23/11/2021

Forma y contenido de las nuevas derechas según Adorno ¿Qué hay de nuevo?

A la hora de pensar la cultura y la política el marxismo ha sido particularmente fértil en el análisis de una problemática fundamental: la novedad. El principal mérito de todos esos variados aportes ha sido el de comenzar por poner en discusión su carácter de tal. Esto es empezar por responder un interrogante simple: ¿qué hay de nuevo en esto que se muestra pretendidamente novedoso? Desde la repetición con otras formas que van de la tragedia a la farsa enunciada por Marx en el 18 de Brumario, pasando por las pervivencias de lo viejo en disputa con lo nuevo esbozadas por Gramsci, como posibles marcas del cambio de época, hasta llegar al desarrollado análisis de las variaciones de las formas culturales y sus disputas entre lo arcaico, lo residual y lo emergente, postuladas por Williams, por solo mencionar algunos trabajos y autores, analizar críticamente aquello que se muestra como nuevo es un tema obligado para el pensamiento crítico. Lenin, Trotsky, Brecht, Benjamin, Jameson y otros también han puesto el foco en ello. Pero es sin dudas Adorno, en soledad o junto a Horkheimer, quien más ha insistido en reflexionar sobre la novedad en la sociedad y la cultura de masas con la dialéctica marxista como método. Desde allí el presente recupera su lugar como un modo de interpelar al pasado y la novedad su lugar de etiqueta o de nuevo ropaje -muchas veces estandarizado, planificado y armado- de lo viejo.

La editorial Taurus acaba de editar Rasgos del nuevo radicalismo de derecha, un pequeño libro en el cual se reproduce una conferencia dictada por Theodor Adorno en la Universidad de Viena en 1967. En ella se pone el foco en un único tema que además de ser un fenómeno interesante marcaba la necesidad política de reflexionar sobre él: el ascenso de la Nationaldemokratische Partei Deutschland (NPD) en la que era la República Federal de Alemania. La lectura de las 48 escasas páginas donde se reproduce la conferencia (el libro además cuenta con epílogo crítico a cargo Volker Weiss) produce un efecto de actualidad inquietante. Los rasgos que Adorno destaca de la NPD y que desmenuzan la forma y el contenido de las por entonces “nuevas derechas” son en gran medida los mismos de estas otras que inundan nuestro presente. Para decirlo pronto, Adorno analiza magistralmente a la NPD como parte de las “nuevas derechas europeas” de finales de los sesenta, pero parece estar hablando de las “nuevas derechas de hoy”, algunas autodenominadas libertarias, de sus figuras alocadas, de sus interpelaciones carentes de conceptos y de la responsabilidad política que implica tomarlos en serio, debatir sus posiciones y enfrentarlos por lo que son ahora y, fundamentalmente, por lo que pueden ser.

La permanente actualidad de un método

A la hora de analizar el fenómeno del ascenso de las “nuevas derechas” Adorno comienza por el principio y es ponerlo en relación con las condiciones sociales que lo enmarcan, sosteniendo que son ellas las que se mantienen como condición de posibilidad de su emergencia. La tesis es clara. Para Adorno: “El radicalismo de derecha, o mejor dicho, el potencial de dicho radicalismo (…) se explica por el hecho de que en todo momento siguen vivas las condiciones sociales que determinan el fascismo”. Esta afirmación pone el foco en el método de análisis propuesto por al autor y confirma que empezar por lo concreto siempre es el mejor primer paso pero, a la vez, que debe complementarse con el análisis de la coyuntura, de la política, de lo puntual, o de lo evidente del fenómeno. “Las condiciones que determinan los movimientos fascistas, a pesar del fracaso de estos, siguen vivas en todo momento en la sociedad, aunque no necesariamente en la política”. En ese punto la presencia o no en el ámbito político de este tipo de expresiones políticas depende de varios factores que exceden a la política pero que la contienen. Fundamentalmente uno: la tendencia a la concentración económica del capital dominante que, como sostiene Adorno, es una tendencia “de la que no cabe duda alguna por mucho que se la pueda hacer desaparecer del mundo por medio de todas las artes estadísticas imaginables”. Como contracara de esa concentración del capital está “la posibilidad de desclasamiento, de degradación, de unas capas sociales que, según su conciencia subjetiva de clase, eran totalmente burguesas y deseaban mantener sus privilegios y su status social, e incluso reforzarlo en la medida de lo posible”.

De esta manera es que el análisis liga lo objetivo de las condiciones materiales con el aspecto subjetivo de las clases sociales. Esa subjetividad es la que encuentra el reconocimiento en interpelaciones que apuntan a movilizar el “odio contra el socialismo o lo que ellos llaman socialismo, al ponerlo como responsable de su situación”. En así que el desclasamiento (real o potencial) que produce la concentración económica capitalista es explicado en una mitología que levanta al socialismo como culpable de los males de un sistema al que en realidad combate y cuyo buen funcionamiento lleva la concentración económica y a la pauperización social… En ese punto, Adorno sostiene que el espectro del socialismo, como el dueño de todos los males del sistema capitalista, se encarna muy fácilmente en grupos sociales donde pensar el paso al socialismo ha sido siempre muy difícil. Esos sectores sociales son la base de esos movimientos pero no son los únicos que los integran lo que obliga a no caer en simplismos como el de asociar directamente a la nueva derecha con la pequeña burguesía o con sectores urbanos.

La dificultad principal para pensar en el socialismo como alternativa radica en el papel jugado por los gobiernos que desde una posición “no ortodoxa” en lo económico se han ubicado como sostenedores del sistema económico y como contenedores de los conflictos que este genera. Adorno señala puntualmente a los gobiernos de la social democracia en Alemania. Sobre todo a las consecuencias del liberalismo keynesiano que, al mismo momento en que evita las posibilidades de un cambio en la estructura social, refuerza distintas amenazas; entre ellas, la del empobrecimiento general y fundamentalmente el de las capas sociales anteriormente mencionadas. La inflación paulatina que viene añadida a la expansión del keynesianismo y que es el modo en que la sociedad experimenta un constante deterioro de sus condiciones de vida trae consigo la siempre presente posibilidad de que lo que viene puede ser peor. El cuadro no puede ser más simple. Se apunta a mantener y a sostener una crisis permanente que lo que hace es confirmar a aquellos que se construyen como administradores de esa propia crisis. Es interesante reparar en un detalle: para la retórica, como ciencia del decir, la crisis permanente es un oxímoron. O sea, es la unión de dos términos encontrados que se oponen en una misma proposición. Si es crisis no puede ser permanente salvo para la retórica y para los intentos del mantenimiento del sistema capitalista…

En ese punto, lo que los movimientos de derecha hacen es montarse sobre la sensación de catástrofe social y establecer un diálogo mano a mano con ella. “Se apela al deseo inconsciente del colapso o la catástrofe”, sostiene Adorno para explicar, justamente, esa comunión de cuestiones objetivas con motivaciones psicológicas. Verdadera distorsión de la teoría marxista del colapso “que se desarrolla en esta conciencia sumamente encogida y falsa”.

Propaganda para todos

Para Adorno la nueva derecha combina “una extraordinaria perfección de los medios (..) propagandísticos, en el sentido más amplio, (…) con una ceguera, con una oscuridad impenetrable de los fines que persiguen”. Por esta diferencia entre lo que se exhibe en cuanto a capacidad de visibilidad de estos movimientos con lo no mostrado de sus verdaderos intereses es que la propaganda es la base (se diría única) de su política. Adorno es claro, el hecho de carecer de sustento teórico o de exhibir casi de modo jactancioso su ínfimo nivel intelectual no debería nunca servir para subestimar a estos movimientos. Es más, ubicarlos primero como una técnica de poder es el primer paso para analizarlos y confrontarlos.

Esa técnica de agitación reposa en varios lugares conocidos. Primero, en la negación de una interpelación conceptual y la puesta en escena de una permanente invocación a la emoción y a la fuerza. Segundo, en la construcción de enemigos previsibles y permanentemente nombrados. Esto se hace con la perpetua invocación a “la imago, la imagen ideal subconsciente, del comunista”. De ese modo se apela a ese carácter místico que ha alcanzado el comunismo por la propaganda burguesa de ser algo tan abstracto como elástico como para contener “todo lo que a la gente no le gusta”. Tercero, en el rechazo a la intelectualidad y en la invocación a una autoridad intelectual inventada que, aunque contradictorios, son la base para terminar de conformar una ideología fragmentaria que encuentra una justificación en un recetario de frases simples y slogans recordables. Es tal que, para Adorno, la evidente propaganda no está tanto destinada a la difusión de una ideología como a “mantener ocupadas a las masas”. Lo que hace la nueva derecha es llevar al extremo la propaganda como mera “técnica de psicología de las masas”. Símbolos, trucos más o menos estandarizados que se repiten, aunque sean pobres y endebles, reponen la importancia de la repetición ritual.

“Soltar las mentiras más burdas”, que es toda una técnica usada por las derechas y que sigue el dictum goebbeliano de formar capas de verdades a pura mentira, se une con el “método salami” en donde la descontextualización, el tomar una parte del y por el todo se suman a cierta pedantería pretendidamente científica que busca legitimar, darle autoridad a sus líderes y propuestas. El llamamiento a lo concreto donde el anti- intelectualismo se muestra claramente se relaciona con el formalismo como modo de pensar donde el sistema se reconfirma en la negación que de él se hace en nombre de la (mala) forma que tiene hoy. Allí es que el mito de la libertad, por caso, asoma como una forma que puede condensarlo todo.

La obligación política y teórica del combate

¿Qué hacer frente a estos movimientos? Adorno es claro: “la táctica del ¡Chitón!, esto es, la táctica de guardar absoluto silencio sobre estos asuntos no ha dado nunca buenos resultados”. Hay que discutir y debatir, “no hay que moralizar, sino apelar a los intereses reales de la gente”. En ese sentido, se trata de combatir en el terreno de las ideas para poder apelar a esa “escisión de conciencia” de las personas, incluso en aquellas “personalidades prejuiciosas, que han sido abiertamente autoritarias, represivas y reaccionarias desde el punto de vista político y económico y que han reaccionado de modo de distinto en los puntos en los que estaban en cuestión sus propios intereses más claros, los intereses más claros para ellas”. Otro factor es la introspección para poder desmontar esos elementos proyectivos que ponen el foco en los enemigos declarados por la extrema derecha y poner a esas derechas y a esos radicales de derecha como objeto de la reflexión y el estudio y no hacerle el caldo gordo a su odio. No es el socialismo ni somos los que luchamos por él los que tenemos que rendir cuentas por el desastre del capitalismo, por sus fechorías, ni por sus catastróficas consecuencias. Pero fundamentalmente sí es el socialismo el que está obligado políticamente a combatir a estas (no tan) nuevas derechas sin caer en la traición de la defensa del sistema y de sus instituciones y planteando que ese radicalismo lleva al extremo ese mismo sistema del cual se declama “anti”.

                 

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