03/09/2021

El hostigamiento policial en primera persona

Una breve crónica personal del candidato del FIT-U, Santiago Sposito.

Ilustración: Latuff (2013)

Este miércoles, luego de haber estado militando hasta tarde en Munro, me dirigí a tomar el colectivo 203. La parada está en Vicente López, sobre la avenida Maipú. Eran las 23 horas. Como es costumbre, el colectivo tardó dos horas: recién pasó a la 1 de la mañana. En esas dos horas en la parada, compartida con otros bondis, se vació en varias oportunidades; quedando solos otro pibe que esperaba el mismo y yo. A las 23:45 un móvil de la policía municipal que pasó bajando la velocidad en la parada tres veces (¡en 45 minutos!) se decidió a frenar.

Descendieron 2 policías, una mujer y un varón. Me pidieron documentos, me interrogaron sobre por qué estaba parado hace tanto tiempo ahí, de dónde venía, a dónde iba, de qué trabajaba, etc. Me requisaron la mochila, y al darse cuenta que nada tenía que me «incrimine», me “solicitaron” que me tomara otro bondi, o vaya a otra parada alejada de los comercios que estaban cerrando (precisamente una heladería Freddo que estaba justo en la parada). Se fueron. Ese móvil volvió a pasar cada 15 o 20 minutos hasta la 1 de la madrugada del jueves, que fue cuando pasó el 203. Siempre acechándonos de manera intimidatoria, bajando la velocidad en mi ubicación y la del otro joven laburante con el cual nos acompañamos en la espera.

Pero la historia no termina en la policía municipal de Vicente López.

A las 12 de la noche, otro móvil (en este caso de la policía bonaerense) frenó donde estábamos parados, bajo la lluvia, y nuevamente el mismo procedimiento. “¡Identificación!, ¿Qué hace a esta hora acá?, ¿de dónde viene?, ¿a dónde va?, ¿de qué trabaja?. ¡Abra la mochila!.

Otra vez sopa. Quince minutos después, la patrulla se va, pero antes el policía se ríe, y nos dice: “es rutina, muchachos”. Y tiene razón. En el conurbano, el hostigamiento y el verdugueo de la policía es una verdadera «rutina» que mortifica a la juventud. Usar campera deportiva y ser morocho para el aparato represivo es señal de delincuencia. Actúan con impunidad. Se aprovechan del miedo que infunden, y también del empoderamiento y encubrimiento que les brinda el poder del Estado. Acá no hay grietas. Kicillof bancó a Berni incluso luego de la desaparición seguida de muerte de Facundo Castro. Lo empoderó a más no poder, a tal punto que es su ministro estrella. Le financió todo lo necesario para dirigir hoy un auténtico ejército de la maldita y asesina Bonaerense.

Ese empoderamiento se replica en cada municipio, sean gobernados por el Frente de Todos, por la oposición macrista o por cualquier otro bloque patronal. En Tigre, donde gobierna el peronista Zamora, el COT acecha las calles arremetiendo fundamentalmente contra la juventud. Hace poco asesinaron a Franco Cardozo. En los municipios gobernados por la derecha, como Vicente López por Jorge Macri, su policía municipal se comporta en la misma dirección.

Si en plena avenida Maipú hostigan a los pibes, resta imaginarse lo que hacen en las barriadas más profundas del conurbano y en las villas. No hace falta imaginarlo, lo sabemos muy bien: verdugueo constante, hostigamiento, abusos de todo tipo, golpizas brutales, gatillo fácil, obligar a les pibes a chorear o «laburar» para el narcotráfico o para la trata. Sabemos muy bien de las andanzas de la policía y de la guerra que nos declararon a les jóvenes. Por eso nos organizamos, con la UJS y con la Juventud del Polo Obrero en cada barrio. Por eso estamos en cada lucha contra el gatillo fácil, contra la impunidad. Acompañamos a cada víctima, a cada madre, a cada familia, a cada grupo de amigos que perdió a uno de los suyos, de los nuestros, en manos de la maldita policía.

Lo que me tranquiliza es que crece la organización independiente y combativa de les pibxs, y los dueños del poder se ponen nerviosos. La masividad de la última marcha “de la gorra” nacional da cuentas de la combatividad y el nivel de organización juvenil en los barrios.

Más temprano que tarde se va a dar vuelta la tortilla. Las fuerzas represivas serán disueltas, y les jóvenes podremos habitar las calles sin el miedo a aparecer muertos o no aparecer jamás. Por eso luchamos, por todos, por los que están y por los que ya no. En estas elecciones, cuando de ambos lados de “la grieta” nos vienen a querer convencer, hay que recordarles que son defensores de un Estado represivo, que bancan y protegen los crímenes de las fuerzas mal llamadas de seguridad. No hay que votarlos. El único voto que les duele a los represores es al Frente de Izquierda – Unidad; porque es el único voto que no está manchado de sangre de pibes.