China: el auge exportador que encubre una economía en desaceleración

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El excepcional crecimiento de las exportaciones chinas no desmiente su desaceleración económica

La segunda economía mundial exhibe una paradoja cada vez más marcada: exportaciones récord y avances extraordinarios en ramas de alta tecnología conviven con desaceleración del PBI, crisis inmobiliaria, inversión en retroceso, consumo débil, endeudamiento creciente y dificultades de empleo. Más que fenómenos separados, son aspectos de una misma contradicción del desarrollo chino.

La fotografía de la economía china a mediados de 2026 parece, a primera vista, difícil de conciliar. Mientras buena parte de la economía doméstica pierde velocidad, las exportaciones se disparan. China produce y vende al mundo cantidades crecientes de semiconductores, vehículos eléctricos, baterías, equipos informáticos y bienes vinculados con la expansión mundial de la inteligencia artificial.

En el segundo trimestre de 2026 el PBI creció 4,3% interanual, contra 5% durante el primero, el ritmo más bajo en unos tres años y medio. La inversión inmobiliaria cayó alrededor de 18% en el primer semestre, la inversión en activos fijos retrocedió 5,7% y las ventas minoristas crecieron apenas 1% en junio.

Pero, simultáneamente, las exportaciones aumentaron 27% interanual en junio y otro 23,9% en julio. En julio las importaciones crecieron 27,5% y el superávit comercial mensual fue de unos 112.500 millones de dólares. Las exportaciones de alta tecnología habían aumentado alrededor del 41% en los primeros siete meses, con los semiconductores prácticamente duplicando su valor respecto del año anterior.

No estamos simplemente ante una economía que tiene un sector dinámico y otro atrasado. El auge exportador es, en parte, una consecuencia de la debilidad de la economía interna.

Exportar para compensar el freno interno

Este es uno de los puntos centrales señalados por Michael Roberts en sus análisis recientes sobre China (Sin Permiso, 17/7).

Roberts destaca que la expansión china continúa, pero depende crecientemente del comercio exterior. Para junio señalaba que las exportaciones habían alcanzado un récord de unos 412.000 millones de dólares mensuales y que durante el primer semestre sumaron aproximadamente 2,12 billones. Identifica dos motores fundamentales: la inversión mundial asociada con la inteligencia artificial y la expansión de las tecnologías verdes.

Su enfoque, sin embargo, se diferencia de la interpretación dominante en Washington, Bruselas y organismos como el FMI. Roberts polemiza con la tesis según la cual el problema fundamental sería simplemente una supuesta “sobrecapacidad” china que estaría inundando artificialmente los mercados mundiales.

El problema de fondo está en otra parte: China tiene una capacidad productiva industrial gigantesca que su mercado interior no consigue absorber suficientemente.

El derrumbe de la burbuja inmobiliaria desde 2021 eliminó uno de los grandes motores de la acumulación de las dos décadas anteriores. La vivienda, la infraestructura ligada a ella, la construcción y numerosas industrias proveedoras dejaron tras de sí empresas endeudadas, activos depreciados, viviendas inconclusas y gobiernos locales cargados de pasivos.

Roberts denomina a numerosas desarrolladoras inmobiliarias empresas “zombis”: sobreviven, pero continúan arrastrando deuda y frenando nuevas inversiones. Los gobiernos locales han debido absorber una parte significativa de esas pérdidas.

En lugar de sustituir plenamente ese motor por una gran expansión del consumo popular, Beijing concentró una parte creciente de sus recursos en manufacturas avanzadas, automatización, semiconductores, inteligencia artificial, baterías, autos eléctricos y energías renovables.

El resultado está a la vista.

China posee una extraordinaria competitividad internacional precisamente cuando su mercado interno presenta signos de anemia.

La contradicción llega hasta los automóviles

Pocos datos condensan mejor este fenómeno que los del mercado automotor de julio.

Las ventas domésticas de automóviles de pasajeros cayeron aproximadamente 21% interanual, hasta 1,47 millones de unidades. Pero las exportaciones de vehículos crecieron 88%, hasta aproximadamente 923.000 unidades. En los eléctricos e híbridos enchufables, el crecimiento exportador alcanzó cerca del 148%.

Una parte creciente de la producción que no encuentra compradores suficientes dentro de China busca salida en Europa, Asia, América Latina y otras regiones.

Es aquí donde la desaceleración interna y el boom exportador dejan de aparecer como una paradoja para revelarse como dos caras del mismo proceso.

Reuters lo sintetizó con la expresión “China Shock 2.0”: China procura compensar la debilidad doméstica mediante una expansión exportadora, ahora no centrada fundamentalmente en textiles o productos baratos sino en vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, semiconductores y bienes tecnológicos.

Socialist Web Site llega a una conclusión similar desde otro ángulo. Nick Beams señala que, después del estallido inmobiliario, el gobierno de Xi Jinping redobló su orientación hacia las industrias tecnológicamente avanzadas y los mercados exteriores mientras evitaba una expansión equivalente de la demanda interna.

En su artículo del 18 de junio lo resume señalando una “contradicción cada vez más profunda” entre el crecimiento exportador y el estancamiento relativo del mercado interno.

Una economía a dos velocidades

La consecuencia es una creciente heterogeneidad.

Las regiones especializadas en semiconductores, autos eléctricos, robótica e inteligencia artificial vienen creciendo considerablemente por encima de zonas dependientes del negocio inmobiliario, la construcción o industrias tradicionales. Durante el primer semestre, provincias tecnológicamente avanzadas como Zhejiang, Guangdong, Anhui y otras mostraron resultados superiores al promedio nacional.

Pero la elevada productividad de estos sectores tampoco garantiza una expansión equivalente del empleo.

Este punto es decisivo.

Las nuevas ramas industriales son mucho más intensivas en capital, automatización y tecnología que la construcción inmobiliaria o las antiguas manufacturas intensivas en trabajo.

China puede producir más semiconductores, robots o vehículos eléctricos y, simultáneamente, crear proporcionalmente menos puestos de trabajo.

De ahí una segunda contradicción: el progreso tecnológico no está resolviendo automáticamente el problema laboral.

Empleo: detrás de las cifras oficiales

El desempleo juvenil urbano entre personas de 16 a 24 años —excluyendo estudiantes— bajó oficialmente del 15,6% en mayo al 14,9% en junio de 2026, todavía un nivel extraordinariamente elevado. Entre los trabajadores de 25 a 29 años alcanzaba 7,1%.

A esto se agrega el subempleo.

Un fenómeno importante es la expansión explosiva del trabajo mediante plataformas. El Financial Times estima que unos 53 millones de personas trabajan actualmente como conductores o repartidores y que la categoría más amplia de “empleo flexible” puede abarcar alrededor de 320 millones de trabajadores. La abundancia de mano de obra está provocando competencia, caída de ingresos y jornadas extremadamente prolongadas.

Esto ayuda a comprender por qué la desaceleración del empleo alimenta a su vez la debilidad del consumo.

El trabajador que teme perder su empleo o que depende de ingresos precarios ahorra en lugar de consumir.

El menor consumo reduce las ventas de las empresas.

Las empresas reaccionan reduciendo precios, salarios o contratación.

Y la espiral vuelve a empezar.

¿Deflación o inflación?

Aquí conviene introducir una precisión importante.

Durante varios años China enfrentó presiones deflacionarias, especialmente en los precios industriales. Pero en 2026 esa situación fue parcialmente alterada por el aumento de los costos energéticos derivado de la guerra en Irán y las perturbaciones del mercado petrolero.

En junio el índice de precios al productor aumentó 4,1% interanual, después de años de deflación industrial. En julio la suba se moderó al 3,5%. Sin embargo, la inflación del consumo permaneció extremadamente baja: la inflación subyacente fue de sólo 0,9%, los alimentos bajaron 1,5% y el IPC mensual retrocedió 0,1%.

Por eso no estamos ante una inflación convencional provocada por un consumo exuberante.

Es casi lo contrario.

Hay presiones inflacionarias de costos, particularmente energía y materias primas, superpuestas a una demanda interna todavía débil.

Para muchas empresas manufactureras esto constituye una pinza: aumentan sus costos de producción pero tienen dificultades para trasladarlos a los precios porque los consumidores no están en condiciones de absorberlos.

La amenaza deflacionaria estructural no ha desaparecido.

El FMI calculaba a comienzos de 2026 que la inflación media de 2025 había sido prácticamente cero y proyectaba para este año apenas 0,9%, advirtiendo expresamente que una profundización de la crisis inmobiliaria podía combinar deuda elevada, debilidad de la demanda y deflación.

La montaña de deuda

Este es probablemente el punto más delicado.

El crecimiento chino posterior a la crisis mundial de 2008 descansó en una gigantesca expansión del crédito.

Gobiernos locales, empresas inmobiliarias, bancos y vehículos financieros de los gobiernos locales —los llamados LGFV— financiaron carreteras, viviendas, urbanizaciones, infraestructura y parques industriales.

Mientras los precios inmobiliarios subían y los gobiernos locales vendían tierras, la rueda podía seguir girando.

El derrumbe inmobiliario alteró radicalmente el mecanismo.

Según los cálculos ampliados del FMI, la deuda pública oficial china equivalía aproximadamente al 68% del PBI en 2025, pero al incorporar los vehículos financieros de gobiernos locales y otros pasivos cuasipúblicos la deuda pública “ampliada” llegaba alrededor del 127% del PBI y podría alcanzar aproximadamente 135% en 2026.

Sólo la deuda de los LGFV rondaba el 51% del PBI en 2025.

El problema no reside únicamente en el volumen de deuda sino en qué inversiones la generaron y qué rentabilidad producen.

Una deuda utilizada para ampliar capacidad productiva que luego queda ociosa, construir viviendas que no encuentran comprador o financiar infraestructuras con escasa rentabilidad termina convirtiéndose en una carga sobre los ingresos futuros.

China no está al borde del derrumbe

Sin embargo, sería incorrecto deducir de estos datos que China se encuentra frente a un colapso financiero inmediato semejante a las crisis clásicas de los países periféricos.

El Estado conserva un enorme control sobre el sistema bancario, el movimiento internacional de capitales, las principales instituciones financieras y una parte fundamental de las grandes empresas. Además, posee reservas internacionales extraordinarias y una elevada capacidad de movilización de ahorro interno.

Eso permite socializar pérdidas, refinanciar deudas, recapitalizar bancos y trasladar pasivos de una institución pública a otra de un modo imposible para países sometidos directamente a los mercados financieros internacionales.

Pero esto no elimina las contradicciones.

Las desplaza.

Una deuda impagable de un gobierno local puede convertirse en deuda bancaria; una deuda bancaria puede terminar respaldada por el gobierno central. El problema financiero inmediato puede evitarse, pero la pérdida económica real permanece.

Michael Roberts insiste precisamente en que la desaceleración china no equivale a un inminente derrumbe. La economía continúa expandiéndose y China sigue realizando avances tecnológicos e industriales extraordinarios. Su polémica se dirige tanto contra quienes anuncian periódicamente el “colapso de China” como contra quienes ignoran los obstáculos que enfrenta su actual patrón de acumulación.

El debate occidental sobre la “sobrecapacidad”

Washington y Bruselas presentan la expansión exportadora china como consecuencia de subsidios estatales y “sobrecapacidad”.

Hay un elemento real: China posee capacidad productiva superior a la que puede absorber su mercado interno.

Pero esa explicación omite una cuestión elemental: ¿por qué el mercado interno chino no puede absorberla?

La respuesta conduce nuevamente al reparto del ingreso.

El consumo de los hogares representa una proporción del PBI mucho menor que en las principales economías occidentales. Los hogares cargan con elevados gastos de educación, salud, vivienda y previsión para la vejez. Una red de seguridad social insuficiente favorece un elevado ahorro precautorio.

Por lo tanto, existe una contradicción entre una capacidad productiva gigantesca y una capacidad relativamente limitada de consumo de las masas.

Pretender resolverla simplemente reduciendo las exportaciones equivale a atacar la manifestación internacional del problema sin resolver su causa.

La lectura de Washington

Una corriente cada vez más influyente en Estados Unidos interpreta estas contradicciones como una señal de que China estaría entrando en una decadencia irreversible.

Un análisis de Foreign Affairs, reproducido y comentado por Infobae, llega incluso a afirmar que las herramientas tradicionales de Beijing para impulsar el crecimiento estarían prácticamente agotadas y que la dependencia exportadora constituye una vulnerabilidad estratégica.

Este razonamiento contiene observaciones importantes —crisis inmobiliaria, deuda local, debilidad del consumo, desempleo juvenil— pero termina transformándolas en una conclusión geopolítica mucho más discutible: que Estados Unidos habría prácticamente ganado la competencia económica a largo plazo.

Los datos no autorizan semejante conclusión.

China continúa siendo la mayor potencia manufacturera del planeta y uno de los principales polos de innovación en vehículos eléctricos, baterías, energías renovables, telecomunicaciones, ferrocarriles, robótica y determinados segmentos de semiconductores.

El propio FMI estima que China explicó alrededor del 30% del crecimiento económico mundial durante los últimos tres años.

Por eso la imagen adecuada no es la de una economía simplemente “en decadencia”, sino la de una potencia industrial formidable atravesada por contradicciones crecientes.

Una contradicción que se internacionaliza

El problema ya excede las fronteras chinas.

Cuanto más depende China de vender su producción excedente en el mercado mundial, mayores son sus choques con Estados Unidos, Europa e incluso economías del Sur Global.

Los aranceles sobre automóviles eléctricos, baterías, acero, paneles solares y productos tecnológicos son manifestaciones de esta disputa.

En julio las exportaciones a Estados Unidos todavía aumentaron 17% interanual y las dirigidas a la Unión Europea un 16%, pese a las restricciones comerciales existentes.

De modo que una contradicción nacida en el interior de la economía china se transforma en una contradicción del mercado mundial.

China necesita exportar.

Sus competidores necesitan impedir que esas exportaciones destruyan parte de sus propias industrias.

La guerra comercial surge de esa colisión.

Conclusión: fortaleza y vulnerabilidad forman una unidad

El excepcional crecimiento de las exportaciones chinas no desmiente su desaceleración económica. En buena medida es una de las formas mediante las cuales China intenta contrarrestarla.

Esta es la clave para comprender el aparente enigma.

La crisis inmobiliaria debilitó un motor fundamental de acumulación. La gigantesca deuda heredada restringe la inversión de gobiernos locales y empresas. La inseguridad laboral y los bajos ingresos relativos limitan el consumo. La automatización y las nuevas industrias tecnológicas elevan extraordinariamente la productividad pero no generan empleo en la misma proporción.

Frente a ello, el Estado chino moviliza recursos hacia industrias estratégicas, logra avances tecnológicos impresionantes y conquista mercados internacionales.

Pero esa salida reproduce la contradicción en una escala superior: incrementa la dependencia respecto del mercado mundial justamente cuando ese mercado está siendo fragmentado por el proteccionismo, las sanciones y la confrontación entre las grandes potencias.

China es simultáneamente más fuerte y más vulnerable.

Más fuerte porque su aparato industrial y tecnológico alcanza niveles que hace veinte años parecían inimaginables.

Más vulnerable porque ese mismo aparato productivo necesita crecientemente una demanda externa que el mercado mundial puede ofrecer cada vez con mayores conflictos.

Desde una perspectiva marxista, el contraste entre abundancia productiva y consumo restringido no constituye una anomalía. Es una manifestación específica de una contradicción clásica de la acumulación: las fuerzas productivas crecen más rápidamente que la capacidad social de consumir aquello que producen.

El enorme aparato estatal chino permite amortiguar y administrar esa contradicción durante períodos prolongados. No puede, sin embargo, abolirla.

Y esta es probablemente la cuestión decisiva para los próximos años: si China consigue reorientar efectivamente una parte sustancial de su excedente hacia el consumo y las necesidades sociales de su propia población, o si continúa intentando resolver mediante la expansión exportadora una contradicción doméstica que, de ese modo, termina trasladando al conjunto de la economía mundial.

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