Aniversarios
15/5/2026
A 78 años de la Nakba, sigue la colonización criminal al pueblo palestino
El 15 de mayo se recuerda la expulsión forzada de 750.000 palestinos, la destrucción de más de 530 aldeas y las masacres sistemáticas del sionismo entre 1948 y 1949.

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El derecho a retornar se ilustra con una llave, testimonio de las familias que fueron desplazadas.
El 15 de mayo se recuerda la Nakba (catástrofe, en árabe) sufrida por el pueblo palestino a manos del sionismo entre 1948 y 1949. Se trata de la expulsión forzada de más de 750.000 palestinos, la destrucción de más de 530 aldeas, la masacre sistemática de poblaciones civiles. No fue el resultado imprevisible de una guerra sino un plan colonial implementado desde fines del siglo XIX. El derecho a retornar a las casas y territorios de los que fueron expulsados es la consigna central de esta fecha y se ilustra con la imagen de una llave que muchas familias tienen aún en su poder, como testimonio de que fueron desplazadas, mediante la violencia, de sus propios hogares.
Como resultado de la acción colonial impulsada por el sionismo, el pueblo palestino se distribuye entre unos 7 millones que viven en la diáspora, 3 millones en Cisjordania, 2 millones en Gaza y otros 2 millones viven en Jerusalén del Este y en el resto del territorio colonizado en el '48.
La narrativa sionista oficial sitúa 1948 como punto de origen, cuando se produce la fundación del Estado de Israel, meses después de que la ONU determinara la partición del territorio palestino. Para 1947 los colonos judíos poseían el 7% de la tierra palestina. El Plan de Partición de la ONU les adjudicó el 56% y apenas dos años después controlaban el 78% del territorio ocupado. Pero el proceso de desposesión colonial comienza cuatro décadas antes.
Desde las primeras oleadas de inmigración organizada de fines del siglo XIX el movimiento sionista, financiado por el Fondo Nacional Judío y respaldado por el imperialismo británico desde la Declaración Balfour de 1917, avanzó sobre un territorio habitado mediante la compra compulsiva de tierras, la expulsión de campesinos y la construcción de una infraestructura política y militar paralela al poder colonial. La empresa de aguas israelí Mekorot, que cumple un rol fundamental en la implementación del apartheid, tiene su origen en 1937, once años antes de la fundación del Estado. La Haganá, formada en los años '20, es el antecedente directo al propio ejército israelí.
El historiador Ilan Pappé, en La limpieza étnica de Palestina, establece con documentación de archivos israelíes desclasificados que el Plan Dalet, adoptado por la Haganá en marzo de 1948, fue "un plan maestro para la operación ofensiva que incluía la destrucción de aldeas palestinas y la expulsión de sus habitantes, redactado meses antes de la declaración del Estado".
Quién es el terrorista
El 9 de abril de 1948 Irgún y Lehi, organizaciones paramilitares sionistas, masacraron a unos 150 civiles palestinos en la aldea de Deir Yassin. El objetivo no era sólo matar sino que, mediante la difusión de la masacre, ejecutaron un desplazamiento masivo utilizando el método del terror. Lo más ajustado a una definición de “terrorismo” fue ejecutado por entonces de la mano del movimiento nacionalista sionista, a pesar de que el relato haya instalado la idea de que el terrorismo sería un atributo propio del mundo árabe o persa y en particular de la práctica de organizaciones musulmanas.
El Irgún era comandado por Menachem Begin, quien sería luego primer ministro de Israel y premio Nobel de la Paz en 1978, un premio que está muy lejos de premiar acciones pacíficas. El Lehi (Lohamei Herut Yisrael, “combatientes por la libertad de Israel”) fue una ruptura de Irgún de 1940 comandada por Avraham Stern. Estos sectores pertenecientes al sionismo revisionista desde hacía años implementaban métodos de terror contra la población árabe nativa.
Hannah Arendt advertía ya en su ensayo de 1944 Zionismo reconsiderado sobre el peligro del nacionalismo étnico como proyecto político. Señaló que la construcción de un Estado sobre la exclusión de una población nativa reproducía exactamente la lógica que había perseguido a los judíos en Europa. Para Arendt la Nakba fue el resultado coherente de la modernidad colonial: desposesión sistemática, expulsión masiva, negación de humanidad.
En 1948 la historiadora judía impulsó una carta que fue publicada en The New York Times con importantes firmas como las del propio Albert Einstein, ante la visita de Menachem Begin de Irgún a los Estados Unidos. En ella denunciaron que el partido de Begin (el Tnuat Haherut, heredero del Irgún y en el cual también se diluyó el Lehi) era "estrechamente afín en su organización, métodos, filosofía política y atractivo social a los partidos nazi y fascista" (NYT 4/12/48).
Esta caracterización de Arendt tiene una explicación clara: en 1941 el grupo Lehi había llevado adelante reuniones con los nazis con quienes consideraba tener el objetivo común de buscar el desplazamiento de la población judía desde Europa hacia el territorio palestino. La búsqueda de un acuerdo entre el sionismo revisionista y el nazismo fue documentada y desclasificada por historiadores de los archivos diplomáticos alemanes y británicos.
La conformación de la Haganá (“la defensa”, en hebreo) en los años '20, que jugó un rol fundamental en alianza con el mandato británico ante el levantamiento palestino del '36 al '39 y luego la acción terrorista de Irgún y Lehi (reunificados para 1948) que impulsaron la alianza con los nazis alemanes en los '40, fueron fundamentales para hacer el trabajo sucio que abrió paso a la Nakba y para el proyecto político del sionista laborista Ben Gurión.
La Nakba fue seguida de una gran campaña para que el sionismo ocupara el territorio colonizado. Para esto recurrieron a variadas acciones, entre ellas los atentados de falsa bandera en otros países para provocar la migración judía hacia Palestina. Entre 1950 y 1951 una serie de atentados bomba contra objetivos de la comunidad judía en Bagdad, una sinagoga, una cafetería frecuentada por judíos, la oficina de la agencia cultural estadounidense USIS, entre otros, generaron pánico y forzaron la emigración masiva hacia Israel de más de 120.000 judíos iraquíes que llevaban siglos en Mesopotamia y no tenían ninguna vinculación política con el sionismo. Años después de ejecutada la acción, agentes sionistas que rompieron con el movimiento y con el Estado, y otros historiadores, confirmaron la estrategia de recurrir a atentados de falsa bandera en Irak para producir la migración árabe judía hacia el territorio ocupado.
Los judíos mizrajíes de Irak, Yemen, Marruecos y Egipto no emigraron a Israel por convicción sionista. Fueron expulsados de sus propios países mediante operaciones encubiertas. Esta realidad desafía tanto la narrativa del "retorno voluntario" como la homogeneización étnica y política del judaísmo que el sionismo necesita para legitimarse. Además de la pelea demográfica, el sionismo perseguía el objetivo de crear una competencia de mano de obra desocupada judía que apuntara a reemplazar en el largo plazo a la clase obrera palestina. Desde aquel momento a la actualidad los mizrajíes sufrieron siempre el estigma y la discriminación dentro de la propia sociedad israelí, que los clasificaba como “judíos de segunda”, intentando borrar sus tradiciones árabes y negar sus similitudes y convivencia de siglos en otros países con musulmanes y cristianos árabes.
La organización israelí de derechos humanos B'Tselem publicó en enero de 2021 uno de los informes más contundentes de la historia reciente: "Un régimen de supremacía judía desde el río Jordán hasta el Mar Mediterráneo: esto es apartheid." Su conclusión fue taxativa: "El resultado final es que en todo el territorio bajo control israelí existe un régimen único cuyo objetivo es consolidar el dominio judío. Este régimen es apartheid". Amnistía Internacional y Human Rights Watch llegaron a las mismas conclusiones en 2022.
Los esfuerzos sionistas por darle un sentido y justificación a una historia colonial criminal los ha llevado a silenciar a los historiadores palestinos y a inventar hechos, robar tradiciones culturales, tradiciones e incluso a inventar hallazgos arqueológicos para justificar la faena sionista en la zona. En una reciente compilación llamada Palestina, anatomía de un genocidio la directora del Instituto de Estudios Árabes de Colombia, Odette Yidi, pasa revista del “genocidio cultural” al que recurrió Israel para complementar la efectividad del etnocidio. En esta construcción cultural el pueblo palestino fue desapareciendo incluso nominalmente para formar parte de una amalgama de nominación “árabe” destinada a colaborar con la desaparición del pueblo nativo de los territorios ocupados, bajo el concepto de que lo que no se nombra no existe, y que Israel practica a fondo evitando nombrar ni más ni menos que a una población de unas 15 millones de personas.
Para la filósofa judía profesora de la UNAM, Silvana Ravinobich, el sionismo "utiliza el sufrimiento judío como coartada para una empresa de apropiación territorial en la que el colonizado palestino es borrado dos veces: de su tierra y de la historia".
La continuidad entre la expulsión de 1948 y la ocupación actual con más de 700.000 colonos en Cisjordania y Jerusalén del Este, el cerco genocida sobre Gaza, la demolición sistemática de aldeas beduinas expresa el esfuerzo colonial de Israel pero también muestra la persistente resistencia del pueblo palestino por preservar su tierra, su identidad, su cultura y su derecho a la existencia.

Del río al mar
El sionismo, que ha llevado adelante una limpieza étnica sistemática que se ha profundizado en estos últimos dos años y medio, pretende instalar una retórica hipócrita donde la consigna "Palestina libre desde el río hasta el mar" es presentada como una consigna que busca un llamado a un exterminio racial antisemita y persigue incluso judicialmente a quienes la levantan en diferentes partes del mundo. Nada más lejos de la verdad que esta interpretación manipuladora.
El proyecto colonial sionista es quien hoy ocupa, "desde el Río Jordán al Mar Mediterráneo” mediante el método del colonialismo de asentamiento, el territorio palestino que pertenecía a una población nativa prexistente. Incluso su proyecto colonial no queda restringido a los límites territoriales “del río al mar”, ya que desde hace años Israel ocupa parte del territorio sirio, los Altos del Golán y hoy se encuentra implementando una limpieza étnica también en el Líbano con la expectativa de constituir el “Gran Israel” que según los propios sionistas tiene por objetivo quedarse los territorios nombrados más Jordania y buena parte de Arabia Saudita.
El sionismo no puede comprenderse fuera de la matriz del colonialismo moderno europeo que se construye desde finales del siglo XIX, del que forma parte y en tal sentido está inscripto dentro de los movimientos políticos recientes de la historia contemporánea y cuyo origen no es una concepción religiosa. Ser antisionista es estar en contra del colonialismo de asentamiento y del régimen político y social que se desprende de él. Ser antisionista no tiene nada que ver con ser judeófobo o antisemita.
La lucha por terminar con el colonialismo y el genocidio a los palestinos requieren de una batalla en todos los terrenos. Recuperar la verdad histórica que ha sido silenciada y tergiversada por el sionismo judío, el cristiano y todos sus aliados es clave para librar esta batalla central.
A 78 años de la Nakba, ¡movilicemos por el derecho al retorno y una palestina única, laica y socialista, desde el río hasta el mar!





