29/05/2021
Latinoamérica y Argentina

Colombia, Chile y la actualidad de un Congreso del FIT-U

El rol de la izquierda.

Movilización del FITU a la Embajada de Colombia 10/5

Los últimos acontecimientos de América Latina no han pasado desapercibidos en los círculos de poder y en el mundo empresario y financiero local. Un reflejo de ello lo tenemos en los medios de prensa que son materia de consulta habitual de la clase capitalista. Días atrás, uno de los columnistas estrella de La Nación, Carlos Pagni, llamó la atención con preocupación y encendió las alarmas sobre la reciente rebelión en Colombia, que está lejos de cerrarse, así como sobre los resultados de las elecciones que acaban de tener lugar en Chile.

“Si uno mira el vecindario -advierte- es razonable esa alarma… Estalló Colombia por un paquete fiscal”, pero más allá de ello, el columnista señala que el telón de fondo que está en la base de la rebelión popular es “una combinación de pobreza, desempleo, empresas quebradas”. El severo impuestazo fue la gota que rebalsó el vaso.

El columnista de la Nación describe con mayor perplejidad aún el desenlace de las elecciones en Chile que “habla de otros alineamientos políticos”. Pagni destaca que el ciclo abierto por la rebelión popular no solo no se ha extinguido sino que está vivo y ha marcado las actuales comicios: “el malestar que ya veíamos, y que casi produjo la caída del gobierno de Piñera antes de la pandemia, el año pasado, se (ha) trasladado a la elección por constituyentes y por la alcaldía de Santiago”.

La gran sorpresa de la elección la constituyó la irrupción de los independientes, que consagraron 48 diputados de un total de 155 muy por encima de los otros bloques y coaliciones que se presentaron a los comicios no solo superan -viene al caso aclararlo- a la derecha y los partidos tradicionales de la Concertación, que sufrieron una gran paliza, sino también a la coalición del PC y el Frente Amplio, cuya votación terminó por debajo de sus expectativas.

Recordemos que una de las consignas centrales que presidió la rebelión de 2019 que resonaba en las calles fue “no son 30 pesos sino 30 años”. La rebelión tuvo como detonante el aumento del boleto de colectivo pero rápidamente se extendió a una impugnación general del conjunto del régimen, originada bajo la dictadura de Pinochet y que se mantuvo en pie en la llamada transición democrática. Está presente en la memoria colectiva en franjas significativas de trabajadores el hecho de que el PC integró al gobierno en la fase final del mandato de la Concertación, que pasó a actuar con el rótulo de Nueva Mayoría, y han terminado pasándole factura al momento de votar. La desconfianza con el PC se expresó también en el curso mismo de la rebelión pues si bien el PC no suscribió el “acuerdo por la Paz” jugó, de todos modos, un papel clave en el operativo de contención para evitar que caiga Piñera. La política de tregua y freno establecida de la CUT, la principal central obrera, alineada políticamente con el PC, desempeñó un rol determinante para desactivar la movilización e impedir que la sangre llegue al río. Esto explica la proliferación de listas independientes, cuyo dato distintivo es que se referencian en la rebelión popular y surgen directamente de asambleas barriales y colectivas que han sido sus protagonistas e impulsores. Las elecciones han terminado siendo un terremoto político, que tiene un alcance disruptivo.

A su turno, a Cantelmi, responsable de la columna internacional semanal de Clarín, no se le escapa esta circunstancia y al referirse a las elecciones que arroja Chile alerta que “cuando la política se aleja de la gente, la gente arma otra política”.

El dato distintivo, según el editorialista de Clarín, es que “la gente, efectivamente, desde la calle arrebató a sus instituciones esa necesidad de cambio radical en un país que durante los casi 30 años de la coalición democrática de la Concertación, la alianza de centroizquierda y centroderecha que sucedió a la dictadura, reformó parcialmente la Carta Magna pero evitó reemplazarla”. En otras palabras, el país y sus instituciones siguieron funcionando bajo la Constitución forjada por el pinochetismo.

Antisistema

La rebelión ha estremecido y puesto en jaque los cimientos del orden jurídico vigente y amenazaba llevarse puestos al Estado, a sus instituciones y partidos. La impronta “antisistema” del movimiento que se ha ido configurando salta a la vista. La primera prueba que tiene por delante este movimiento consiste en cómo hacer frente a la contradicción que se presenta entre la aspiración popular por avanzar a una transformación radical, por un lado, y una constituyente donde la burguesía conserva los resortes fundamentales del poder económico y político, por el otro.

No se nos puede escapar que la proclama antisistema es también agitada por la ultraderecha, lo cual obviamente es un fraude desde el momento que son los que defienden y se aferran con uñas y dientes el régimen capitalista cuyo agotamiento está a la vista. Por el momento, de todos modos, esta línea tiene un carácter minoritario -no cuenta con un sustento mayoritario en la burguesía- lo cual es comprensible en momentos en que las experiencias derechistas de gobierno vienen de un fracaso en América latina, como Piñera en Chile y Macrí en Argentina y, con más razón, con el fiasco del golpe en Bolivia y la crisis severa del gobierno Bolsonaro.

La burguesía, incluso en un escenarios adverso e imprevisto como el que se dio, no pierde las esperanzas y apuesta a encauzar el proceso político chileno para que no se desmadre y a valerse de la Constituyente para tal propósito. La burguesía, no solo en Latinoamérica sino a escala mundial, viene apelando a salidas electorales e institucionales como recurso para sacar a la gente de la calle y salvar a los gobiernos que están en la cuerda floja arrinconados por la movilización popular. Incluso foros liberales duros como la revista The Economist remarcan la necesidad de este cambio para que el país vuelva a ser un modelo en la región. “Muchos esperan que esto aísle a los violentos y forje un nuevo contrato social que forme un país más justo, pero aún capitalista”, afirmó el semanario inglés.

Más allá de estas expectativas, lo cierto es que asistimos a una transición convulsiva cuyo final está abierto. Si el sistema no es capaz de dar satisfacción a las demandas sociales, que es lo que viene ocurriendo con las democracias en América Latina “el escepticismo y la frustración rompen el sistema y se desecha la posibilidad democrática” (Clarín, ídem)

Un informe del PNUD, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, constató la decepción creciente en la región sobre la democracia tomando datos de Latinobarómetro, que encuesta con miles de entrevistas a 18 países de América Latina y el Caribe. “La satisfacción con el funcionamiento del sistema político en América Latina y el Caribe alcanzó un mínimo histórico en 2018, con 3 de cada 4 personas expresando un juicio negativo sobre la vida política en su país”, sostuvo.

La pandemia ha agravado esas percepciones. “Esta insatisfacción generalizada ya ha comenzado a afectar el apoyo a la democracia como forma de gobierno en la mayoría de los países de la región”, sostiene el informe

El desafío de la izquierda

En este contexto, adquiere una relevancia continental el encuentro reciente entre Lula y Fernando Henrique Cardoso, las dos figuras más encumbradas de la política brasileña, más allá de Jair Bolsonaro. Lo que los junta no es el amor sino el espanto, o sea, un temor fundado en que se produzca un estallido popular en Brasil en momentos en que Bolsonaro atraviesa una crisis política que raja las paredes, jaqueado por un la pandemia que sigue provocando estragos y el recrudecimiento de las penurias de la población. Recordemos que el gobierno ha reducido la asistencia y los subsidios que venía otorgando a los sectores más necesitados en una situación desesperante. Esto ha encendido las alarmas y ha puesto a la orden del día la necesidad de acelerar un pacto entre las principales fuerzas políticas tendente a crear una red de seguridad política.

Descripto este panorama en América Latina, a lo que habría que agregar Perú donde un advenedizo dirigente izquierdista podría alzarse con la presidencia lo que ha provocado una gigantesca grieta y polarización en el país, es lógico que empiece a cundir la preocupación en la burguesía y círculos de poder locales sobre cuál es el alance de esta onda explosiva y cuáles son sus repercusiones en Argentina. Esta preocupación es absolutamente fundada si tenemos en cuenta que Argentina acumula las mismas contradicciones que han llevado al estallido de la otras naciones latinoamericanas. El país está sentado en un polvorín donde se entrecruzan y se potencian entre si las crisis económica, social y sanitaria. Este cuadro es retratado por Pagni quien destaca el fenomenal ajuste que se está realizando.

Habría que agregar que la campaña emanada de las cuarteles cristinistas para postergar un acuerdo con el Fondo, renegociar los plazos y las tasas y privilegiar las demandas sociales tiene una dosis muy exacerbada de impostura porque, ya antes del acuerdo con dicho organismo, se viene aplicando una política de ataque a las masas, que arrancó con la revisión a la baja de la movilidad previsional y sigue con los techos salariales y las paritarias a la baja mientras los ingresos de asalariados y jubilados son devorados por la inflación, que se ejecutan con la complicidad de la burocracia de todos los colores, desde los gordos, pasando por Moyano y la CTA y el sindicalismo kirchnerista y que viene siendo refrendado por todas las patas de la coalición oficialista y, agreguemos, de la oposición.

El FMI viene reclamando un acuerdo entre el gobierno y la oposición pues es consciente que el ajuste en curso, que deberá ser profundizado como corolario de las negociaciones, plantea como requisito un reaseguro político para hacer frente a los conmociones que esos ajustes provocan, como lo han probado las experiencias latinoamericanas en que se vienen aplicando los planes fondomonetarista en América Latina. Lo cierto es que la cuenta regresiva está en marcha y la perspectiva más probable es que las actuales luchas, que todavía son acotadas, se transformen en una lucha general. Naturalmente, el ascenso no será rectilíneo: habrá que superar el escollo que representa el nacionalismo burgués en el gobierno, que viene oficiando de dique de contención. A nadie se le escapa que si Juntos por el Cambio hubiera estado en el gobierno muy probablemente se hubieran acelerado los tiempos de una reacción popular.

Resumiendo estamos frente a un terreno propicio para que fructifiquen las tendencias antisistema que están asociadas con las rebeliones en curso, que son, a su turno, el caldo del cultivo para una radicalización y profundos desplazamientos políticos. Esto aumenta la responsabilidad de la izquierda que se reclama revolucionaria en América Latina y Argentina; tenemos en nuestras manos el desafío y la oportunidad que no podemos desperdiciar de darle un expresión consciente en términos de programa y organización a este tendencia que anida crecientemente entre los trabajadores y la juventud y contribuir a desarrollar un polo de independencia política en nuestro país y en la región. El congreso que proponemos al FIT-U y la conferencia latinoamericana están dirigidos a desarrollar esta perspectiva.

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