5/11/20264 min lect.

Juventud precarizada y salud mental: las consecuencias de la explotación capitalista

Por el acceso a la salud mental pública y trabajo con derechos, vamos al Plenario Nacional de la UJS el 28 de noviembre.

Imagen: archivo

En la Argentina, las políticas criminales de hambre y miseria a las que nos está llevando el gobierno de Milei están exponiendo una realidad inocultable: una de las principales preocupaciones de los jóvenes es la supervivencia económica. Los datos son evidentes: el 68,3% de los jóvenes trabajamos en la informalidad y el 28,5% trabaja en rubros con jornadas de más de 12 horas, y aun así no llega a fin de mes. Salarios bajísimos y jornadas interminables que nos dejan sin tiempo para estudiar, descansar o vivir. Es inevitable que esta precariedad impacte de lleno y de forma devastadora sobre la salud mental.

Un relevamiento realizado por el Instituto Periferias en distintos barrios populares del país reveló que los principales indicadores son la incertidumbre, el agotamiento, el estrés y la ansiedad. Según una investigación de la UBA de julio de este año, el 50% de la juventud de este país es vulnerable. Sin embargo, el dato más crudo revela el vaciamiento y la exclusión social a la que empuja este sistema: la mitad de los jóvenes no cuenta con ningún tipo de cobertura médica y 8 de cada 10 pibes nunca pudieron atenderse con un psicólogo. La salud mental, convertida en un servicio para quien pueda pagarlo y no en un derecho, choca contra un Estado capitalista que viene desmantelando desde hace años los dispositivos y efectores de salud mental, que satura a los profesionales, que cierra residencias como las Risam; mientras que en los barrios y en los lugares de estudio no existe ninguna red de contención ni una agenda transversal real que atienda el sufrimiento social y los padecimientos.

Es ahí donde aparecen los padecimientos de salud mental en el mundo del trabajo, como el llamado burn out, el estrés laboral, el desgaste mental producto de la sobrecarga de tareas, entre otros. El trabajo capitalista, marcado por la dictadura de la patronal, deja huellas en los cuerpos de los trabajadores. Las jornadas interminables y la presión gerencial tienen su correlato en el insomnio, las cefaleas, los mareos y los dolores musculares, y en el consumo creciente de sustancias como estimulantes, alcohol o psicofármacos como única forma de aguantar el día a día antes de colapsar o renunciar, configurando una respuesta defensiva ante las exigencias extremas y la violencia de las condiciones de trabajo contemporáneas.

Esta catástrofe psicológica y social no es una fatalidad ni un problema individual: es el correlato directo de la precarización laboral extrema. La flexibilización, el trabajo informal, los salarios de miseria y la desocupación golpean fundamentalmente a las nuevas generaciones, condenadas a la informalidad y a la imposibilidad de proyectar el más mínimo futuro. Trabajar sin derechos, sin aportes y bajo la amenaza constante de la pobreza desdibuja cualquier proyecto de vida y pulveriza el bienestar psíquico.

Y mientras la crisis social se profundiza, la respuesta del gobierno, con Milei y Bullrich a la cabeza, avanza en el mismo sentido destructivo: arremete contra los derechos conquistados, atacando y reformando la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 para profundizar la mercantilización, los negocios privados de las corporaciones, la lógica manicomial y el encierro compulsivo. Esta reforma obtuvo media sanción en el Senado gracias a los votos de los radicales, mientras que la presentación de un proyecto de minoría de tres legisladores peronistas habilitó su tratamiento en el recinto. Sin esa colaboración, el oficialismo no contaba con mayoría para discutirlo. Si algo caracterizó a todos los gobiernos, fue el ajuste en salud mental. Ninguno llegó al piso legal del 10% del presupuesto, los centros de atención comunitaria no alcanzan y las condiciones laborales del personal son pésimas. En la práctica, las familias terminan enfrentándose solas a un sistema colapsado y a la no implementación efectiva de la ley. Ahora es el gobierno el que quiere valerse de eso para imponer una reforma reaccionaria mientras sostiene un ajuste histórico a la salud.

Los gobiernos capitalistas son incapaces de garantizar un futuro a la juventud y una vida digna al conjunto de los trabajadores porque son sostenedores de un régimen social en el que una minoría social capitalista se beneficia a expensas de la mayoría de la población. La juventud trabajadora, los estudiantes y los precarizados tenemos que organizarnos para cambiarlo todo. Nos quieren aislados y adormecidos para que siga el curso del ciclo de vida capitalista “vivir para trabajar”, mientras se roban nuestro tiempo libre, nuestro derecho al ocio y al descanso y nuestro futuro. Con un régimen que promueve la individualización, la salida es colectiva. Lo que nos sostiene es el lazo con el otro. Es volver a encontrarnos en comunidad, es lo que los trabajadores en el 2001 transformaron en asambleas masivas.

Quienes nos formamos como futuros profesionales de la salud tenemos que ponernos en estado de alerta y movilización para defender los derechos conquistados en la Ley 26.657, conquistar el presupuesto necesario y construir una política de salud mental pública, gratuita, interdisciplinaria y al servicio de las mayorías trabajadoras. La juventud de este país se tiene que unir a las rebeliones del mundo. Por eso, este 28 de noviembre vamos con todo al Plenario Nacional de la Unión de Juventudes por el Socialismo (UJS) para construir una juventud de izquierda, revolucionaria y socialista para enterrar a los fachos y sus cómplices.

Abril Viladrich

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