Trump y Xi: una tregua corta en una rivalidad que sigue escalando

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Trump y Xi Jinping

La cumbre de Washington prorrogó por dos meses la tregua comercial entre Estados Unidos y China. El acuerdo posterga los conflictos por los aranceles, las tierras raras y los semiconductores, mientras la disputa tecnológica y militar continúa agudizándose. La negociación revela los límites de un desacople entre dos economías estrechamente vinculadas, pero también la tendencia de la rivalidad a extenderse al conjunto de la crisis mundial capitalista.

La segunda cumbre del año entre Donald Trump y Xi Jinping concluyó con un resultado tan limitado como revelador: la tregua comercial que vencía en noviembre fue prorrogada por apenas dos meses. Washington y Pekín procuran evitar una ruptura que tendría consecuencias inmediatas sobre el comercio, la producción y los precios mundiales, pero ninguno de los dos gobiernos está dispuesto a abandonar los instrumentos de presión acumulados durante los últimos años. Una tregua de solo dos meses, es revelador de una reunión que no logró avanzar, están estancados en sus posturas. El despliegue protocolar no pudo encubrir la modestia de los acuerdos. Trump recibió a Xi con desfiles militares, sobrevuelos de aviones de combate y una cena a la que asistieron los principales ejecutivos de la industria tecnológica norteamericana. No hubo, sin embargo, un tratado comercial duradero ni una declaración conjunta capaz de fijar un rumbo estable. Consultado sobre el contenido de las conversaciones, Trump se limitó a celebrar que había sido una “gran reunión”.

La prórroga deja para más adelante las decisiones sobre los aranceles, las exportaciones chinas de minerales críticos, las compras de productos norteamericanos y las restricciones tecnológicas de Estados Unidos. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, reconoció que China cumple el compromiso de adquirir 25 millones de toneladas de soja, pero no alcanzaría la compra adicional de 17.000 millones de dólares en otros productos agrícolas. Washington también denuncia demoras en las entregas de tierras raras (Reuters, 24/9/2026).

La cumbre no normalizó las relaciones. Administró una crisis que ninguno de los dos gobiernos puede resolver sin afectar intereses económicos propios.

Una guerra comercial que cambió de terreno

Trump había proclamado que los aranceles obligarían a China a capitular. La ofensiva redujo las importaciones norteamericanas procedentes directamente de ese país, pero no produjo el resultado anunciado. Una parte de la producción se trasladó hacia otras naciones asiáticas o continuó ingresando a Estados Unidos mediante cadenas trianguladas. Pekín, mientras tanto, amplió sus exportaciones hacia Europa, América Latina y otros mercados. Al punto que China ahora tiene más superávit comercial que antes de los aranceles de Trump, 2024 y 2025 tuvo record histórico, se diversificó y amplio los productos exportados con mayor valor agregado (automóviles, etc).

Este superávit comercial de China en el pasado era invertido en Bonos del Tesoro de Estados Unidos hasta llegar a ser el mayor inversor (1,3 billones de dólares). La guerra comercial y las sanciones produjeron un viraje de las autoridades chinas que redujeron esas inversiones (ahora son solo de 0,7 billones), esto ha reducido la demanda de deuda y es parte de las razones de la suba de las tasas de interés actuales. China conserva un enorme superávit comercial y ocupa posiciones decisivas en numerosas cadenas industriales. Controla alrededor del 70% de la extracción mundial de tierras raras y más del 85% de su procesamiento. Las restricciones impuestas por Pekín a la exportación de algunos de esos materiales obligaron a empresas automotrices norteamericanas, europeas y japonesas a reducir o paralizar temporalmente su producción. La medida puso de manifiesto que China también puede explotar puntos vulnerables de la economía estadounidense.

Washington conserva ventajas fundamentales. Domina segmentos cruciales de la producción de semiconductores avanzados, controla junto con sus aliados buena parte de los equipos necesarios para fabricarlos y mantiene una superioridad abrumadora en el terreno financiero y militar. Las restricciones sobre la venta de chips y maquinaria buscan retrasar el desarrollo tecnológico chino. La autorización parcial para exportar determinados procesadores de Nvidia no modifica esa orientación. Permite sostener los negocios del monopolio norteamericano, pero mantiene el cerco sobre las tecnologías consideradas estratégicas.La guerra arancelaria se ha desplazado hacia un terreno más amplio: semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, telecomunicaciones, energía y rutas comerciales. Detrás de las invocaciones al “comercio justo”, cada Estado defiende a sus propios grupos capitalistas y procura mejorar las condiciones económicas y militares de su competencia internacional.

La Junta Comercial anunciada en mayo, durante la reunión de Pekín, apenas avanzó. Se discutió una reducción recíproca de aranceles sobre unos 30.000 millones de dólares en productos, una cifra reducida frente al volumen del intercambio bilateral. La proyectada Junta de Inversiones tropezó con obstáculos todavía mayores. El capital chino teme que sus adquisiciones sean bloqueadas por razones de seguridad nacional, mientras sectores del Congreso estadounidense rechazan su ingreso en ramas consideradas sensibles.

Estas dificultades no son simples malentendidos diplomáticos. Resultan de una contradicción de fondo. Estados Unidos intenta limitar el ascenso tecnológico de China, pero sus monopolios continúan obteniendo ganancias en el mercado chino y dependen de proveedores instalados allí. Pekín busca reducir esa dependencia sin perder el acceso a los mercados, capitales y tecnologías que impulsaron su crecimiento.

La disputa por la inteligencia artificial

La inteligencia artificial ocupó un lugar importante en las conversaciones, aunque tampoco hubo acuerdos sustanciales. Xi sostuvo que ambos países debían garantizar que la IA permaneciera “bajo control humano”. Trump rechazó nuevas regulaciones y planteó que los eventuales abusos fueran tratados por el Departamento de Justicia. En la cena oficial participaron Sam Altman, de OpenAI; Jensen Huang, de Nvidia, y Sundar Pichai, de Alphabet (Reuters, 24/9).

La presencia de estos ejecutivos revela los intereses que recorren el debate. Las compañías norteamericanas reclaman libertad para desarrollar modelos más poderosos y protección estatal frente a sus competidores chinos. Las empresas estadounidenses quieren mayores subsidios, recordemos que el gobierno de Biden otorgó subsidios a la fabricación de “chips” en Estados Unidos y reducir la dependencia de los fabricados en Taiwán. Fueron destinatarios, Intel, Micron, Samsung; TSMC un total de 39 mil millones, ahora con el crédito escaso y mayores tasas claman por mayor auxilio. Las grandes empresas de China reciben subsidios, crédito público y respaldo diplomático para disputar el mercado mundial. Los dos gobiernos presentan la carrera tecnológica como una empresa nacional, pero sus costos recaen sobre los trabajadores mediante la intensificación laboral, la eliminación de empleos, la vigilancia y una concentración económica cada vez mayor.

Un canal de consulta podría ayudar a contener una crisis provocada por un incidente tecnológico o militar. No detendría, sin embargo, la carrera por el dominio de la IA. Washington y Pekín consideran que su desarrollo tendrá una influencia decisiva sobre la productividad, el armamento, la ciberseguridad y el control de la información. La cooperación queda subordinada a esa disputa.

No estamos en presencia de una confrontación ente un capitalismo privado norteamericano y un modelo chino supuestamente orientado hacia fines sociales. El Estado chino controla el crédito y conserva sectores estratégicos, pero utiliza esos recursos para sostener la acumulación capitalista, disciplinar a la clase obrera y favorecer la expansión de empresas estatales y privadas. La restauración capitalista no fue anulada por la intervención de la burocracia: encontró en ella uno de sus principales vehículos.

China tampoco es inmune a la crisis capitalista mundial. El prolongado colapso inmobiliario, del que aún no ha logrado salir, se combina con el elevado endeudamiento de los gobiernos locales y las empresas, la desaceleración económica y una creciente sobrecapacidad industrial. Sus efectos alcanzan directamente a los trabajadores: aumenta el desempleo, con especial gravedad entre los jóvenes, mientras la inseguridad sobre los ingresos y el empleo retrae el consumo interno. Esta debilidad empuja a Pekín a sostener la actividad mediante el crédito, la inversión estatal y una expansión de las exportaciones que, a su vez, profundiza los choques comerciales con Estados Unidos y Europa.

Taiwán, el punto más explosivoXi reclamó que Estados Unidos actuara con “prudencia” frente a Taiwán y expresó su expectativa de que Washington se opusiera explícitamente a la independencia de la isla. La exigencia supera la fórmula tradicional norteamericana, que declara no “apoyar” esa independencia, pero evita pronunciarse abiertamente en su contra.Trump no aceptó públicamente el cambio. Tampoco destrabó el paquete de armamento para Taiwán, valuado en 14.000 millones de dólares. La Casa Blanca mantiene la operación en suspenso y convierte la seguridad de la población taiwanesa en una pieza de negociación: puede autorizar las ventas para presionar a Pekín o demorarlas a cambio de concesiones económicas.

El gobierno chino, por su parte, intensifica los ejercicios militares alrededor de la isla y no renuncia a una anexión por la fuerza. Invoca el principio de unidad nacional, pero lo subordina a los intereses de un Estado burocrático que ha restaurado el capitalismo y niega cualquier intervención independiente de los trabajadores chinos y taiwaneses.Xi volvió a mencionar la “trampa de Tucídides”, la tesis según la cual el choque entre una potencia dominante y otra ascendente tiende a desembocar en una guerra. Propuso sostener los contactos militares y reforzar los mecanismos de prevención. El peligro es real. El mar de China, Taiwán y la península coreana concentran fuerzas navales, aéreas y misilísticas capaces de convertir una provocación o un error de cálculo en una crisis de alcance internacional.

Esto no significa que China haya desplazado a Estados Unidos como potencia dominante. El imperialismo norteamericano conserva una superioridad militar global, el control de las principales instituciones financieras y una red de alianzas que Pekín no posee. China alcanzó un peso industrial y comercial extraordinario, pero su economía permanece vinculada al mercado mundial, a la inversión extranjera y a circuitos financieros dominados por el capital internacional.

Pero esa simetría no implica que el gigante asiatico se haya convertido en un polo antimperialista ni que el hundimiento del viejo orden imperialista haya derivado en un supuesto nuevo orden “multipolar” progresivo.

Una tregua bajo la presión de la guerra

La cumbre se celebró en medio de la guerra contra Irán, la continuidad del conflicto en Ucrania y la creciente militarización del Indo-Pacífico. Washington pretende que China utilice sus relaciones con Teherán para favorecer una salida compatible con los intereses norteamericanos y garantizar la circulación del petróleo. Pekín depende fuertemente de las importaciones energéticas y necesita evitar una interrupción prolongada de las rutas del golfo Pérsico. Pero actuar abiertamente como auxiliar de Estados Unidos debilitaría sus propios vínculos internacionales.

China cuestiona las sanciones norteamericanas y mantiene relaciones con gobiernos sometidos al bloqueo de Washington, pero no encabeza un campo de ruptura con el orden capitalista. Participa del Fondo Monetario Internacional, de la Organización Mundial del Comercio y de los principales circuitos financieros. Los BRICS tampoco constituyen un bloque alternativo: reúnen Estados con intereses contrapuestos que actúan dentro de las instituciones y relaciones del mercado mundial.Estados Unidos, a su vez, no puede completar un desacople sin provocar fuertes dislocaciones en sus propias empresas. Numerosos monopolios dependen de proveedores chinos, venden una parte importante de su producción en China o utilizan sus plantas industriales. La ofensiva por disminuir esa dependencia convive con la presión de los capitalistas que quieren preservar sus negocios. Esa contradicción atraviesa a la administración Trump y explica, en parte, el movimiento pendular entre las amenazas y las treguas.

La extensión por dos meses permite ganar tiempo. Trump necesita contener los precios y mostrar algún resultado antes de las elecciones legislativas. Xi procura sostener las exportaciones y evitar que la ofensiva norteamericana agrave la desaceleración económica, la crisis inmobiliaria y las dificultades del mercado interno. Ninguno obtuvo una solución; ambos consiguieron una pausa.

Pero una pausa no modifica el contenido de la rivalidad. La lucha por mercados, materias primas, tecnologías y zonas de influencia se desarrolla en una economía mundial atravesada por la sobreproducción, el endeudamiento y las guerras. Los acuerdos parciales pueden alterar el ritmo de la confrontación. No eliminan las condiciones que vuelven a reproducirla. De allí que la tregua de “dos meses” no altera el curso de la crisis capitalista global.

La clase obrera no tiene ningún interés en respaldar el proteccionismo de Trump ni en depositar expectativas en la diplomacia de Xi. La lucha contra la guerra comercial, el militarismo y la amenaza de una conflagración mundial exige una política independiente de todos los gobiernos capitalistas. Ante la competencia entre Estados y monopolios, la salida es unir mundialmente a los trabajadores contra quienes descargan sobre los pueblos el costo de la crisis y de las guerras.

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