Políticas

22/7/2026

La "campaña antiargentina": ¿Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen?

Festejos en apoyo a la Selección Argentina en el Obelisco.

Corría el mes de mayo de 1978 y mientras la dictadura ensordecía la radio y la TV con el hit mundialista “25 millones de argentinos, jugaremos el Mundial”, a 15 cuadras del Estadio Monumental las paredes de la Esma eran testigos sordas de la tortura y muerte a fuerza de picana.

Como en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, el deporte era utilizado para proyectar hacia el mundo la imagen de un país ordenado y en paz, ocultando detrás del espectáculo un régimen basado en el terrorismo de Estado. 

El Mundial de 1978 no era apenas un torneo más de fútbol. Formaba parte de una gigantesca operación política destinada a legitimar internacionalmente a una dictadura que había declarado una guerra contra la clase obrera y las organizaciones populares y revolucionarias.

Frente a esa operación propagandística nació en París, a fines de 1977, el “Comité para el Boicot de la Organización por la Argentina de la Copa del Mundo de Fútbol” (Coba), el cual estaba integrado por militantes de izquierda, activistas obreros exiliados en Europa y organizaciones de derechos humanos y referentes intelectuales de Francia. Su objetivo era visibilizar, aprovechando la exposición mediática del Mundial, las desapariciones y los crímenes de la dictadura tomando como blanco de denuncia a la Junta Militar a través de solicitadas, actos en diferentes países, interpelaciones a la Fifa y a diferentes selecciones nacionales, y la publicación de un periódico llamado L´Épique cuyo diseño parodiaba a un conocido diario deportivo francés. 

Para la dictadura militar, toda esta movilización popular de denuncia y solidaridad internacional con el pueblo argentino tuvo un solo nombre: “la campaña Anti Argentina”, que se extendió a diarios y revistas obsecuentes al régimen como la revista Gente o incluso en films como La Fiesta de Todos (Sergio Renan, 1979), un panfleto siniestro disfrazado de cine familiar. 

48 años después, y a tan solo 48 horas de finalizar el Mundial 2026, otra campaña había comenzado en el partido contra Egipto, ya no con la cadencia de los medios analógicos de antaño sino con la vorágine de un mundo digitalizado. Una campaña donde la solidaridad internacional entre los pueblos y la denuncia al terrorismo de Estado dio paso a los discursos de odio y de supremacía moral. Una campaña donde “el pueblo unido jamás será vencido” dio paso a “cada pueblo tiene el gobierno que se merece (y se le parece)”. 

Una campaña que enroló a propios y ajenos: desde Milei insultando a los hinchas y a la Selección Nacional por levantar las banderas por la soberanía nacional de las Malvinas hasta la propia progresía internacional.

Una progresía que hoy, en nombre de la empatía e incluso la causa palestina, reivindica la victoria de España, no como un hecho deportivo, sino moral contra “un país racista” donde el pueblo argentino es juzgado con la impostura de un VAR para nada imparcial. 

Tarjeta roja para los "sudacas" 

Apenas consumada la victoria española contra Argentina comenzó otra competencia. El terreno de juego ya no era el cuidado césped del New York/New Jersey Stadium sino la aspereza de las redes sociales, los programas de TV y las columnas de opinión. 

El triunfo deportivo fue rápidamente revestido de un contenido moral: España no solo había ganado un Mundial, sino que también había derrotado a una Argentina presentada intrínsecamente como racista, violenta y atrasada. La derrota pasó de ser un resultado pendiente del score a convertirse en una supuesta sentencia ética sobre todo un pueblo. 

La ofensiva no se limitó a cuestionar hechos puntuales o declaraciones individuales. Se construyó un relato donde la selección albiceleste, los hinchas y, por extensión, el conjunto del pueblo argentino fue presentado como la expresión de una sociedad esencialmente racista. Ese discurso fue amplificado por figuras públicas de distinto origen. El actor Samuel L. Jackson calificó a la Argentina como “uno de los países más racistas del mundo”; la congresista demócrata Jasmine Crockett vinculó el apoyo internacional a España con la supuesta historia racista del país; Mia Khalifa llegó a acusar a la Argentina de ser “antiárabe”; mientras que a estas voces se sumaron influencers, periodistas y miles de cuentas en redes sociales, incluso pertenecientes a sectores que reivindican la causa palestina.

Un convite a que la derecha se monte de ello para iniciar una campaña contra las movilizaciones en un mundial donde la denuncia contra el genocidio en Gaza estuvo presente en la cancha a través del DT de Egipto, Hossam Hassan, y del extremo derecho español, Lamine Yamal, como así también en las banderas palestinas en las tribunas marroquíes, iraníes y en el Obelisco tras el triunfo argentino ante los ingleses.

Pero el problema del discurso moral no reside en la hipocresía o el análisis unilateral de sus interlocutores, todos ellos pertenecientes a países con gobiernos que persiguen y deportan inmigrantes con el ICE, con referentes reaccionarios de peso político como Le Pen, Meloni, Vox, AfD; con las expresiones de islamofobia en España y Francia o los grupos de choque fascistas de los EE.UU. y Europa. Su mayor contradicción consiste en reemplazar el análisis histórico y el rol que cumple el racismo en la sociedad de clases por un mero juicio moral entre “naciones civilizadas versus naciones bárbaras”. El racismo así deja de ser entendido como un mecanismo introducido por la burguesía en el seno de los explotados, que reproduce la dominación de clase con el fin de dividir a los trabajadores frente a los patrones y al Estado burgués, y se limita a un atributo cultural de ciertos pueblos. 

En definitiva, esta campaña tampoco representa los intereses del pueblo trabajador de España. Los mismos trabajadores que enfrentan la crisis de la vivienda, la precarización laboral, el racismo institucional y el avance de la extrema derecha de Vox bajo el gobierno progresista y otanista de Pedro Sánchez no tienen nada que ganar con la demonización del pueblo argentino. Por el contrario, el internacionalismo proletario supone combatir las divisiones nacionales y unir a los explotados contras sus propias burguesías y gobiernos. 

El que no salta es un inglés 

Si el discurso del “país racista” convirtió a la Argentina en objeto de un juicio moral, la cuestión Malvinas terminó por revelar el contenido político de esa campaña. La exhibición de una bandera con el reclamo de soberanía sobre las Islas posterior al triunfo de la “Scaloneta” frente a Inglaterra desató una oleada de ataques que no tenían como objetivo denunciar supuestas actitudes discriminatorias. Pero también generó una inmensa avidez en internet, con un aumento del 2.400% de las búsquedas en portales digitales por conocer el reclamo histórico del pueblo argentino contra el imperialismo inglés e incluso que desde las páginas del periódico The Guardian se ponga en duda la ocupación británica.

La Fifa, aplicando su reglamento sobre mensajes políticos y discriminatorios, dispuso que no se permitan banderas y/o carteles con referencias a Malvinas dentro del estadio. Milei, a través de la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva, avaló la censura y desde la prensa burguesa nacional se inició una campaña de “despolitización” del propio partido pocos días después que el buque inglés HMS Medway invadiera aguas argentinas con el silencio cómplice de Cancillería y del ministro de Defensa Alberto Presti, el mismo que meses atrás calificó el ataque al ARA Belgrano en 1982 “fue un acto legítimo de guerra” del gobierno de Thatcher

El genuflexo proimperialismo del gobierno nacional no terminó ahí ya que después de la exhibición de la bandera de Malvinas en el partido, Milei calificó como “un berrinche de adolescente termo mononeuronal” a los hinchas y a la propia selección por expresar el apoyo hacia el reclamo de la soberanía nacional de las islas, reivindicando así las gestiones diplomáticas del gobierno como la única vía para la recuperación. Una impostura total cuando hoy la empresa israelí Navitas avanza a pasos firmes para comenzar a extraer petróleo de Malvinas en 2028.  

Mientras tanto, en Londres la respuesta no se hizo esperar como las provocativas declaraciones del primer ministro Laborista Andy Burnham, que sostuvo que “puede que la Copa del Mundo no sea nuestra, pero las Malvinas sin duda lo son”. Por otro lado, el diario sensacionalista The Sun se refirió hacia los jugadores y los hinchas con el peyorativo de “Argies”; el imperialismo inglés entiende que la ocupación colonial de las Islas cobra más vigencia en este contexto de guerra comercial y tensiones bélicas y más cuando su presencia allí implica un alto costo financiero. 

Incluso desde sectores de la izquierda norteamericana, como el escritor y referente de DSA (Socialistas Democráticos de América) y la revista Jacobin Bhaskar Sunkara, sostuvieron que la reivindicación de Malvinas era una consigna “propia de la dictadura”, un refrito de la absurda postura de Alan Woods sobre que la guerra de 1982 fue “un conflicto interimperialista entre Argentina e Inglaterra”. 

En definitiva, un trapo pintando con aerosol negro termino aportando mucho más a la causa por Malvinas que la “vía diplomática”.

La pelota no se mancha 

Definir a nuestro pueblo, más precisamente al pueblo trabajador, solo a partir de idealizar cualidades como la solidaridad, la calidez, la pasión e incluso la rebeldía constituye caer en el mismo error que hoy cometen nuestros detractores.

Existe en el imaginario colectivo una tendencia a presentar al pueblo argentino como una suerte de excepción histórica tanto para bien como para mal. Con el delirio de la historiografía liberal que hoy intenta reconstruir el relato de “la Argentina potencia de 1890”, pasando por la idea que “somos el mejor país del mundo”, hasta la fatídica “Argentina, país inviable”, se termina creyendo que los pueblos poseen una especie de esencia moral.

Los cánticos racistas de Qatar 2022 como “escuchen, corran la bola” o los acosos de hinchas argentinos a mujeres y adolescentes rusas en el Mundial de 2018 generaron un precedente en la intentona por vincular al pueblo argentino con el racismo y la violencia.

Pero no se puede obviar la deshumanización que se vive, donde ajuste tras ajuste la condición humana de los explotados es arrastrada a sacar lo peor de nuestro pueblo con el recrudecimiento de los casos de violencia de género, el abuso hacia las infancias, el destrato hacia los migrantes y las etnias de los pueblos originarios como así también la violencia hacia las disidencias sexuales, entre otras cosas.

Una violencia promovida desde el Estado, las cámaras empresariales, el periodismo alcahuete y la vasta granja de trolls y bots financiados con dinero público.

Expresiones reaccionarias como “planeros”, “polenteros”, “vagos” y “negros villeros” son la reproducción del odio de clase hacia las masas pobres y migrantes de una clase dominante, hoy ligada al gobierno de Milei. Una clase dominante que también encontró asidero en el gobierno del  Frente de Todos, con la exministra de Desarrollo Social (y hoy diputada kirchnerista) Tolosa Paz y su estigmatización hacia las madres piqueteras y las organizaciones sociales que hoy continúan combatiendo el ajuste y esta cruzada gorila compartida por liberfachos y el progresismo criollo.

Incluso las chicanas de tinte moral como “tres veces fueron a votar” -y que responsabilizan la irrupción de Milei a los votantes y no al peronismo por allanar el camino con su ajuste- deja entrever lo peor del conservadurismo y el “voto calificado”. 

Pero tampoco se pueden obviar las gestas emancipadoras de nuestra historia: el Cordobazo, la lucha contra la dictadura militar, la conquista de los Juicios a las Juntas, la irrupción del movimiento piquetero, la lucha estudiantil por la defensa de la educación pública, el Argentinazo del 2001, la lucha contra la tercerización laboral y contra las patotas de la burocracia sindical, la recuperación de los sindicatos, la Marea Verde que conquisto el derecho al aborto libre y gratuito, etc. Gestas que muchos pueblos del mundo admiran. 

No hay duda de que los pueblos son un terreno de lucha en donde conviven tendencias reaccionarias y emancipadoras cuyos desarrollos dependen de las condiciones materiales y de la lucha política. Una lucha política de la clase obrera plagada de conquistas, pero aún más de derrotas y traiciones. Muchos explotados del mundo admiran nuestra capacidad de resistir. 

Y a pesar de esta "campaña", en este último mundial vimos la casaca albiceleste no solamente en las ciudades y pueblos de nuestro país, sino también en las calles de Bangladesh, Indonesia, Líbano, Gaza, Escocia, Irlanda, Gales y muchos otros lugares del mundo. 

El mundial finalizó y es difícil disimular el sabor agridulce de la derrota. Una derrota que, parafraseando una frase atribuida a Borges, tiene “una dignidad que la ruidosa victoria no merece”. Pero como rezaba la tapa de la Prensa Obrera 758, publicada en medio de la eliminación de la selección del Mundial Corea-Japón de 2002, “el partido que importa se juega en la Argentina”. Y el rival que toca eliminar no usa camiseta de fútbol sino una banda presidencial: Milei.

El “apagón” de Milei (shutdown)
El “apagón” de Milei (shutdown)
Al servicio de la deuda, antagónico y funcional al de Estados Unidos. -
prensaobrera.com
Lo que el Mundial nos dejó
Lo que el Mundial nos dejó
Editorial de 14 Toneladas T3E22. -
prensaobrera.com