas para con ella. Las contradicciones morales y sociales siempre presentes en su escritura se saldan en esta ocasión fundamentalmente como cuestionamiento, donde las privaciones, la corrupción, la represión y el control social extremo, alteran definitivamente los destinos de los personajes.

Para Padura, la convivencia con la miseria económica -con gente “buceando” en “los tanques de basura para sacar algo, cualquier cosa, en un país donde nadie botaba nada que no fuera basura”, donde se “ganaba dos pollos al mes”, se contrabandeaba “el queso como si fuese cocaína” y donde “las vacas habían entrado en la lista de especies en peligro de extinción”- engendró “palpables miserias humanas y morales” donde “todos los que podían, robaban. Los que tenían dinero, compraban. Los que no podían robar y tener dinero, pues se jodían”.

La novela hace alusión a los Comités de Defensa de la revolución, que para Padura de ser instituciones de barrio construidas para la defensa de la revolución se convirtieron en forma de vigilancia de los individuos donde “el espacio de la vida privada de la gente quedaba reducido porque era un vecino tuyo que sabía si tú eras homosexual, si eras religioso, si eras un delincuente y todas esas cosas podían afectar tu desarrollo personal”. La sospecha permanente “de que siempre alguien pudiera decir algo de ti”, explica por qué “en Cuba nadie lo dice todo. Nadie… Y eso lo aprendes desde que naces…”. De allí que uno de los personajes no duda en afirmar que irse de Cuba fue lo mejor que le pasó “pues puedo hablar de lo que me dé la gana con quien más me dé la gana”, “puedo vivir sin máscara”.

El temor es un eje vertebrador, porque “sentir miedo te jode la vida” y “provocar miedo, envilece al que lo provoca”. Tesis que, llevada al extremo, se plasmará en un diálogo entre dos de sus personajes en Buenos Aires, donde establecerán una ligera analogía con el generado por la dictadura argentina “pues ese miedo que existió aquí nos da miedo por lo que fue, pero a la vez nos reconcilia con nuestros miedos de allá”.
Matizando un poco las palabras de algunos de sus personajes, y de sus críticos, Padura destacó en una reciente entrevista que “desde hace 40 años soy escritor, y un escritor cubano. Puedo decir sencillamente que no me han perseguido nunca, pero he sentido determinadas presiones y tensiones a mi alrededor”.

En el marco de las contradicciones de la etapa, el peso de la crisis capitalista potenciada por la pandemia, Padura no duda en rescatar en entrevista, a pesar de que “en la esquina de mi casa se arman colas larguísimas para comprar un pedazo de pollo”, un sistema que “aporta la atención de salud pública universal que, con todos los problemas del mundo, de todas formas funciona y ha habido menos de cien muertos y muy pocos contagiados por día” porque “hay que señalar lo malo y también ser honesto y reconocer lo bueno”.

Quien fuera testigo desde su juventud de la revolución acentúa sin embargo con este trabajo su desencanto con la proeza, al punto que algunos críticos no dudan en calificarlo como el Cabrera Infante de esta época. Padura, quien hace unos años declaró que “la realidad cubana demuestra la muerte de las ideologías”, se delimita de estos comentarios señalando que “jamás tuve una militancia política. No soy un disidente. No es mi culpa si la economía cubana es un desastre, si la industria azucarera colapsó, si la ganadería desapareció, el café es malo, la educación empeoró, los hospitales se cayeron. No es mi culpa. Yo vivo la realidad y solo la cuento”.

Reflejo de una estructura de sentimiento más general de una generación que advierte el derrumbe de la revolución cubana sin visibilizar de la misma forma la hecatombe general del capital, esta es para el autor “una novela escrita más con las vísceras que con el cerebro”, razón que explica por qué resulta la más desencantada de sus obras.

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