Internacionales
24/8/2026
La “guerra económica” de Estados Unidos contra Irán, un intento de salir del atolladero militar
Se profundizan las tensiones en la región.

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Estados Unidos anunció hace pocos días el inicio de una ofensiva económica sin precedentes contra Irán, que tiene el propósito –según el secretario del Tesoro, Scott Bessent- de “hacer colapsar al régimen”. El funcionario en cuestión aludió, también, a un “Día D económico”, en comparación a una operación militar bisagra de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué esconde (y qué muestra) este aviso rimbombante?
El anuncio coincidió, casi exactamente, con el vencimiento del plazo de sesenta días para llegar a un acuerdo definitivo para poner fin a la guerra, establecido en el memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán en junio, que contó con la mediación de Pakistán. Dicho memorándum, que implicó una sonora derrota para la Casa Blanca, dejó pendiente la definición del alcance del programa nuclear iraní y la administración del estrecho de Ormuz, entre otros puntos.
En estos dos meses, sin embargo, las partes no llegaron a ningún acuerdo definitivo y el cese al fuego pactado en junio sólo quedó en una formalidad, ya que Estados Unidos retomó los bombardeos, e Irán volvió a atacar bases estadounidenses en los países árabes vecinos. Además, el flujo de naves en el estrecho de Ormuz nunca se normalizó completamente y la arteria marítima sufre, de nuevo, un doble cepo.
Ante el fracaso en quebrar militarmente al régimen iraní, Trump apela al anuncio de una guerra económica. Teherán, por su parte, prometió represalias contra todos aquellos países que se sumen a la movida.
Reacciones
La combinación de los nuevos enfrentamientos, los incidentes con buques mercantes en el estrecho de Ormuz, el anuncio de guerra económica y la amenaza de represalias por parte de Irán, condujo a un nuevo salto en los precios del petróleo. A comienzos de julio, con la tregua en vigencia, el barril Brent había tocado los 71 dólares, pero hoy ya roza los 94 dólares. Son cifras que están por encima de los 80-82 dólares que alcanzó a principios de marzo, pocos días después del inicio de las operaciones norteamericanas e israelíes contra Irán.
Esta es la primera paradoja del lanzamiento de la guerra económica. Los mercados energéticos, a los que Trump necesita contener ante la aproximación de las elecciones de medio término, reaccionaron con alarma. Y no sólo por el impacto que esto puede tener en las rutas del petróleo (Irán amenazó con extender su bloqueo más allá de Ormuz), sino porque una ofensiva económica realmente efectiva no podría restringirse sólo a Irán, sino que debería alcanzar también a aquellos que comercian con Teherán. Es el caso de China, que adquiere el 80% del crudo persa. ¿Está dispuesto a avanzar Trump en sanciones a la banca china, desatando otro foco de conflicto, con las consiguientes repercusiones internacionales? Hasta aquí, la guerra ya puso fuego a las tendencias inflacionarias y recesivas globales. Bessent dijo que espera que China se sume a la campaña estadounidense, e incluso que le conviene hacerlo, pero Beijing rechazó enérgicamente el plan y dio a entender que no cederá en sus compras del crudo persa.
El nuevo anuncio estadounidense no debe hacer perder de vista que la Casa Blanca ya aplica, hace tiempo, toda clase de represalias económicas contra Teherán, e incluso que éstas se agudizaron desde febrero. “Con la guerra esa política (de puniciones) se endureció y más de un millón de personas, barcos y aeronaves quedaron alcanzados por sanciones estadounidenses”, informó La Nación (en base a agencias, 21/8).
Estas sanciones tuvieron su impacto sobre la economía iraní, provocando un salto en la inflación (pasó del 46% interanual en febrero, a 66% interanual en julio) y en la cotización del rial (se devaluó de 1,65 millones a 1,88 millones por dólar, según las mismas agencias informativas). La crisis económica, que está en la base de las grandes movilizaciones de diciembre-enero contra el alza en el costo de vida, es severa, pero no ha sido suficiente, hasta aquí, para barrer con el régimen persa.
Se profundizan las tensiones
Trump se cansó, en estos dos meses, de prometer un acuerdo inminente con Irán, sin privarse de sus habituales provocaciones (publicó un mapa que señala a Ormuz como territorio estadounidense, y dijo que Teherán estaba desesperado por llegar a un arreglo). Sin embargo, en contra de los deseos del magnate, ese pacto no llegó, las negociaciones se rompieron, y la situación en la región se sigue deteriorando.
Durante estos sesenta días, se produjeron dos importantes hechos que involucraron a nuevos países en el conflicto. Por un lado, Estados Unidos y Arabia Saudita bombardearon en forma conjunta a milicias pro-iraníes en Irak. Por otro, los hutíes, que gobiernan una parte de Yemen, respondieron a un ataque de Arabia Saudita con un bloqueo naval en el Mar Rojo a sus buques petroleros.
Otra de las novedades son los choques entre Turquía e Israel. Las relaciones entre Ankara y Tel Aviv se vienen agriando de manera acelerada. Israel bombardeó el martes 18 la base militar de Abu al Duhur, en Siria, argumentando que podría haber tropas turcas. Previamente, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había calificado a Turquía como la nueva amenaza de Israel, después de decir lo mismo, durante mucho tiempo, de Irán.
Turquía, que es aliado del nuevo gobierno sirio, emitió un pedido de captura roja a la Interpol contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, acusándolo por la intercepción violenta de la flotilla global Sumud (de solidaridad con Palestina) en aguas internacionales y por el genocidio en la Franja de Gaza. También conviene hacer notar que el reciente acuerdo de seguridad entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán busca aunar fuerzas no sólo ante Irán, sino también frente a Tel Aviv. A pesar de que las burguesías árabes han mostrado sobrada disposición a normalizar relaciones con Israel (ya lo hicieron varios Estados de la región, y el gobierno del Líbano emprendió el mismo camino), más les conviene estar prevenidas. El sionismo y sus planes de un “Gran Israel” son incompatibles con las aspiraciones de paz y tierra de las masas de la región. En estos tres años, Israel atacó la Franja de Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Irán, Yemen y Qatar, y ahora amenaza a Turquía.
Al mismo tiempo, los cruces entre Turquía e Israel muestran hasta qué punto se enredan los hilos en la región. Mientras Estados Unidos busca avanzar en una normalización de las relaciones con Siria, a punto tal de retirarlo esta semana de la lista de Estados promotores del terrorismo, su principal socio en Medio Oriente ataca a uno de los principales aliados de Ankara.
En el caso de la Franja de Gaza, Israel hundió otro de los anuncios rimbombantes de Trump, quien había asegurado que Hamas aceptó desarmarse. Cuando este grupo aclaró que la entrega de las armas está supeditada a la salida de las tropas israelíes del territorio costero, Netanyahu dijo que no pensaba de ningún modo retirarse del enclave, pulverizando los anuncios trumpistas.
De todo este cuadro, lo que emerge es una profundización de las tensiones en la región. El rechazo a la guerra económica de Estados Unidos contra Irán –que agudizará las penurias del pueblo iraní- debe completarse con el rechazo de la guerra imperialista-sionista y del genocidio contra el pueblo palestino. A esta lucha contra el sionismo y el imperialismo la inscribimos en la perspectiva de una federación socialista de pueblos de Medio Oriente.



