16/08/2021

La caída de Kabul y la huida norteamericana

Veinte años después, los talibanes recuperan el poder en Afganistán.

Cuando arrancó la fulminante ofensiva de los talibanes que capturó una tras otra las capitales provinciales, el gobierno norteamericano aseguraba que a la milicia pastún le llevaría al menos tres meses llegar a Kabul. Este lunes, sin embargo, diplomáticos estadounidenses y civiles que colaboraron con la invasión se peleaban en las pasarelas de los aviones por abordar los vuelos para huir de la capital afgana, en una caótica retirada que ha sido comparada con la caída de Saigón, en 1975. El presidente, Ashraf Ghani, había escapado un día antes a la vecina Turkmenistán.

En su ofensiva final, los talibanes encontraron poca resistencia, inclusive en Kabul. Los medios señalan que la desmoralización de las tropas era completa. El Ejército venía carcomido ya por la corrupción: pese a la financiación millonaria del imperialismo, a las tropas no les llegaban suficientes balas ni comida.

Los talibanes recuperan el poder a casi 20 años de haberlo perdido. En octubre de 2001, tras los atentados contra las Torres Gemelas, Estados Unidos lanzó una invasión contra Afganistán bajo el pretexto de capturar a Osama bin Laden, quien había recibido refugio político en el país. Fue el comienzo de la llamada “guerra contra el terrorismo”, bajo la cual Estados Unidos emprendió no solo ataques en el exterior sino también una mayor vigilancia de su población y un cercenamiento de las libertades democráticas. Apenas dos años después de la invasión de Afganistán, los norteamericanos arrasarían con Irak, ahora bajo el argumento de un arsenal de destrucción masiva que no se encontró nunca.

Aunque el gobierno de los talibanes sucumbió rápidamente, la milicia sunnita consiguió reorganizarse desde la vecina Pakistán y las zonas montañosas. Fue recuperando terreno en las áreas rurales, y Estados Unidos debió reforzar su presencia. Bajo el gobierno de Barack Obama, llegó a haber 100 mil soldados, pero bajo esa misma administración comenzó a haber un recorte de la presencia militar, cuando ya era claro un empantanamiento de la Otan y la impopularidad de la guerra crecía: 2.400 soldados norteamericanos murieron. Trump hizo campaña con el retiro de las tropas, y bajo su gobierno se inició una negociación con los talibanes que llevó en febrero de 2020 a un acuerdo de retirada, bajo el compromiso de una mesa de negociación entre aquellos y el gobierno de Afganistán.

La mesa entre el gobierno afgano y los talibanes se puso en marcha, pero se estancó enseguida. Estados Unidos, y detrás de él las potencias europeas, iniciaron de todos modos su repliegue. Cuando los talibanes lanzaron la última ofensiva, el gobierno de Ghani hizo un último pedido desesperado para que las tropas se quedaran, pero el gobierno de Joe Biden confirmó la retirada, asegurando que el entuerto afgano había complicado a cuatro presidentes (dos republicanos, dos demócratas) y no tenía la intención de transferir el problema a un quinto.

La victoria talibán y la salida desordenada del imperialismo es una expresión más del declive norteamericano. A la par de él, se produce un crecimiento de la influencia china en la región. A fines de julio, una delegación de los talibanes fue recibida en el gigante asiático y reconocida como un actor político fundamental en el país. Beijing tiene dos grandes intereses en la zona: la ruta de la seda, a raíz de la cual ya se emprendieron algunas obras en el país, si bien modestas como resultado de la guerra; y una preocupación política, que es la operación de movimientos islamistas en la frontera, partidarios de la independencia de la región china de Xinjiang, de mayoría musulmana. Uno de los compromisos de los talibanes en dicha reunión habría sido neutralizar esas intervenciones.

Rusia también inició conversaciones con los talibanes en el último período. E Irán, que tiene un gobierno shiíta, inició su propio acercamiento, de características pragmáticas, debido a que su país es un receptáculo natural de los desplazados por el conflicto.

En la reunión desarrollada en China, el gobierno de Beijing instó a sus interlocutores a arribar a un acuerdo político con el gobierno. Moscú seguía el mismo libreto. El avance formidable de los talibanes de las últimas dos semanas replantea la cuestión. Lo que ahora habrá que ver es si el gobierno talibán es o no reconocido por Putin y Xi Jinping. China ha dicho que espera “relaciones amistosas” con el nuevo gobierno. Es probable que tanto uno como el otro, de todos modos, condicionen cualquier reconocimiento a concesiones por parte del nuevo régimen (como un compromiso para evitar el ataque de milicias islamistas a sus territorios). Un aspecto importante a tener en cuenta es la reconstrucción del país. El oficialista Global Times publicó este lunes un artículo en que señala que Beijing podría participar en ella.

Con respecto al nuevo gobierno talibán, se espera el restablecimiento de un gobierno brutalmente oscurantista, que prohíbe la recreación y el arte por desviar la atención del Corán, e impide a las mujeres trabajar, estudiar y salir a las calles sin estar acompañadas. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, exhortó a los talibanes a respetar los derechos humanos.

La hipocresía del imperialismo es mayúscula, dado que en los ’80 apañó -al igual que las monarquías de Medio Oriente- a los grupos oscurantistas, en el marco de las disputas con la Unión Soviética. A su vez, mientras critica a los talibanes, Estados Unidos mantiene una alianza con Arabia Saudita, un país en que las mujeres recién han ganado su derecho a conducir automóviles en 2018. Contra estos regímenes, la única respuesta puede provenir de las propias mujeres y trabajadores organizados.

El resultado de los veinte años de presencia norteamericana y de la Otan ha sido más de 150 mil muertos y el desplazamiento de millones de personas (lo que ha jugado su papel en la crisis de refugiados en el continente europeo), el crecimiento de la producción de opio y el establecimiento de administraciones políticas títeres que hundieron el país en la corrupción, mientras la población vive hundida en la miseria.

La derrota norteamericana socava el rol de gendarme global del imperialismo. En ese sentido, crea mejores condiciones para las luchas de los pueblos (del Líbano a Túnez), si bien estos deberán superar a las corrientes oscurantistas y reaccionarias como la de los talibanes.

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