12/11/2021

Nicaragua: no será de la mano del imperialismo que los trabajadores se liberarán

El panorama poselectoral plantea crecientes choques.

Los resultados de las elecciones nicaragüenses del pasado domingo 7 de noviembre, aunque predecibles, no dejan de ser sorprendentes. Ganó –como era de esperar ante el inmenso aparataje proscriptivo/represivo montado- la cuarta reelección de Daniel Ortega como presidente. Pero lo hizo con un porcentaje mayor que en la anterior del 2016. Entonces se impuso con el 72,44% de los votos válidos, ahora con el ¡75,02%!

Todo indica, sin embargo, que la abstención fue récord. Pero el gobierno “sandinista” insiste en que votó el 65% del electorado habilitado. La ONG Urnas Abiertas afirma que solo el 18%.

Frente a la ola de denuncias potenciada por el imperialismo sobre el carácter trucho de las elecciones nicaragüenses, salió el presidente de Rusia, Vladimir Putin, a respaldarlas, planteando que “solo el pueblo de Nicaragua tiene derecho a decidir sobre la legitimidad de los procesos electorales en su país”. Pero no denunció que el gobierno nicaragüense ahoga en represión la disidencia y organización independiente de los explotados. Es que Ortega aplica similares criterios represivos y proscriptivos a los usados por Putin para acallar a la oposición, en primer lugar la obrera, estudiantil y popular.

Las elecciones nicaragüenses se han convertido en un factor de crisis y ofensiva del imperialismo yanqui para alinear a todos los gobiernos latinoamericanos con Washington, contra Rusia y China. El secretario general de la OEA, virtual ministro de colonias del imperialismo yanqui, Luis Almagro, es portavoz de esta campaña planteando que en la próxima asamblea de ese organismo se vote la expulsión de la Nicaragua de Ortega y la adopción de medidas económicas (bloqueo, etc.). El camino seguido contra Venezuela y Cuba.

Ya el gobierno del presidente-panqueque del Perú, Pedro Castillo, se ha colocado en esta línea. El gobierno argentino también reclamó por libertades democráticas, aunque no se pronuncia frente a la legitimidad del evento electoral (igual que Putin). Ni denuncia la injerencia beligerante del imperialismo. Una posición pusilánime. Pero el imperialismo no afloja, exige definiciones más claras, a la peruana. El secretario norteamericano para las relaciones con Latinoamérica, Roberto Zuniga, reclamó que “los países que no condenan el fraude deberían dar explicaciones” (Clarín, 10/11).

Ortega y la burguesía nicaragüense

¿Son estas elecciones fraudulentas una manifestación antiimperialista del régimen nicaragüense?

Así lo pinta verborrágicamente Ortega, quien fue una “niña mimada” del imperialismo yanqui hasta el 2018. Nicaragua se convirtió bajo sus mandatos en una tierra de promisión para las inversiones capitalistas. Sus condiciones de estabilidad, impuestas por una fuerte regimentación del sandinismo orteguiano, la convirtieron en la meca de la instalación de la “industria” de las maquilas. Se trata de zonas francas casi sin cargas impositivas, con trabajadores precarizados de bajos salarios, con persecución a todo intento de organización independiente de los trabajadores por fuera de la burocracia adicta al régimen. Parte de ellas son armadurías de componentes importados, que luego son reexportados al mercado común centroamericano. La gran mayoría es industria textil y de confección que exporta casi toda su producción (85%) a los Estados Unidos. Estamos hablando de 191 maquileras con más de 120 mil trabajadores en forma directa (y entre el doble y triple de indirectos). Las ventas al exterior de las zonas francas entre enero y junio de este año totalizaron 1.587 millones de dólares, frente a los 1.070 millones de dólares del mismo período de 2020 (esto sin contar las exportaciones frutihortícolas y agrícolas).

La dependencia económica de los yanquis es fuertísima. El Congreso norteamericano votó, y Biden acaba de avalar, la ley “Renacer” (Ley de Reforzamiento de la Adherencia de Nicaragua a las Condiciones para la Reforma Electoral de 2021) que autoriza a tomar las medidas necesarias para imponer el “imperio de la democracia” en Nicaragua. Por un lado, supervisar más estrictamente y aplicar, de ser necesario, el derecho al veto sobre los préstamos y transferencias de los organismos financieros imperialistas (Banco Mundial, etc.). Que hasta ahora –y después del levantamiento del 2018- siguieron llegando “normalmente” en apoyo al régimen. Luego, sanciones “personales” a diversos jerarcas. Y quizás lo más importante: la amenaza de bloquear las exportaciones nicaragüenses a los Estados Unidos, promocionadas con bajas cargas impositivas, en los marcos de los acuerdos de libre comercio DR-Cafta (entre los yanquis y el mercado común centroamericano). (La ley yanqui Renacer exige “que el Departamento de Estado elabore informes de inteligencia sobre la influencia y las actividades del Gobierno de Rusia en Nicaragua”).

La contradicción que se le plantea es que gran parte de las patronales instaladas en las zonas francas maquileras –varias de ellas norteamericanas y otras asociadas al gran capital nicaragüense- se verían en quiebra. En los últimos meses, dos grandes maquileras han cerrado sus puertas, deslocalizando hacia otros países y dejando en la calle a 3.000 trabajadores. Pero también ha entrado al negocio de la maquila una gran patronal de capitales chinos que estaría tomando la misma cantidad de obreros.

El autoritarismo de Daniel Ortega no es de hoy. Su política regimentadora es de todo este período. Las únicas que tenían un “diálogo” permanente con él eran las grandes patronales y sus cámaras, obteniendo todo tipo de ventajas económicas. El “ideal” con el que frenó la evolución de la revolución de 1979 que derrocó a Somoza, hacia cualquier orientación de tipo socialista, fue el de crear una “burguesía en Córdobas”, una burguesía nacional que garantizara la independencia nacional. Esta burguesía que ha crecido en este período, lo hizo a la sombra del Estado y la superexplotación de las masas y en asociación directa y dependiente del imperialismo, particularmente el yanqui.

Son los Carlos Pellas, Ramiro Ortiz, Roberto Zamora, José Baltodano y Cía. que se han extendido agrícola, industrial y financieramente no solo en Nicaragua, sino en Centroamérica y Panamá, quienes vehiculizan el accionar imperialista. Si Ortega se pudo sostener luego de la insurrección del 2018 es porque este sector del gran capital lo apoyó y aún hoy, con ciertas reservas, lo sigue apoyando.

La oposición política burguesa al orteguismo quiere ganarse a este sector capitalista y para ello basa su accionar en presionar a los Estados Unidos para que aplique sanciones económicas.

Esta oposición burguesa separa la “lucha” formal por las libertades democráticas de los graves problemas sociales de las masas. Desde ya que no pretende ni organizar, ni estimular la movilización consecuente de los trabajadores y explotados.

Reagrupamiento independiente

Una real oposición al autoritarismo dictatorial de los Ortega provendrá solo de la organización independiente de los obreros y desposeídos. En las maquilas se vive una fuerte superexplotación. Ganan poco más del débil salario mínimo vigente. Ante el contagio o presunción de contagio del Covid, las patronales suspenden 14 días a los trabajadores involucrados, mandándolos a sus casas, sin goce de sueldo. A que se mueran de hambre.

Es necesario que la izquierda y la vanguardia de lucha obrera y popular se reagrupe en forma política y organizativa independiente del sandinismo de la conciliación de clases y de la oposición proimperialista. La vital lucha por las libertades democráticas y los derechos de libre organización de los trabajadores, deberá ir unida a una plataforma de reivindicaciones obreras y de las masas explotadas y a un plan transicional de expropiaciones en la perspectiva de un gobierno obrero y campesino.

En esta nota

También te puede interesar:

El “sandinismo” de Ortega, eje de la reacción represiva.
Enviado desde la clandestinidad de la militancia en el país centroamericano.
Texto de Mónica Baltodano en un nuevo aniversario de la revolución sandinista de 1979.