23/10/2020

Nuevas jornadas de lucha en una Tailandia convulsionada

La unidad de los trabajadores con el movimiento estudiantil es la clave de la etapa.

La bravura del movimiento de lucha tailandés ha sido motivo de atención internacional nuevamente. El miércoles 14 de octubre, en el marco de una jornada de lucha convocada por el movimiento estudiantil, 20.000 personas llegaron a congregarse en los alrededores de Bangkok. Los participantes, reunidos en el capitalino Monumento de la Democracia, partieron de allí hacia la sede gubernamental para reclamar por la renuncia del premier tailandés. Un episodio destacable de la jornada fue el recibimiento de repudio que los manifestantes dieron al rey Rama X en la caravana de la comitiva real, siendo a su vez la primera oportunidad en la que se desafiara al poder en las narices del monarca, un elemento al que se ha tratado de instalar en el imaginario social de la población, leyes mediante, en algo así como un “semidiós”, y que al mismo tiempo se encuentra blindado por la represiva ley de Lesa Majestad, que estipula hasta 15 años de prisión a quien lo difame. Entretanto, las protestas continuaron desenvolviéndose durante la semana en distintos puntos del país.

Desde enero de este año se han desenvuelto 200 protestas callejeras. Los actores de esta lucha han puesto en tela de juicio a la estructura monárquico-militar, piden la caída del primer ministro golpista Prayuth Chan-o-cha, una reforma de la monarquía y la disminución de la influencia militar en la vida política. Los jóvenes repudian a un régimen que se ha caracterizado por el autoritarismo social y político, y por la proscripción a los opositores en un cuadro de empeoramiento de las condiciones de vida fruto directo de la crisis mundial.

El gobierno militar viene respondiendo a los bríos combativos de la movilización con un mayor aumento de la persecución y de la represión. Horas antes de que tuviera lugar otra jornada de protestas el día jueves, el primer ministro tailandés anunciaba la declaración de un estado de “emergencia” –que prohíbe los encuentros de más de 4 personas y la publicación de noticias que puedan “atentar” contra la “seguridad nacional”- para poner fin a los acampes cercanos a la sede del gobierno. Es por eso, pues, que las protestas de ese día no solo clamaban por el hundimiento del gobierno sino que también tronaron por la libertad de los más de 20 manifestantes que habían de ser detenidos la madrugada anterior. El desafiado estado de emergencia fue revocado este jueves por el premier tailandés, sin lograr sacar a la juventud de las calles.

La situación de la clase obrera

Un factor que podría volcar la situación definitivamente a favor de las masas movilizadas en el resultado de esta lucha sería una intervención de la concentrada clase obrera tailandesa.

La industria representa una parte significativa de la estructura económica del país. Tailandia es el mayor exportador de componentes electrónicos de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), con las norteamericanas Western Digital y Seagate a la cabeza de la producción. También es líder regional en la industria automotriz, de fuerte injerencia japonesa (Toyota, Nissan, Isuzu, Nissan, Mazda), cuya producción de camionetas tiene a Europa, Japón y gran parte restante del globo como principales receptáculos.

Si bien Tailandia es un país con una de las tasas de desempleo más bajas del mundo, una gran proporción de la masa laboral está precarizada dentro de la agricultura de subsistencia o en otros sectores como el cuentapropismo.

En industrias tailandesas como la pesquera o la avícola predomina el trabajo a destajo, bajo condiciones infrahumanas. Los trabajadores migrantes procedentes de Myanmar, Laos y Camboya son las principales víctimas de este régimen mortífero. La Ley de Relaciones Laborales local, por otro lado, no ampara a los trabajadores migrantes y prohíbe su sindicalización.

La industria textil del país asiático es otro de los polos donde yace la superexplotación de la clase obrera. Esta industria es una verdadera contienda capitalista: Tailandia y países vecinos como Camboya, India, Myanmar y Bangladesh funcionan como plataformas de mano de obra ultrabarata en las cuales los capitales se van trasladando de acuerdo al rédito para elevar su tasa de ganancia. Recientemente, Indonesia aprobó una reforma laboral para tratar de llevar los salarios a esos mismos niveles.

Importa destacar que este gran proletariado encuentra profundas trabas políticas en sus direcciones sindicales que limitan su intervención en la arena nacional. La Confederación de Empresas Estatales, cuyos 200.000 afiliados la convierten en el sindicato más grande de Tailandia, se ha negado a movilizar a sus bases en apoyo a la convocatoria del 14 de octubre. La misma posición adoptó la burocracia de la Federación de Industrias Tailandesas, cuyo presidente lo justificó en la inexistencia de una “señal” que amerite la realización de una huelga en este momento.

En la antigua Siam prima una fuerte regimentación sindical; la legislación laboral local establece que los sindicatos deben permanecer “apolíticos” y asimismo, en muchos casos, estos se hallan colocados bajo la órbita de diversas ONG con orientaciones de carácter antisocialista. La legislación, además, dificulta la realización de huelgas. Estas ONG a las que hacemos mención reciben fondos de parte de fundaciones internacionales como Solidarity Center o The Friedrich Ebert Stiftung, financiadas por la AFL-CIO yanqui y por el SPD alemán, respectivamente.

La Federación de Industrias Tailandesas estima que ocho millones de personas podrían quedar desempleadas a finales de año. El Banco Mundial, a su vez, advierte que casi 10 millones de personas se volvieron “económicamente inseguras”. En estas condiciones, la burguesía ha salido a la carga contra los trabajadores reduciendo el salario del 70 por ciento de la masa laboral a casi la mitad.

Abajo la monarquía y el gobierno

Es importante que la clase obrera irrumpa con sus propias reivindicaciones y fortalezca el torrente de lucha contra la monarquía y el gobierno. Está planteada la tarea de derrumbar de una vez toda la estructura monárquica y militar y abrir paso a un gobierno de trabajadores.

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