Políticas

25/6/2022

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A 20 años de la Masacre de Avellaneda, las lecciones de la lucha

Archivo Ojo Obrero Fotografía

Cuando se cumplen 20 años del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki conviene rememorar a las nuevas generaciones que aquello se trató de una operación represiva en regla, por lo cual es ajustada la denominación de Masacre de Avellaneda, como ha sido rotulada. Por eso hubo treinta y tres heridos de bala producidos por las tropas conjuntas de la Bonaerense, Prefectura y la Federal, que dispusieron francotiradores desde las inmediaciones con armas especialmente escogidas para disimular la responsabilidad de las fuerzas de seguridad, por lo cual numerosos heridos lo fueron por balas de calibre 22 para luego montar la farsa de que eran heridos o muertos víctimas de los propios manifestantes. Por eso hemos sabido también recientemente que Aníbal Fernández recomendó a algunos “amigos” apartarse, porque habría muertos. Era una orden impartida.

Efectivamente, no se trató de una represión más de las que tantas hemos tenido bajo todos los gobiernos constitucionales -no solo bajo la dictadura genocida- contra los trabajadores en lucha. Aquella represión fue preparada minuciosamente por un Consejo de Seguridad comandado por el gabinete nacional que era de “unidad nacional” porque lo integraban no solo los peronistas del presidente Eduardo Duhalde, sino también un radical como Jorge Vanossi, activo inspirador y conspirador de la operación. Ese gabinete expresaba a la “liga de gobernadores”, sostén del presidente provisional elegido por la asamblea legislativa, después de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre que acabó con el gobierno de De la Rúa y Cavallo.

El movimiento piquetero era el heredero político y continuador del Argentinazo que derivó en el “que se vayan todos”. El gobierno surgido del telefonazo entre Raúl Alfonsín y Duhalde cuando se sucedían cinco presidentes en una semana venía a rescatar al Estado sacudido por la irrupción popular donde confluyeron piqueteros y ahorristas estafados en la famosa unión de piquetes y cacerolas. Había que golpearlo, derrotarlo, para recomponer esa autoridad perdida por el Estado de los explotadores.

Claro que la política de la burguesía no fue solo represión y ni siquiera empezó por allí. Duhalde de la mano de la Iglesia creó el Consejo Consultivo, que integró a la CTA degennarista, a su brazo “piquetero” la FTV de Luis D’Elía y a la CCC –como hoy han integrado al gobierno del Frente de Todos al Trío San Cayetano también ligado al Vaticano. El problema fue que un importante sector –como hoy la Unidad Piquetera- escapó a aquella cooptación: el Bloque Piquetero Nacional, el MIJD y el MTD Aníbal Verón. Había que golpear y quebrar a aquellos díscolos que organizaban crecientemente a millones de desocupados que habían alcanzado el pavoroso porcentaje del 22% durante aquel 2002.

Y, a no dudar, la operación represiva destinada a “aleccionar” a los “cortadores de ruta” contaba con la anuencia de los dueños del poder, algo seguramente hablado en discretas reuniones del Alvear entre banqueros, terratenientes y poderosos industriales. Recomponer un ciclo de negocios requería disciplina social y que el mal ejemplo piquetero no se extendiera a las fábricas y lugares de trabajo, que ya demasiado tenían con la ola de ocupaciones de fábrica que derivaron en las gestiones obreras. Aquellas gestas en las que tanto se destacó apoyando el Polo Obrero: Brukman, Zanón, Lavalán, Grissinopolis, o los obreros del subte que impusieron las seis horas en una de las grandes luchas de la etapa. El ala devaluacionista que tenía nada menos que a jugadores como Techint en sus filas había impuesto una devaluación de 3 a 1, ahora había que garantizar los negocios y la regimentación de las grandes víctimas de toda megadevaluación, los trabajadores.

La operación represiva fracasó. Su derrota no fue fácil, costó vidas y heridos. Pero el gobierno de Duhalde tuvo que apurar su salida, cuando la lucha del movimiento piquetero desde la tarde misma de la Masacre desbarató la mentira más famosa de Clarín: “la crisis se cobró dos víctimas”, como tituló su tapa. Sin desmerecer el papel valiente del fotógrafo que mostró la escena criminal del horror con Darío y Maxi, la reacción extraordinaria del Bloque Piquetero armando la conferencia de prensa y la movilización del día siguiente fueron decisivas en una batalla que llevaría días, semanas, hasta el acampe en Plaza de Mayo del 7 de agosto. El MTD Aníbal Verón se inclinaba por replegarse en el comprensible luto de los compañeros de Darío y Maxi, pero insistimos y participaron ese histórico 27 de junio en la Plaza de Mayo, cuando Marta Maffei de la CTA llamó a vaciar las calles porque “no convocamos lo que no controlamos”. La centroizquierda daría una muestra más de una política que los llevó a la quiebra, a la desarticulación y a ser el último furgón de cola del gobierno del FMI de Alberto Fernández en la actualidad.

En estos días se ha denunciado con justa indignación el pedido de libertad a Fanchiotti y Acosta, los asesinos materiales de Darío y Maxi. Del comisario que tan justicieramente golpeara en la cara un manifestante mientras mentía en una conferencia de prensa en el Hospital Fiorito, cuando la sangre de Kosteki y Santillán estaba aún caliente. Tenemos que luchar para que se pudran en la cárcel. Pero tenemos que reflexionar a fondo sobre el hecho de que Aníbal Fernández, uno de los autores intelectuales de la Masacre, unos de los máximos responsables políticos, alguien que también formó parte del operativo de impunidad en el crimen de Mariano Ferreyra, no solo esté impune sino que sea ministro de Seguridad. Hay en ello un mensaje profundo. El de una clase social que rescata a quién rescata y prepara al Estado con tipos como él y como Berni. Sin duda una fuerte lección para quienes creyeron ver en el kirchnerismo una corriente liberadora y antirrepresiva después que Néstor descolgara el cuadro de Videla. A no engañarse, nos dicen, aquí estamos para defender la recomposición del Estado como Duhalde y después Néstor Kirchner la defendieron tras el Argentinazo y el Puente Pueyrredón del 26 de junio de 2002.

A 20 años, centenares de miles de piqueteros se organizan con el Polo Obrero, con el Frente de Lucha Piquetero, con la Unidad Piquetera mostrando la vigencia de un movimiento histórico de los más explotados dentro de los explotados. Pero también son 20 años que nos muestran que bajo todos los que nos gobernaron en estas dos décadas perdemos los trabajadores. Por eso la vigencia de las banderas de la gran Marcha Federal “por el trabajo y el salario, contra el hambre y la pobreza”. Por eso hoy tenemos que luchar por la libertad y la absolución de César Arakaki y Daniel Ruiz, el desprocesamiento de Sebastián Copello y Juan Chorolque y de tantas compañeras y compañeros. Porque la derrota de fondo de los asesinos de Kosteki y Santillán será la derrota de una clase social y sus gobiernos, será la victoria del gobierno de los trabajadores para lo cual tenemos que organizarnos como alternativa política y de poder.