Panorama electoral en Israel: disputa entre colonialistas

La influencia de Trump, la situación en Gaza y Cisjordania, el rol de los partidos "árabes".

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Integrante de Judies x Palestina. Con aportes de Pablo Heller (PO) y Ofer N. (desde Israel)

Donald Trump, Benjamín Netanyahu, Naftali Bennett y Gadi Eisenkot.

De cara a las elecciones del 27 de octubre, la escena política israelí ofrece la ilusión de una polarización absoluta entre el bloque oficialista ultraderechista de Benjamin Netanyahu y una oposición derechista-liberal que buscará formar una coalición amplia, pero sin involucrar a los llamados “partidos árabes”. Recordemos que Israel tiene un sistema parlamentario, donde los partidos se presentan a elecciones por bancas en la Knesset (parlamento) y luego se realizan alianzas y pactos para designar Primer Ministro y formar gobierno. Si ningún partido o coalición llega a 61 escaños por sí mismo o realizando acuerdos, no puede nombrar al Primer ministro. En otros momentos, los partidos judíos ultraortodoxos han sido el fiel de la balanza. En una realidad mucho más compleja, con un genocidio y limpieza étnica en curso, los mal llamados “árabes israelíes” o partidos palestinos pueden tener la oportunidad, o la presión, de desempatar.

Detrás del manoseo de reglamentos partidarios, polémicas por el reclutamiento militar de las juventudes judías ultrortodoxas y la fragmentación parlamentaria oficial de los últimos meses, hay un hecho político principal. La casi totalidad del arco político sionista opera bajo una premisa común: la ratificación de la colonización, el apartheid y el exterminio del pueblo palestino. En todo caso, se debaten distintos enfoques, más o menos agresivos, más o menos disfrazados de ropajes democráticos, tácticas en los vínculos con Estados Unidos. Pero todas las fuerzas políticas tienen el mismo marco de militarismo y supremacismo judío y buscan el reposicionamiento de Israel frente a un cuadro de aislamiento internacional por el genocidio en curso. Ninguno de los potenciales primeros ministros plantea siquiera tímidamente la retirada total de Gaza o un freno al avance de colonias, puestos de avanzada y anexiones en Cisjordania.

Trump juega y condiciona

Netanyahu viajó a Washington procurando el apoyo de Trump para su campaña electoral, pero el presidente estadounidense evitó hasta ahora un apoyo explícito. No impulsa abiertamente a la oposición, pero tampoco parece dispuesto a subordinar su política regional a las necesidades electorales y judiciales del Primer Ministro israelí.

Trump está ejerciendo una presión que objetivamente debilita al oficialismo y puede favorecer a la oposición. Trump quiere presentar antes de las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre una serie de “acuerdos” regionales: estabilización de la situación en Gaza con algún tipo de desarme de Hamás y retirada parcial israelí; arreglo en Líbano; control del conflicto con Irán; ampliación de los Acuerdos de Abraham, particularmente hacia Arabia Saudita.

Netanyahu, en cambio, necesita demostrar ante el electorado israelí que no cedió frente a Hamás, Hezbollah o Irán y que obtuvo victorias militares. Esa divergencia transforma a Trump en un factor externo que limita la estrategia electoral de Netanyahu. La Casa Blanca puede contemplar un gobierno israelí alternativo como interlocutor más disciplinado. Washington parece estar preservando varias alternativas sin romper todavía con Netanyahu, sobre quien combina protección y presión.

El oficialismo, una coalición fascista

Netanyahu llega golpeado a las elecciones, con protestas, cuestionamientos de propios y ajenos y piloteando causas judiciales en su contra. La relación con Donald Trump ha tenido varios episodios de exposición de diferencias con insultos y reproches públicos del magnate yanqui. En el último tiempo se observan distintos programas para Gaza, y tensiones subterráneas por el rol subordinado que Trump le asignó a Israel en el plan de la “Junta de paz”. Fuerzas de la coalición oficial protestan en la frontera con Gaza, exigiendo entrar a establecer nuevos asentamientos, mientras Trump insiste con que el desarme de Hamas también implique la retirada del ejército israelí.

Para asegurar su propia supervivencia política y eludir la responsabilidad por el colapso del 7 de octubre de 2023, Netanyahu logró que el Comité Central del Likud le garantizara ocho lugares reservados en la lista de candidatos. Con esta maniobra, que marginó a varios diputados históricos de las internas, el primer ministro se aseguró el control directo de más de un tercio de las bancas posibles del partido. Las encuestas proyectan al Likud disputando el primer lugar con la fuerza Yashar, encabezada por el exjefe del Estado Mayor militar del 2015 al 2019, Gadi Eisenkot (Haaretz, 28/7).

Figuras del gabinete ministerial actual como Itamar Ben-Gvir o Bezalel Smotrich exigen profundizar el terror de Estado, repartir más armamento pesado entre las bandas de colonos y aplicar una política de tiro efectivo contra cualquier manifestante o habitante palestino.

La oposición también es derechista

La supuesta alternativa a Netanyahu no plantea ninguna ruptura con los pilares del régimen. En un reciente congreso sobre seguridad, tanto Gadi Eisenkot como el ex primer ministro Naftali Bennett reiteraron de forma categórica su rechazo a la creación de un Estado palestino. 

Eisenkot exigió mantener la soberanía y el control militar absoluto "entre el río y el mar", criticando al gobierno actual únicamente por una presunta "pérdida de control" y anarquía operacional en la Cisjordania ocupada. (Haaretz, 27/7) Tiene una reputación de “estratega serio” que, a diferencia de Netanyahu, no fue denunciado por corrupción. En su perfil se destaca su apoyo a una comisión investigadora sobre el 7 de octubre, el servicio militar obligatorio para religiosos judíos y palestinos con ciudadanía, limitación a dos mandatos para las autoridades, etc. (Arab Center DC, 15/7). Eisenkot es el creador de la doctrina Dahiya, que postula crímenes de guerra y respuestas militares desproporcionadas que no distinguen objetivos militares de civiles, como elemento disuasorio de futuras acciones de resistencia y como incentivo a que la población civil se vuelva en contra de los combatientes.

Por su parte, Bennett centró sus críticas en la falta de soldados para proteger a los más de 550.000 colonos que ocupan ilegalmente Cisjordania, apuntando contra el gobierno por no reclutar a los sectores ultraortodoxos. El “moderado” Bennett acusó al conjunto de la población palestina de estar "educada desde los cero años para aniquilar a Israel". Naftali Bennett ya gobernó junto a Yair Lapid (partido Yesh Atid) entre 2021 y 2022. Esta coalición se rompió, y luego de elecciones anticipadas en 2022, Netanyahu volvió a formar gobierno, con el apoyo de los fascistas Ben Gvir y Smotrich, y un pacto con los partidos judíos ortodoxos.

Las encuestas reflejan un escenario donde la llamada oposición podría alcanzar una mayoría numérica en la Knesset. No obstante, los principales dirigentes de este eventual bloque -como Eisenkot, Bennett, Yair Lapid y Avigdor Lieberman, ex ministro de Finanzas en una anterior coalición de Netanyahu- sostienen un veto contra las agrupaciones árabes (las más destacadas, Hadash-Ta'al y Ra'am). Esta negativa a reconocer la representación política de una parte de la población nativa bloquea casi todas las posibilidades de formar gobierno sin pactar con facciones ultraderechistas. En cualquier caso sería un gobierno racista y militarista. Pero por sobre todas las cosas muestra la inviabilidad de que coexistan un régimen democrático con un etno-estado.

Detrás de esta potencial coalición sionista “no tan derechista” aparecen centroizquierdistas, como Yair Golan, de “The Democrats”, una especie de fusión entre el laborismo y Meretz. En realidad, Meretz se desintegró como partido político, históricamente asociado a un perfil “sionista de izquierda”, luego de sumarse vergonzosamente al breve gobierno de Bennett y Lapid. Una defunción política de quienes hacían demagogia con slogans vacíos contra la ocupación de los territorios de 1967 y luego se colocaron detrás de colonizadores entusiastas. 

Los partidos “árabes israelíes” (palestinos)

El 20% de la población de Israel es palestina, habitantes que permanecieron luego de la Nakba de 1948. Existen 4 partidos “árabes”, que en el pasado conformaron la “lista Conjunta”. Hoy esa alianza no existe, y si fuera a existir, sería a costa de no tener un programa y una hoja de ruta común sobre cómo actuar frente a una elección de Primer Ministro en la Knesset o si apoyar a una coalición de centroderecha sionista. Hay que destacar que existen organizaciones palestinas que eligen no participar de las elecciones, debido al requisito de reconocer explícitamente en sus estatutos el carácter judío del Estado y su legitimidad. 

Ra’am, o “Lista Árabe Unida”, es la fuerza más grande, y es la que ha votado e integrado en 2021 al gobierno de Bennett-Lapid. En los debates previos, su dirigente Mansour Abbas dio señales de estar dispuesto a integrar nuevamente un gobierno sionista, rompiendo la unidad de acción de un eventual frente árabe, votando a un candidato opositor a Netanyahu. Eisenkot y compañía, quizás por especulación pre electoral, por ahora rechazan un apoyo así, pensando que puede perjudicarlos con su base y darle una herramienta de campaña a Netanyahu. Un artículo de opinión del diario Haaretz (26/7) resume su cambio de postura, planteando que la política arabe-israelí pasa con Abbas “del objetivo de reconocimiento a la influencia”. Volviendo a Yair Golan, solo su partido “Democrats” convoca a Ra´am a unirse a un frente único contra Netanyahu. A eso quedó reducida su postura “progresista”.

Por ahora, es poco probable que se concrete una “lista conjunta”, incluso como alianza técnica, no vinculante. En principio, solo existiría un frente entre Hadash, Ta’al y Balad, los otros tres partidos. El peligro de esto es que uno o varios partidos palestinos queden debajo del umbral de votos requeridos (3.25%) por una menor concurrencia a las elecciones de parte de los “árabes israelíes”.

En los últimos meses hubo grandes protestas encabezadas por palestinos dentro de Israel, que en determinadas ocasiones recibieron el apoyo de israelíes judíos. El reclamo por la seguridad en los barrios ante sucesivos tiroteos y crímenes y la denuncia de las zonas liberadas por el ministro de Seguridad, Itamar Ben Gvir, fueron el punto central. Esta situación es avalada por el Estado, que protege a colaboracionistas armados y mafiosos cuya función es romper el tejido social de los barrios palestinos. 

El panorama se completa con el nuevo partido “A place for us all”, fundado por los líderes de Standing Together, una agrupación conjunta de judíos israelíes y palestinos, que estuvo muy activo en las protestas anti-Netanyahu, que plantea la paz y la coexistencia sin denunciar el apartheid, y que en el último tiempo organizó actividades de presencia solidaria contra la violencia de los colonos en Cisjordania. Su orientación, detrás del combate a la derecha, es de normalización de la ocupación sin cuestionar los fundamentos del colonialismo sionista. Está por verse si este partido logra los votos necesarios para una representación. Hay enojo en activistas antisionistas y anti ocupación porque puede restarle votos significativos a los partidos palestinos, tanto de palestinos como de izquierdistas israelies. (Reuters, 29/7) Además, Standing Together se había creado con la “promesa” de no competir en elecciones.

Provocación territorial y alineamiento geopolítico

Este debate electoral no ocurre en el vacío. Se desarrolla en el marco del salto cualitativo de la violencia en Cisjordania, donde las bandas de colonos actúan en connivencia directa con el ejército para incendiar mezquitas, confiscar tierras y acelerar la limpieza étnica masiva. Paralelamente, el régimen sostiene el bloqueo y la campaña genocida contra la Franja de Gaza, mientras busca trasladar la guerra a la región en el marco de la tensión latente de Estados Unidos e Israel con Irán.

Cualquiera sea la combinación parlamentaria que resulte en octubre, el Estado sionista mantendrá intacto su motor colonial. La ilusión de un recambio "progresista" o "republicano" dentro de la Knesset solo busca lavar la cara de un enclave fundado sobre la desposesión del pueblo palestino.

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