31/05/2020

Pueblada nacional en Estados Unidos

Las revueltas contra los asesinatos policiales son el emergente de una enorme crisis política y social.

Desde el jueves a la noche las protestas desencadenadas por el asesinato de George Floyd han tomado una escala nacional amplia y masiva, con choques en por lo menos 30 ciudades. En Minneapolis, los manifestantes incendiaron esa noche la central policial donde revistaban los asesinos de Floyd, enviando un símbolo de la rebelión que se replicó en el mundo entero. En Louisville, Kentucky, donde las protestas están centradas en reclamar por el asesinato de la trabajadora de salud Breonna Taylor, la represión policial dejó siete heridos de bala. Hubo 70 arrestados en las protestas de Nueva York el jueves.


También desde el jueves se suceden protestas en la Casa Blanca y choques con las fuerzas de seguridad; el sábado se repitieron forcejeos con las vallas en la casa de gobierno. En Atlanta, una enorme manifestación tenía virtualmente ocupada a la central de la cadena de noticias CNN. Las movilizaciones enfrentaron enérgicamente a la represión policial. Las imágenes de patrulleros destruidos se repetían en todo el país desde Brooklyn a Houston Texas. En Oakland, la ciudad de fuerte población negra vecina a San Francisco, un policía fue muerto y otro herido de bala (New York Post, 30/5).



La demora de cinco días en detener al policía asesino, que no se detuviera a los tres policías que lo acompañaban y que los cargos presentados fueran por una figura menor (tercer grado de asesinato, equivalente a homicidio culposo), cebaron la bronca por el crimen y catalizaron una irrupción de masas, en un caldo social que venía acumulando temperatura muy fuertemente.


La imposibilidad de controlar la verdadera rebelión en Minneapolis con la policía local y los 500 efectivos de la Guardia Nacional de Minnesota que estuvieron apostados toda la semana, más los 1.200 desplegados el sábado, ha llevado a la Casa Blanca a resolver que se alisten para ser convocadas unidades de policía militar. Esta medida requiere tipificar a las protestas como una insurrección, algo que no se hacía desde las revueltas raciales de 1992 en Los Angeles, tras la absolución de los policías que habían sido filmados dando una golpiza brutal al afroamericano Rodney King. Texas, Colorado y Utah también movilizaron sus delegaciones de la Guardia Nacional contra las protestas.


Por lo pronto, el sábado a la noche las muchedumbres en Minneapolis y en todo el país fueron enormes y desbordaron a la represión policial.


La apuesta a quebrar la movilización con el despliegue militar no ha cejado. El domingo 31 se veían imágenes de tanques encabezando patrullas militares por barrios de Minneapolis.



Trump rocía el fuego con nafta


Muchos comentaristas llaman la atención de que la conducta de Trump, más que intentar apaciguar los choques, ha querido montar una mayor polarización. En distintos tuits llamó a los manifestantes “matones” y dijo que “cuando empiezan a saquear, se va a disparar”, citando a un sheriff racista que reprimió revueltas negras en los años ‘60. El sábado emitió una serie de mensajes, entre ellos afirmando que si los manifestantes hubieran logrado cruzar las vallas de la Casa Blanca habrían sido “recibidos por los perros más violentos y las armas más impresionantes que yo haya visto en mi vida”, y denunciando una falta de despliegue de la policía local que reprochó a la alcaldesa demócrata. El sábado, en un discurso en la plataforma de despegue del cohete de SpaceX, después de fingir dolor por el asesinato de Floyd, siguió arengando sobre la necesidad de imponer el  “dominio de la ley” en las calles y adjudicando las manifestaciones a izquierdistas, anarquistas y saqueadores.


El discurso incendiario, de respaldo a las fuerzas represivas cuestionadas por la pueblada nacional, es un intento de movilizar a su base social, de pequeño burguesía derechista, contra las protestas. El viernes, con la Casa Blanca sitiada por protestas, tuiteaba que era “noche de MAGA (Make America Great Again, su movimiento electoral que reagrupa a la extrema derecha racista y muchos sectores de las fuerzas represivas) en la Casa Blanca”, pero nunca llegaron sus manifestaciones de apoyo. Por el momento, las acciones de la derecha racista que se conocen son ir a incendiar edificios en los barrios negros, lejos de animarse a enfrentar a las movilizaciones masivas.



Los periodistas han sido un objetivo de la represión en todo el país. Las imágenes del arresto de periodista de CNN en Minneapolis, Omar Jiménez, recorrieron el mundo. A periodistas de la cadena NBC la policía les tiró con algún tipo de granada de gas. Linda Tirado, fotógrafa de The Guardian, recibió una bala de goma en el ojo en las protestas en la ciudad.


Esto se inscribe en un mar de fondo. La crisis enorme sobre la que surfea Trump incluye choques con un sector de los medios y las empresas tecnológicas, que han llegado al rojo vivo en estos días, tanto respecto al manejo de la pandemia como en la relativo a la disputa sobre las condiciones de la elección nacional y –ahora- las rebeliones por la represión policial. La CNN, uno de los blancos favoritos de Trump, ha hecho una cobertura extensiva de las revueltas y tiene en su portada el análisis de las que considera 654 mentiras de Trump sobre la pandemia en el curso de 14 semanas, desmentidas una por una.


Twitter marcó el mensaje de Trump sobre los tiros como un contenido inapropiado por incitar o glorificar la violencia. Venían de un choque anterior, cuando habían marcado un mensaje del presidente contra el uso del voto por correo como “información falaz”. Trump respondió con un polémico decreto que deroga la protección legal de las redes sociales, limitando su posibilidad de no tomar responsabilidad por el contenido que postean sus usuarios. El resto de las empresas tecnológicas, que habían respondido con virulencia la ofensiva antimigratoria cuando asumió Trump, ahora guardan silencio.



Apretando el acelerador en el Titanic


Trump aparece manejando la crisis de manera violenta y desesperada, pero con poca competencia real en términos políticos. Sucede que el gran capital yanqui se relame con el multimillonario paquete de rescate que está deglutiendo y respalda en términos generales la agresiva política de salida de la cuarentena que encarna el presidente. Los demócratas se quejan de sus malos modales, pero votaron el mismo paquete de rescate y son partidarios de la salida de la cuarentena. Protagonizan reyertas con el gobierno nacional por todos lados a nivel local, pero no expresan otra política de conjunto, lo cual los hace aparecer con una debilidad enorme.


Si bien han emitido declaraciones de condolencia por el asesinato de Floyd, la responsabilidad de los Clinton, Obama y Biden en la expansión del aparato policial-carcelario es enorme. Trump le ha aportado, claro, un incremento al pertrecho militar de la policía y un apoyo explícito a su conducta racista y represiva.


El magnate, aun en una crisis explosiva que genera crecientes reacciones de masas, es el que tiene la iniciativa. Sigue dando manejo a los grupos fascistoides que están en una campaña contra la cuarentena. Está en una campaña para hacer valer la elección presencial estipulada para noviembre, sin permitir la ampliación de modalidades no presenciales de elección y registro de votantes que piden los demócratas. Ha planteado con total descaro que si se cambia a un sistema de voto por correo “nunca resultaría electo otro republicano”, jugándose a limitar la votación por el miedo al coronavirus.



El relanzamiento de la guerra comercial y diplomática con China es un fuerte intento de fuga hacia adelante. Esto incluye la espectacular declaración de ruptura con la Organización Mundial de la Salud, declarándola absurdamente como un satélite chino. Trump va aproximándose al planteo de una salida belicista a la profunda crisis de autoridad del imperialismo yanqui.


La inmovilidad política de los demócratas se extiende a su ala izquierdista, que no ha producido ningún planteo político de conjunto frente a la crisis social y económica en la cuarentena, ni ante la pueblada nacional. Hay una contradicción enorme con su base. Los militantes de DSA, sostén de la campaña de Bernie Sanders y principal organización de la izquierda del país, están en primera línea de todos los choques. Formalmente su posición es no respaldar la campaña de Biden, pero su diputada Alexandra Ocasio-Cortez se ha integrado a los grupos de trabajo “unitarios” lanzados por Biden y Sanders. Fuera de la política electoral, DSA se escuda en su carácter “laxo” y “amplio” para no tomar iniciativa política alguna, que no podría más que llevarla a un choque con el Partido Demócrata, en cuyo interior pretende seguir escalando posiciones en el Estado. La violenta revuelta de la comunidad negra desmiente rotundamente la especie de que el apoyo electoral dado por representantes negros de la bancada demócrata a Biden exprese una tendencia moderada y conformista en su población.



La comunidad negra, como el conjunto de los explotados, enfrenta una disyuntiva violenta y evidentemente está tomando consciencia de ello. La depresión económica combinada con el parate por la cuarentena ha arrojado en unos meses al país a niveles de desocupación que superan el cuarto de la población. La crisis de 1929 tardó cuatro años en llegar a este punto de desempleo.


Trabajadores y jóvenes vienen protagonizando en estos meses una escalada de huelgas “salvajes” (sin apoyo de los sindicatos) por condiciones de salud e higiene y contra recortes salariales y despidos. Se ha montado un enorme movimiento de huelga de inquilinos e hipotecados. A la revuelta de estos días contra la represión policial se han sumado acciones de los movimientos por los derechos de los inmigrantes. Estas puebladas se enmarcan en esta crisis histórica de EEUU, que incluso cuestiona su lugar de potencia dominante en el mundo, y en un ascenso de las luchas de masas no visto por décadas. Las conclusiones de los combates en curso plantearán a miles la necesidad de una organización política propia de los trabajadores y todos los explotados, para poder darle a esta inmensa crisis una salida que garantice las condiciones de vida de las mayorías. Esto solo se podrá hacer a costa del capital, un camino vedado al sistema político que ha llevado a este desastre.

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