Japón y la crisis del yen: una bomba de tiempo en las finanzas mundiales

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Yen

La moneda japonesa llegó en julio a su nivel más bajo en cuatro décadas. La intervención conjunta de Tokio y Washington logró apenas un alivio transitorio. Detrás de la crisis cambiaria aparecen problemas mucho más profundos: estancamiento, baja productividad, inflación importada, una gigantesca deuda pública y las contradicciones creadas por décadas de dinero barato. Pero el problema excede ampliamente a Japón: el yen ha sido una de las principales monedas de financiación del sistema financiero internacional y su crisis amenaza con repercutir sobre Wall Street y, en particular, sobre el mercado de deuda norteamericano.

El yen en mínimos de cuarenta años

La magnitud del movimiento cambiario es excepcional. En julio el dólar llegó a superar los 163 yenes, alcanzando niveles que no se observaban desde 1986. Posteriormente se acercó a 164. A fines de julio y comienzos de agosto, una intervención coordinada de Japón y Estados Unidos permitió llevar momentáneamente la cotización hacia 155 yenes por dólar. Pero buena parte de esa recuperación ya se perdió: al 14 de agosto el dólar vuelve a cotizar alrededor de 158 yenes.

El episodio merece atención porque no estamos ante una fluctuación menor. Desde 2021 el yen perdió alrededor del 43% de su valor frente al dólar, La reacción oficial ha sido extraordinaria. Japón intervino por unos 8,45 billones de yenes -aproximadamente 53.000 millones de dólares-, y Estados Unidos participó directamente comprando yenes. Una intervención conjunta de este tipo no tiene prácticamente precedentes recientes.

Sin embargo, el efecto se está disipando. El Financial Times señala que el yen ya perdió aproximadamente la mitad de la recuperación obtenida inmediatamente después de la intervención.

¿Por qué cae el yen?

La explicación inmediata es conocida: la enorme diferencia entre las tasas de interés japonesas y norteamericanas.

Durante décadas Japón mantuvo tasas cercanas a cero e incluso negativas. El Banco de Japón comenzó tardíamente a normalizarlas y recién en junio de este año elevó su tasa de referencia al 1%, el nivel más alto desde 1995. Pero continúa considerablemente por debajo de las tasas norteamericanas. El resultado es un poderoso incentivo para vender yenes y comprar activos denominados en dólares.

Pero esto sólo describe el mecanismo inmediato. Detrás existe una contradicción mucho más profunda. Japón acumuló durante décadas una deuda pública superior al 200% del PBI, la más elevada entre las grandes economías capitalistas. Una subida sustancial de las tasas contribuiría a fortalecer el yen, pero simultáneamente elevaría el costo de refinanciación de la deuda pública y afectaría a empresas, bancos, hipotecas y actividad económica.

El Banco de Japón se encuentra así encerrado en una contradicción: si mantiene bajas las tasas, alimenta la depreciación del yen y la inflación; si las aumenta agresivamente, amenaza con agravar el estancamiento y tensionar el gigantesco mercado de deuda pública. Es el corazón de la crisis actual.

Del estancamiento a la estanflación

Aquí adquieren especial importancia las observaciones de Michael Roberts.

Es necesario colocar la crisis cambiaria dentro de un problema estructural mucho más amplio de la economía japonesa. Su diagnóstico puede resumirse en una fórmula: Japón ha pasado del estancamiento a la estanflación.

Durante tres décadas Japón fue presentado como el paradigma de una economía afectada por la deflación: crecimiento débil, precios prácticamente inmóviles, tasas de interés cero y enormes estímulos fiscales y monetarios.

Ahora el cuadro cambió. Los precios al consumidor acumularon alrededor de 12% desde 2021, mientras el PBI apenas supera el nivel de 2018 y los salarios reales se encuentran aproximadamente 7% por debajo de aquel año.

El gobierno redujo recientemente su previsión de crecimiento real para el año fiscal 2026 de 1,3% a 0,9%, fundamentalmente por el encarecimiento de la energía. El problema es especialmente serio porque Japón importa gran parte de la energía y las materias primas que consume. La combinación de guerra en Medio Oriente, encarecimiento energético y depreciación monetaria significa una doble presión sobre sus costos.

Los precios mayoristas aumentaron 7,2% interanual en julio, mientras el índice de precios de importación medido en yenes registró un extraordinario incremento del 29,1%. La depreciación dejó así de ser una ventaja comercial para transformarse crecientemente en un mecanismo de importación de inflación.

La paradoja de las exportaciones

Durante mucho tiempo la política japonesa partió de una premisa sencilla: un yen barato beneficia a Toyota, Honda, Sony y a los grandes conglomerados exportadores. Pero la depreciación del 43% desde 2021 no produjo un boom exportador. Las exportaciones reales crecieron apenas alrededor del 5% en los últimos tres años, mientras el saldo comercial real de bienes y servicios se deterioraba.

Esto indica que la depreciación monetaria no consigue resolver los problemas de competitividad de la economía japonesa. La rentabilidad de la inversión japonesa cayó más que en cualquier otra economía del G7; la inversión real no supera el nivel de 2007 y el crecimiento de la productividad se aproxima a cero.

Este señalamiento permite ir más allá de una interpretación puramente financiera. La debilidad del yen no sería simplemente consecuencia de una política monetaria equivocada. Es también una manifestación monetaria de una debilidad productiva acumulada durante décadas. Las grandes empresas japonesas acumularon enormes excedentes financieros pero esos recursos no se tradujeron proporcionalmente en inversión productiva y crecimiento de la productividad.

¿Es la deuda la causa de todos los problemas?

Una parte importante de los análisis de la prensa especializada interpreta que el problema fundamental es la gigantesca deuda pública japonesa. Desde esta perspectiva, el Banco de Japón no puede permitir que las tasas suban demasiado porque provocaría una crisis fiscal; por lo tanto, mantiene rendimientos artificialmente bajos y la tensión termina trasladándose desde los bonos hacia el yen.

Pero el 88% de la deuda pública japonesa está en manos japonesas, y una proporción enorme está directamente en el balance del Banco de Japón. La deuda neta en manos privadas es mucho menor que la cifra bruta de más de 200% del PBI. Michael Roberts estima que equivale actualmente a aproximadamente 96% del PBI, frente a 144% en 2013.El problema de fondo sería otro: la deuda y los déficits permanentes son tanto una consecuencia del estancamiento como una de sus manifestaciones. El Estado y el Banco de Japón han utilizado durante décadas déficit fiscal, emisión monetaria, compra de bonos y tasas extraordinariamente bajas para compensar una insuficiencia persistente de la acumulación privada. (Ver Roberts, “Japón: atrapado entre la inflación y la crisis”, Sin Permiso, 8/09). No lograron superar esa contradicción y tiraron la pelota hacia adelante

El trabajador japonés paga la factura

La depreciación tampoco afecta por igual a todas las clases sociales.

Los grandes exportadores obtienen ingresos en dólares y pueden beneficiarse contablemente cuando convierten esas ganancias a yenes. Las empresas transnacionales poseen además activos productivos en numerosos países.

Para los trabajadores ocurre lo contrario. El yen depreciado encarece alimentos, combustible, electricidad y productos importados. De allí que la cuestión del costo de vida haya adquirido enorme importancia política.

La contradicción aparece con especial claridad: durante décadas las autoridades japonesas buscaron deliberadamente generar inflación para escapar de la deflación. Cuando finalmente apareció, no estuvo acompañada por un aumento equivalente de productividad, inversión y salarios reales. La resultante es estanflación: precios ascendentes sobre una economía prácticamente estancada (Roberts, ídem)

El carry trade: Japón como proveedor mundial de dinero barato

Pero la importancia de la crisis japonesa excede ampliamente sus fronteras.

Durante décadas Japón se convirtió en una de las principales fuentes de financiación barata del capitalismo mundial, mediante el mecanismo del llamado “carry trade”. Los bancos, hedge funds y grandes inversores internacionales se endeudan en yenes pagando tasas extremadamente bajas. Convierten esos yenes en dólares y compran activos que ofrecen rendimientos superiores: bonos del Tesoro norteamericano, acciones de Wall Street, deuda empresarial o activos de países emergentes.

Mientras el yen permanezca débil y las tasas japonesas bajas, la operación es enormemente rentable. El problema aparece cuando el yen se fortalece rápidamente o el Banco de Japón aumenta las tasas. Los inversores tienen entonces que desarmar posiciones: venden los activos adquiridos en dólares y recompran yenes para cancelar las deudas.

Un temblor financiero tuvo lugar en agosto de 2024. La subida de tasas del Banco de Japón contribuyó al desarme del carry trade y a una violenta caída de los mercados internacionales. Las estimaciones actuales sitúan el volumen relacionado con estas operaciones en un rango extraordinariamente amplio, de alrededor de 1,3 a 1,7 billones de dólares. Una liquidación rápida podría producir una reacción en cadena en los mercados financieros mundiales.

Washington sale al rescate

Esto explica un acontecimiento especialmente revelador: Estados Unidos decidió intervenir para sostener el yen.

No se trata simplemente de solidaridad con un aliado. Japón es el acreedor financiero externo más relevante de Estados Unidos y posee más de un billón de dólares en títulos del Tesoro estadounidense. Al mismo tiempo, las reservas internacionales oficiales japonesas ascendían todavía a unos 1,287 billones de dólares a fines de junio.

Para defender su moneda, Tokio puede vender activos en dólares y comprar yenes. Pero si comienza a vender masivamente bonos del Tesoro norteamericano, aumenta la oferta de esos títulos, cae su precio y suben sus rendimientos.

Y allí aparece una contradicción para Washington que necesita financiar déficits fiscales gigantescos y depende de compradores extranjeros de su deuda. Japón ha sido históricamente uno de los principales. La intervención norteamericana revela que Washington tiene interés propio en impedir que la crisis del yen obligue a Japón a desprenderse aceleradamente de Treasuries. La operación de rescate estuvo vinculada al temor de que las ventas japonesas de activos denominados en dólares afectaran al mercado de deuda estadounidense. Incluso se está utilizando la facilidad Fima Repo de la Reserva Federal, que permite a bancos centrales extranjeros obtener dólares utilizando Treasuries como garantía en lugar de venderlos directamente. Es un detalle técnico con enorme significado político: Washington intenta sostener simultáneamente al yen y al mercado de deuda norteamericano.

Una contradicción difícil de resolver

La crisis coloca al Banco de Japón frente a alternativas igualmente problemáticas.

Puede subir las tasas con mayor velocidad. Eso fortalecería al yen y contendría la inflación importada, pero aumentaría los costos financieros de empresas y hogares, podría acelerar quiebras de compañías endeudadas y presionaría sobre el gigantesco mercado de bonos públicos.

Puede mantener las tasas relativamente bajas. Eso protegería parcialmente la actividad y las finanzas públicas, pero prolongaría la presión sobre el yen y sobre los precios.

Puede continuar interviniendo en el mercado cambiario. Pero las intervenciones no pueden modificar indefinidamente las tendencias económicas fundamentales y están perdiendo eficacia porque no se modificaron las condiciones estructurales que generan la debilidad de la moneda. El mercado es escéptico sobre los resultados y los sondeos indican que los pronósticos en el mundo de negocios pronostican un aumento de la tasa de interés del Banco de Japón en septiembre

Japón como expresión de una crisis más general

El caso japonés merece una conclusión más amplia. Durante décadas Japón fue considerado una excepción: una economía que podía mantener una deuda pública gigantesca, tasas prácticamente nulas y compras masivas de bonos por parte del banco central sin provocar inflación ni crisis cambiaria.

Pero esa excepcionalidad descansaba sobre condiciones determinadas: inflación extremadamente baja, ahorro interno elevado, superávit externo y confianza en el yen.

Esas condiciones están modificándose. La inflación regresó. Los rendimientos de los bonos aumentan. El yen se deprecia. El crecimiento continúa siendo extremadamente débil.

Pero, sobre todo, la crisis japonesa muestra las contradicciones acumuladas por las políticas aplicadas después de la crisis mundial de 2008.Durante años, los principales bancos centrales sostuvieron el capitalismo mediante tasas cero, expansión monetaria y compras masivas de activos. Japón llevó esa política mucho más lejos y durante mucho más tiempo que cualquier otra gran potencia.

El resultado no fue una nueva etapa de acumulación vigorosa. Japón no pudo recuperarse hasta el día de hoy del derrumbe bursátil de 1989, lo cual inauguró el ciclo más prolongado de párate económico en la historia del capitalismo. La inversión productiva japonesa permanece estancada y la productividad prácticamente no crece.

El crédito barato sostuvo empresas, bancos, mercados financieros y deuda pública, pero no consiguió restablecer las condiciones de una expansión sostenida del capital. El dilema que enfrenta ahora es como recorrer un proceso inverso ¿cómo salir de ese régimen monetario sin provocar una crisis?

La conclusión fundamental es que la crisis del yen no debe interpretarse como una crisis cambiaria exclusivamente japonesa.

Japón ocupa una posición singular en el sistema financiero mundial: es simultáneamente una de las economías más endeudadas del planeta, uno de los mayores acreedores internacionales y uno de los principales proveedores de financiación barata para los mercados globales.

Por eso pueden desarrollarse dos movimientos aparentemente contradictorios. Si el yen continúa cayendo, Japón importa inflación y puede verse obligado a intensificar las intervenciones y vender activos externos. Pero si el yen sube violentamente como consecuencia de aumentos de tasas, puede producirse un desarme masivo del carro tarde y una liquidación de activos internacionales.

Tanto una caída descontrolada del yen como una apreciación demasiado rápida contienen riesgos para el sistema financiero mundial. Aquí reside la importancia de la intervención norteamericana. Washington no está simplemente rescatando a Japón: está tratando de impedir que la crisis japonesa se transforme en un problema para el financiamiento de su propia deuda y para Wall Street.

La situación japonesa constituye, por lo tanto, un laboratorio de las contradicciones de la economía capitalista contemporánea. Una enorme expansión monetaria permitió postergar durante décadas las consecuencias del estancamiento, pero no eliminó sus causas. Ahora las contradicciones reaparecen simultáneamente en el mercado cambiario, en los bonos públicos, en la inflación y en los salarios.

La cuestión inmediata será si el Banco de Japón eleva nuevamente las tasas en septiembre y consigue estabilizar el yen. Pero ésa es sólo la superficie del problema.

Japón no enfrenta simplemente una moneda demasiado barata. Enfrenta las consecuencias de décadas de baja rentabilidad, débil inversión y productividad estancada, sobre las cuales se construyó una montaña de deuda y liquidez. Y precisamente porque una parte importante de esa liquidez financió al resto del mundo, la crisis japonesa tiene una dimensión potencialmente internacional.

El yen puede ser el lugar donde una contradicción largamente contenida de la economía japonesa termine convirtiéndose en un nuevo foco de inestabilidad del capitalismo mundial.

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