30/11/2020
Relato

Para los economistas K, el ajuste «es un fantasma»

A propósito de una columna de Alfredo Zaiat.

En una columna dominical titulada «El fantasma del ajuste» publicada en Página 12 (22/11), Alfredo Zaiat intenta fundamentar que el gobierno de Alberto Fernández va en un sentido contrario al rumbo ajustador que exige el establishment. Para hacerlo no solo recurre a vericuetos ideológicos en nombre de supuestas «evidencias históricas», sino que abiertamente falsea cualquier procedimiento elemental de análisis económico. En realidad, el fantasma que verdaderamente asusta a este vocero privilegiado de Cristina Kirchner es la reacción popular que pueda desatarse.

Por eso Zaiat desmerece, sin nombrarla, las críticas de la izquierda a la orientación oficial, diciendo despectivamente que «algunos piensan que cualquier medida siempre será un ajuste –no una revolución- permanente», ya que «forman parte de una opción política invariable». Lo que ignorarían estos críticos es que «la evidencia histórica» revela que los gobiernos nacionales y populares «impulsan políticas expansivas» y «eluden el ajuste como columna vertebral de la gestión». Aquí está la premisa fraudulenta de la que parte el columnista, y el kirchnerismo, porque las «políticas expansivas» del actual gobierno consisten precisamente en beneficios al capital a costa de confiscar al pueblo trabajador.

Pero las clases sociales no existen para este economista, solo «establishment» y «modelos económicos» presuntamente antagónicos. Es una presentación interesada de quien escribe por orden de la vicepresidenta, es decir como escriba del Estado. Veremos que esta metodología no conduce a ningún lugar.

Jubilados

La mayor parte del artículo está dedicada a intentar explicar que no hay un ajuste sobre las jubilaciones. En este plano, alecciona que «la clave pasa por distinguir entre políticas que buscan mejorar su situación relativa o las que pretenden reducir el gasto previsional». Que así sea.

Para Zaiat el «largo proceso de reconstrucción del sistema previsional desde 2003 fue demolido en cuatro años de macrismo». En cambio, en estos meses de gobierno de Alberto Fernández «los jubilados recibieron bonos para mejorar un poco sus ingresos y aumentos por decretos que en el caso de la mínima superan en total a la inflación acumulada». Más aún, subraya que «cualquier análisis riguroso reconoce que la fórmula de movilidad propuesta puede mejorar el haber por encima de la inflación, siendo superior que la de Macri».

Es lisa y llanamente un fraude. Entre los números que arroja este economista que se precia de riguroso, evita hacer la comparación más elemental de la que tiene que partir cualquier análisis real: cuánto hubieran cobrado los jubilados con la fórmula suspendida y cuánto cobraron efectivamente. Si hiciera este procedimiento básico, Zaiat se encontraría con que el gobierno actual confiscó 100.000 millones de pesos presupuestados para el pago de haberes y que los aumentos por decreto se ubicaron entre un 7% y un 17% por debajo de lo que hubiera correspondido por la fórmula de movilidad de 2017. Según los cálculos de la abogada previsionalista Andrea Falcone, por este motivo los jubilados sufrieron una pérdida de entre 1.000 y 18.000 pesos mensuales. Esta pérdida es acumulativa, porque las nuevas actualizaciones se calcularán sobre haberes ya deprimidos.

Es decir que el gobierno redujo el gasto previsional a costa de los jubilados, cuando el 85% percibe ingresos por debajo de la mitad de la canasta básica de la tercera edad, la cual roza los 50.000 pesos. Agreguemos que el columnista finge ignorar que Martín Guzmán rifa el patrimonio del FGS malvendiendo sus títulos de deuda para achicar la brecha cambiaria, y que se desplomó la recaudación previsional por las incontables exenciones a las contribuciones patronales. Esto y las paritarias a la baja -entre las cuales las del Estado fueron de las peores-, prefiguran que el robo previsional recién empieza, porque son los índices sobre los cuales se calcularía la movilidad con la nueva fórmula.

Tal vez peor sea el verso del «proceso de reconstrucción del sistema previsional» bajo el kirchnerismo. Es una afirmación que falta a la verdad, porque Cristina se vio obligada por la Corte a sancionar una ley de movilidad luego de que cientos de miles de jubilados ganaran juicios al Estado por los prejudiciales aumentos por decreto de Néstor Kirchner y sus antecesores. Agreguemos que, luego, la actual vice vetó la ley de 82% móvil, mientras empapelaba la caja de la Anses para pagar deuda externa. Estamos ante un vil intento de borrar el pasado y falsear el presente.

Lo que este verso busca encubrir es que, al final del camino, el gobierno Alberto Fernández y el kirchnerismo en particular comparten el principio «neoliberal» del Banco Mundial y el capital financiero de escindir a las jubilaciones de la remuneración de los trabajadores en actividad, convirtiéndola de un salario diferido en una pensión a la vejez. La defensa absurda que hace Zaiat de la nueva fórmula que quiere sancionar el gobierno lo coloca en el terreno de quienes se oponen a que la jubilación refiera a un porcentaje del cargo testigo del trabajador, y por ende a los aportes realizados durante toda su vida laboral.

El artículo con el que aquí polemizamos destina también algunas menciones a maquillar la ejecución presupuestaria. Sostiene que en relación al PBI el presupuesto público ejecutado este año se ubica unos 6 puntos porcentuales por encima del año pasado, cuando el producto bruto se contraerá más de un 12%, es decir que fue menor en términos absolutos.

También habla de que el gobierno desplegó una red de emergencia ante la pandemia, y cita como ejemplo que los beneficiarios de asignaciones familiares y universales recibieron un bono… de 3.100 pesos en marzo. Evita presentar porcentajes, pero confiesa que para el año próximo el presupuesto asignado a este rubro sube un 25% cuando la inflación podría duplicar ese monto y mientras el universo de beneficiarios se incrementará entre un 8% y un 12%. Para colmo, ni siquiera se anima a criticar la eliminación del mísero IFE, de 5.000 pesos mensuales, sino que considera como un «error no forzado» el hecho de que los funcionarios no envaselinaran la noticia con el anuncio de que habría un pequeño bono a fin de año para quienes cobran programas sociales.

Neoliberalismo versus nacionalismo

Zaiat reconoce las pésimas condiciones sociales y laborales en el país, pero lo justifica con que la economía argentina «arrastra la crisis macrista que el coronavirus profundizó». Sostiene luego que «el endeudamiento desaforado y el reingreso del FMI en la economía local serán una carga pesada que la condicionará en los próximos años. Deducir de esta situación dramática que las medidas de reparación (…) son parte de un plan de ajuste es otra muestra más de la persistente estrategia de confusión deliberada». Lo que el economista progre es incapaz de preguntarse es: ¿Por qué tenemos que cargar por años con esta «pesada carga»? Es decir, no se le cruza por la cabeza una ruptura con el Fondo Monetario para priorizar el desarrollo del país, partiendo del repudio una deuda fraudulenta.

En realidad, sin animarse a explicitarlo, intenta presentar que es posible rescatar la deuda fraudulenta con el FMI y el capital financiero sin ajustar a las familias trabajadoras. No le queda otra, porque la propia Cristina Kirchner se ha jugado a fondo por un acuerdo con el organismo internacional. Como ella no se engaña a sí misma, sostiene que para ejecutar un programa fondomonetarista es necesaria una unidad nacional… con los neoliberales de Juntos por el Cambio y los CEOs de las «corpos» de Clarín y Techint. Este acuerdo se ha convertido en el discurso oficial no ya en una «pesada carga», sino en la carta de salvación de la economía nacional, según las palabras de Alberto Fernández.

Por eso Zaiat queda en ridículo cuando concluye que «los experimentos neoliberales dejan una estela de larga duración», como se vería en que «todavía se sigue padeciendo la desestructuración productiva en los años de la dictadura cívico-militar y la privatización de servicios públicos básicos durante la década del noventa». Confiesa con ello que los experimentos nacionalistas no desarrollaron las fuerzas productivas de la nación y peor aún rescataron a las privatizadas con miles de millones de dólares en subsidios sin transformar el esquema. La presunta «larga estela» no es más que el resultado de la capitulación del nacionalismo burgués.

Este límite de clase es lo que refuta el antagonismo que pretende trazar entre «neoliberales» y «nacionales y populares». Finalmente, Alberto Fernández y Martín Guzmán recurren ahora a los principios «ortodoxos» de reducir la emisión monetaria con deuda y ajuste del gasto público, de valerse de la inflación para licuar los salarios, bajar las retenciones y otorgar beneficios fiscales al capital, todo en función de un «plan plurianual» para pagarle al Fondo. Macri, de hecho, tuvo que recurrir a medidas intervencionistas cuando se desmadró la economía, como el establecimiento del cepo cambiario, congelamiento de las naftas y reperfilamiento de los vencimientos de deuda. Cuando Néstor Kirchner era gobernador de Santa Cruz jugó un papel clave en la privatización de YPF; y cuando dos décadas después Cristina expropió las acciones de Repsol fue para asociar a la petrolera nacional con la multinacional yanqui Chevron. ¿Cómo define a eso Zaiat?

No hay entonces ninguna separación de principios, sino el interés de la misma clase capitalista que ora requiere intervención estatal y ora liberalismo. ¿O la UIA y los pulpos petroleros no reclaman ahora subsidios de los fondos públicos? Las mismas patronales que apoyaron a Macri se volcaron luego a un recambio político tras su rotundo fracaso. Por regla general, los capitalistas no defienden ninguna concepción ideológica que vaya más allá de su bolsillo, y por eso es una clase social camaleónica en términos políticos. Baste recordar que fue el economista «neoliberal» de Columbia, Guillermo Calvo, quien se declaró en plena campaña electoral partidario de un gobierno kirchnerista para poder ejecutar el ajuste con menos temor a una reacción popular. Tal vez sean las lecciones que dejó el fugaz paso por el gobierno del ajustador López Murphy en 2001.

En definitiva, es ese el mismo fantasma al que teme este economista cristinista. Finalmente, el objetivo estratégico que se trazó Néstor Kirchner al asumir la presidencia fue «reconstruir» a esa burguesía nacional que brega por hacerle pagar el ajuste a los trabajadores y tan sumisa ante el gran capital financiero internacional. Es una cuestión de clase. Por eso solo la clase obrera puede dotar al país de una perspectiva antagónica, sobre las bases de expropiar al capital, criollo y extranjero, en función de un plan de desarrollo económico y social que ponga fin a tanta décadas de hambre y saqueo.

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