22/11/2021

Chile: un primer balance de las elecciones presidenciales

Cómo enfrentamos el primer lugar obtenido por la ultraderecha, un debate fundamental para la vanguardia de la lucha de masas.

Gabriel Boric (izq) y José Kast (der)

José Antonio Kast, el candidato del ultraderechista Partido Republicano en el Frente Social Cristiano, se impone en la primera vuelta presidencial con un 27,91% contra el 25,73% con que se alza Gabriel Boric por el conglomerado centroizquierdista “Apruebo Dignidad”. Con un 12,81%, en tercer lugar, se ubica Franco Parisi del Partido de la Gente que, valiéndose de un discurso “antipolítica” y con un programa derechista, logra canalizar el malestar de un sector que, votando a un “outsider”, expresa su rechazo a “la política” responsable de la negación sistemática de derechos. Sebastián Sichel de la coalición oficialista “Chile Podemos Más” queda en cuarto lugar con un 12,69% y Yasna Provoste de “Nuevo Pacto Social” -ex Concertación- relegada al quinto lugar con un 11,66% de los votos, con lo cual los sectores políticos que representan directamente a los que que gobernaron el país en las últimas décadas quedan fuera de la carrera presidencial, que se dirimirá en segunda vuelta, el 19 de diciembre, entre el ultraderechista Kast y el centroizquierdista Boric.

Con poco más de 6 millones y medio de electorxs que concurrieron a emitir su voto, esto es, un 43,62% del padrón habilitado para sufragar, el abstencionismo marca nuevamente la elección. Este dato es el primero que miran las coaliciones que pasaron a segunda vuelta con menos del 30%, ya que buscarán movilizar a ese electorado para definir a su favor la elección ya que los alineamientos de las coaliciones que quedaron fuera no garantizan el traspaso automático de los votos que obtuvieron.

En la Cámara de Diputadxs ninguna de las listas que respaldaron a Kast y Boric logra la mayoría simple: Apruebo Dignidad se alza con 37 escaños (al igual que la ex Concertación) y el Frente Social Cristiano irrumpe con bloque propio al conquistar 15 bancas, al igual que el Partido de la Gente de Parisi que logra meter 7 diputadxs. En el Senado ingresan 4 senadores de Apruebo Dignidad, 8 de Nuevo Pacto Social, 12 de Chile Podemos Más, 1 del Frente Social Cristiano y 2 independientes, destacándose la elección que hizo Fabiola Campillai, luchadora social víctima de la represión estatal, quien obtiene el 15,8% de los votos en la Región Metropolitana como independiente, logrando ingresar al Senado con una de las votaciones más altas del país. Así, el senado queda bajo la hegemonía de la derecha oficialista y la ex Concertación.

¿Cómo pasamos de la rebelión y el 80% del “Apruebo”, al triunfo parcial de la ultraderecha?

El 18 de octubre del 2019 se inicia el fuerte levantamiento de las masas chilenas reclamando por “Fuera Piñera” y el fin del régimen de los últimos 30 años. Ello fue enfrentado por el gobierno con una brutal represión (que nunca cesó) y un operativo orquestado con la oposición cómplice que estableció la posibilidad de reforma de la Constitución de Pinochet y un apretado calendario electoral, para viabilizar el recambio del personal político, a llevarse a cabo con Piñera en el poder. La reforma constitucional se inicia con el plebiscito de noviembre del 2020 donde la opción “Apruebo”, es decir, a favor de la reforma, se impone con un 80% contra el 20% que votó “Rechazo”. Este “plan” donde la centroizquierda y en particular Boric tiene un gran protagonismo nunca logró el abandono total de las movilizaciones (por los retiros de las AFP, por asistencia social para afrontar la crisis agravada por la pandemia, por la libertad de lxs presxs políticxs, etc). En las sucesivas elecciones el voto popular le asestó duras derrotas a la derecha incluida la elección de convencionales donde ésta no logra siquiera el tercio con el que pretendía resguardarse la posibilidad de veto a las reformas de fondo exigidas.

La respuesta al gran interrogante de cómo ahora la llamada ultraderecha logra el primer lugar en las elecciones del domingo 21 de noviembre, debemos buscarla en este gigantesco operativo de desgaste, consensuado por la “oposición” centroizquierdista con el gobierno de Piñera para desviar la movilización de las masas. La Convención Constituyente -donde irrumpen sorpresivamente lxs independientes que se presentaban como representantes de las masas en lucha- fue la frutilla que culminó el postre de la desmovilización. En la primera oportunidad que se presentó en relación a lxs presxs políticxs, la Convención renunció a ejercer la soberanía popular, entregando en los hechos el poder a la institucionalidad pinochetista, dedicándose a debates “metodológicos” ajenos a los reclamos populares.

Ha jugado un papel en esta “transición” desmovilizadora el Frente Amplio de Boric, como artífice del pacto del 15 de noviembre (de 2019) y conductor del derrotero de una Convención que prometía cambiarlo todo pero que en los meses que lleva sesionando se sometió a los poderes constituidos dominados por los partidos del orden de los 30 años.

Hemos sido testigos de un monumental proceso de desgaste del escenario político abierto por las y los chilenos en las calles, donde la centroizquierda guardiana del statu quo se jugó por sostener al gobierno de Piñera, a darle aire apoyando su agenda represiva, a encorsetar el accionar de la Convención y, sobre todo, a darle la espalda a las demandas populares, brindándole la oportunidad a la derecha de levantar cabeza luego de estar acorralada por el pueblo trabajador movilizado.

Luego de sucesivas y profundas derrotas electorales, presentándose dividida y cambiando de candidato en medio de la campaña, con un gobierno repudiado por las enormes mayorías, el repunte de la derecha de la mano del ultraconservador Kast es responsabilidad de la política pusilánime de la “izquierda” representada por Apruebo Dignidad, que lejos de representar la posibilidad de cambios reales se presenta con un programa que se centra en dar garantías a la burguesía. El gran porcentaje de chilenos y chilenas que se abstuvo de concurrir a votar demuestra el poco entusiasmo que suscitó la opción “neoconcertacionista” representada por Boric, quien evitó como a la peste una campaña de movilización de las mayorías populares. El “revival” de la democracia “en la medida de lo posible” no convence y se transforma en terreno fértil del avance de una derecha fascistoide.

La alternativa de la clase trabajadora

Que la política de dar garantías al gran capital sea el camino para lograr el apoyo de las mayorías y así llegar al gobierno, es desmentido por la fenomenal elección que hizo una luchadora independiente como Fabiola Campillai, que llega al Senado como una representante de la rebelión de octubre del 2019. Lo único que garantiza la política de conciliación de clases es que la burguesía opere con mayor comodidad para reconfigurar su estrategia para mantenerse en el poder. Con una derecha empoderada queda totalmente condicionada la idea de que la Convención sea el vehículo de las transformaciones radicales que requiere dar respuesta a las reivindicaciones motoras de la revuelta. Solo nuevas irrupciones masivas de las y los trabajadores modificarán este panorama.

Las y los trabajadores tenemos que retomar el hilo de la rebelión popular para afrontar el avance de la ultraderecha conservadora y oscurantista, ya que lejos de cerrarse la crisis abierta por el pueblo movilizado nos adentramos a una etapa de agudización de la misma.

La constitución del Frente por la Unidad de la clase Trabajadora representa una tentativa por poner en pie una alternativa independiente y la valoramos como una herramienta para plantear la unidad de las y los trabajadores en las luchas que debemos afrontar como clase en la etapa que viene. Con resultados marginales en el terreno electoral rescatamos su potencialidad al plantearse como una alternativa de independencia política frente a los partidos tributarios del régimen político de los 30 años.

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