Políticas

24/11/2022|1658

El plan Massa tiene patas cortas

Sergio Massa.

El despertar de los dólares paralelos de los últimos días puso en jaque todo el esquema económico de Massa y encendió las alarmas sobre lo que puede convertirse en una nueva estampida cambiaria. La estabilidad cambiaria era una de las pocas cosas que podía festejar el tigrense, aunque se sostenía sobre la base de un aumento significativo de la tasa de interés que permitió una bicicleta financiera con enorme rentabilidad en pesos y en dólares. El final de esa “pax cambiaria” no debería sorprender a nadie, al contrario, es una manifestación esperable luego de no haber resuelto ninguno de los enormes desequilibrios económicos que azotan al país. La economía argentina es un campo minado, donde a cada paso se corre el riesgo de activar una explosión en cadena.

Lo que empieza a crujir no es solo el tipo de cambio estable, sino toda la política económica que trajo el expresidente de la Cámara de Diputados. Se trata de la aplicación de los elementos más ajustadores y ortodoxos del programa acordado con el FMI, al que Massa reconoce como la gran ancla que evita un estallido de la economía. Por eso profundiza el ajuste mediante la caída del gasto público en un 13%, el aumento de las tasas de interés (107% anual), la llegada del tarifazo o la devaluación oficial en el orden del 7% mensual. Un combo explosivo que Gabriel Rubinstein, el paladín técnico del ministerio, advirtió que, de salir mal, podría terminar en un Rodrigazo.

Es que la duda no está tanto en si se encenderá o no alguna de las mechas, sino cuál y cuándo. Resulta cada vez más evidente que los alambres con que se buscaron atar los problemas empiezan a ceder en el momento en que se profundiza la crisis mundial, se confirma la recesión global, y la suba de la tasa de interés en todo el mundo completa un escenario de tormenta perfecta.

En este contexto, la consultora Moodys puso el ojo en la deuda en pesos, señalando que puede comprometer la estabilidad macroeconómica y advirtiendo, al igual que el viceministro, sobre la posibilidad de que sea el desencadenante de una crisis general.

Recordemos que la primera medida importante de Massa como ministro había sido ofrecer un bono dual para despejar los vencimientos de los primeros tres meses de gestión. Para eso, había otorgado un bono dual que significó un negocio millonario para los acreedores ya que se garantizaba la mejor tasa entre la devaluación y la inflación.

Cumplido el periodo en cuestión, el refrito de las viejas ofertas ya no alcanzan para satisfacer a un sector del capital financiero que no está dispuesto a llegar a las elecciones como prestamista del tesoro y, probablemente, tampoco a conservar su cartera en pesos. De ahí que el plazo promedio de las colocaciones que sí pudo concretar sea de apenas dos meses, un plazo mínimo que patea la pelota para adelante, pero demasiado cerca.

Es justamente la baja tasa de roll over (la capacidad del tesoro de renovar los vencimientos) la que explica el fin del verano cambiario y el certificado de defunción del carry trade criollo. Hay sectores que a pesar de contar con altas tasas de interés deciden dolarizarse, lo cual deriva en el aumento del contado con liqui y le mete más presión a la inflación.

La bola de Leliqs (que ya representa más del 215% de la base monetaria) está íntimamente relacionada con todo esto, ya que en caso de no contar con financiamiento en pesos, será el BCRA el que salga a emitir para cubrir las necesidades de la administración pública y luego se valga de las letras para absorber toda esa nueva emisión a una tasa usuraria. De ahí que nadie descarte que el futuro gobierno diseñe algún mecanismo al estilo del Bonex para resolver la montaña de pesos que está en manos de los bancos y que compromete seriamente el funcionamiento de toda la economía.

De la sequía a la devaluación

Otro factor a tener en cuenta es el desmanejo cambiario, que ha llevado a dilapidar tres años consecutivos de superávit comercial en el pago de la deuda externa y el financiamiento de la fuga de capitales. En una economía primarizada como la nuestra, la cosecha cumple un papel fundamental en la generación de divisas, algo que se verá aminorado en unos 8.000 millones de dólares producto de la sequía.

Si la escasez de reservas ya era una de las preocupaciones principales del gobierno, la reducción de las exportaciones puede significar el cambio de una balanza superavitaria a una deficitaria, sobre todo cuando las importaciones de energía no serán reemplazadas por el gasoducto el próximo invierno.

El lanzamiento del dólar soja, una política a medida de los exportadores que retenían la cosecha, le trajo un alivio que duró un suspiro. Para colmo, a cambio de un adelanto de sus exportaciones, el gobierno emitió una suma billonaria de pesos, que también impactan en la inflación.

La sequía sería ahora la excusa perfecta para hablar de un segundo dólar soja y avanzar en un desdoblamiento cambiario que ya se da de hecho, ya que cada sector capitalista tiene su propio tipo de cambio y nadie opera al oficial. Ni estos parches, ni la devaluación del oficial al ritmo de la inflación despejan por un segundo la posibilidad de que ocurra un golpe de mercado o una corrida que produzca un salto cambiario, frente a un BCRA sin ningún poder de fuego para contrarrestarlo.

Aunque Massa intente mostrar el swap con China como el arma que le permitirá intervenir en el mercado de cambios, la realidad es que no cuenta con las divisas suficientes para hacer frente a ninguna ofensiva.

Por esta razón pisa las importaciones, a costa de no gastar los pocos dólares que tiene para otros fines. Esto profundiza la recesión y acentuará, a su turno, la búsqueda de la clase capitalista de descargar la crisis sobre los trabajadores con despidos , a la vez que significará el final del periodo de crecimiento del empleo sobre la base de salarios de miseria.

La inflación sin fin

De cara a la condiciones de vida de los trabajadores, no hay proceso confiscatorio más violento que el de la inflación descontrolada que venimos sufriendo desde hace años y que se ha ido totalmente de las manos. Más allá de que el gobierno pueda valerse de ella para licuar sus gastos y achicar el déficit fiscal, estamos frente a un peligro cierto de hiperinflación. Alcanzaría con que los bancos no renueven los vencimientos antes expuestos y se refugien en el dólar para que se desate una estampida que con toda seguridad se trasladaría a los precios.

De todas maneras, es claro que es la propia política del gobierno y su hoja de ruta trazada con el FMI la que echa leña al fuego inflacionario de la mano del aumento de los servicios públicos, la acelerada devaluación del dólar y una política de emisión monetaria que también colabora con el descalabro de precios.

Este es el escenario en que se ubican las posibilidades de una hiperinflación o un Rodrigazo, en medio de un gobierno agónico que depende de las revisiones trimestrales del FMI para saber si contará con un nuevo desembolso y así poder sobrevivir (o no) hasta la próxima auditoria y el próximo trimestre.

El papel del FMI en este contexto no puede soslayarse. Al contrario, es el principal factor en el que se recuesta el gobierno en su “plan aguantar”. En este marco, el imperialismo tiene el temor de que un estallido económico dé lugar a una rebelión popular y a una irrupción de la clase obrera en la crisis.

El Partido Obrero, en cambio, lucha por esa intervención de la clase trabajadora sin la necesidad de un nuevo estallido económico. El ajuste llegó hace rato y las ataques a las masas son cada vez mayores. Solamente una transformación económica de fondo, que parta del rechazo del pago de la deuda externa y ponga todo los recursos del Estado en función de los intereses mayoritarios podrá evitar que una nueva catástrofe económica se vuelque sobre nuestras espaldas.