05/03/2021

El apoyo de Bolsonaro a Alberto Fernández y la desintegración del Mercosur

El facho carioca hará una visita oficial a nuestro país a fines de marzo.

El gobierno celebró las declaraciones del derechista presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quien bregó por el «éxito» de las negociaciones de Argentina con el FMI y anunció que realizará su primera visita oficial a nuestro país a fines de marzo, cuando asista a la cumbre que se realizará en Buenos Aires con motivo de cumplirse 30 años de la formación del Mercosur. Pero no hay motivos para festejar.

Muchos destacaron a partir de ello que la relación entre el mandatario carioca y Alberto Fernández pasó de las agresiones verbales durante la campaña electoral de 2019 a las buenas migas en la actualidad; pero ello es el resultado de una política precisa. A solo tres meses de asumido el gobierno el Frente de Todos, el canciller Felipe Solá viajó a reunirse con Bolsonaro para solicitarle el apoyo en las operaciones de rescate de la deuda externa, a cambio de sostener la coordinación bilateral en las políticas de seguridad regional fijadas por el Departamento de Estado yanqui -incluida la presión contra Venezuela- y virar de posición respecto al acuerdo Mercosur – Unión Europea. En diciembre pasado se concretó a su vez una reunión virtual de ambos presidentes para acercar posiciones, poco después de que Fernández limara asperezas con el también derechista uruguayo Luis Lacalle Pou.

Pero el apoyo público del excapitán de navío en las gestiones por un acuerdo con el Fondo son un dardo envenenado. El encuentro de los gobiernos del Mercosur tiene como telón de fondo una profunda crisis del bloque. Esta misma semana Bolsonaro, Lacalle Pou y el paraguayo Mario Abdo Benítez insistieron abiertamente en la presión por flexibilizar las cláusulas para permitir a cada país negociar de manera independiente acuerdos bilaterales con terceros, y por reducir el Arancel Externo Común que grava las importaciones. Es una agenda que expresa un dislocamiento comercial, y amenaza con barrer gran parte de la industria criolla.

Alberto Fernández había adoptado una actitud ambigua ante esas presiones. En abril de 2020 se apartó de las negociaciones en curso para firmar acuerdos de libre comercio con Corea del Sur, Singapur, India y otros países, pero al mismo tiempo aseguró que no pondría palos en la rueda para que el resto de los Estados siga avanzando en las conversaciones. A su vez, comunicó su apoyo a las gestiones para concretar los acuerdos con la UE y el EFTA (un bloque de países del norte de Europa), las cuales no obstante siguen empantanadas. Ahora, de cara a la cumbre que se realizará el 26 de marzo, los mandatarios vecinos aprietan por una definición menos esquiva sobre la flexibilización del Mercosur.

Tras bambalinas, existe una presión por suscribir acuerdos bilaterales de libre comercio tanto por parte de China como de Estados Unidos, en el marco de la guerra comercial. El país asiático se convirtió en el principal comprador de producción primaria de las naciones del Mercosur, pero los capitales yanquis siguen representando las mayores inversiones directas. La integración de la región en la Nueva Ruta de la Seda de un lado, y el intento de la flamante gestión de Joe Biden de recomponer el predominio del imperialismo yanqui del otro, someten a América Latina a un fuego cruzado y agravan la desintegración del bloque regional.

La cuestión es vital para la industria argentina, cuyo principal destino de exportación es Brasil. Especialmente para la automotriz, ya que el 70% de sus ventas al exterior se colocan dentro de ese mercado, gracias al flex que obliga al país carioca a importar 1 dólar por cada 1,8 que exporta a Argentina en este rubro -era cada 1,5 hasta que en junio entró en vigencia el esquema de eliminación progresiva firmado por Macri. Este sector atraviesa una situación crítica, que el retiro de Ford de Brasil sacó a relucir. La eliminación de los aranceles comunes dejaría expuesta a la industria automotriz, que hoy produce a ambos lados de la frontera a menos de la mitad de la capacidad instalada y con un consumo en contracción. Lo mismo sucede con otros rubros, como la alimentación o los laboratorios.

Alberto Fernández pasó de denunciar los efectos desindustrializadores del acuerdo de libre comercio con la Unión Europea a mostrarse predispuesto a avalarlo. El viraje es fácil de explicar. El acuerdo con el FMI y el repago del canje con los bonistas depende esencialmente de las exportaciones agrarias, principales beneficiarias de una baja de las barreras arancelarias. Sin embargo, la sequía de divisas en las arcas del Banco Central llevó al gobierno a fijar límites estrictos a las importaciones, aún a costa de agudizar la recesión industrial. Es en este cuadro que Bolsonaro «apoya» a la Argentina en la renegociación con el Fondo, mientras se vale de la ocasión para forzar la flexibilización del Mercosur. Más aún, al mismo tiempo el gobierno brasileño comunicó el fin del acuerdo de transporte marítimo entre ambos países, poniendo en jaque a todo el sector naval.

Vale considerar también que hay en curso una fuerte presión del capital financiero internacional por apurar las tratativas, contra la insinuación oficial de patear el acuerdo de un programa fondomonetarista hasta después de las elecciones legislativas. Es lo que muestra la caída de las acciones de empresas argentinas y la disparada del riesgo país, e incluso de los seguros contra default de los bonos soberanos recién reestructurados.

Como fuera, lo cierto es que si bien Brasil sigue siendo el principal socio comercial de la Argentina, la participación de China en el comercio exterior va en ascenso. El carácter colonial de esta relación es muy marcado, ya que el reino celeste es el destino del 10% de las exportaciones argentinas (materias primas), pero el origen del 20% de las importaciones (insumos industriales). Agreguemos que detrás de la decisión de Alberto Fernández de mantener privatizada la Hidrovía Paraguay-Paraná juega fuerte el lobby de un gigante chino por quedarse con la concesión de la arteria por donde sale casi toda la riqueza del país. Este es el mar de fondo de la crisis del Mercosur, cuando por lo demás la crisis capitalista genera una tendencia centrífuga contra los bloques comerciales (Brexit).

Así, toda la agenda que traerá este «amistoso» Bolsonaro a la cumbre del Mercosur es reaccionaria de punta a punta. Finalmente, arguye que se trata de adecuar la formalidad a la realidad. Lo cierto es que el presunto «mercado común» nunca llegó a constituir un ámbito de integración de la región, sino que se limitó a acuerdos aduaneros a medida de los sojeros, del capital financiero, los pulpos automotrices y de presión para la flexibilización laboral en distintos sectores de la industria.

Por todo esto, la llegada del facho carioca debe ser repudiada enérgicamente por los trabajadores argentinos, como forma de rechazar las tratativas antiobreras y coloniales que encierra la cumbre del Mercosur, y como denuncia a un gobierno que condena a Brasil -y con él a toda la región- a un bestial rebrote de coronavirus con una nueva cepa más letal y contagiosa, de la cual ya se identificaron dos casos en Argentina. El acercamiento de Alberto Fernández a Bolsonaro es también un salvavidas, cuando este se encuentra en el ojo de la tormenta por haber convertido a su país en el segundo con más muertes por la pandemia. Es preciso repudiar este contubernio.

30 años después del Tratado de Asunción que dio nacimiento al Mercosur, queda en evidencia como nunca la incapacidad de las burguesías nacionales de favorecer un desarrollo integrador de la región, por su subordinación al capital imperialista. En oposición, solo la clase obrera puede avanzar en una integración mediante una federación socialista de América Latina, cuyo punto de partida sea la nacionalización del comercio exterior y el repudio de la deuda externa usuraria.

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