Aniversarios
11/9/2026
El 11S y la verdadera naturaleza de la "guerra contra el terrorismo"
25 años del atentado contra las Torres Gemelas.

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Los atentados contra las Torres Gemelas y el edificio del Pentágono, de los cuales este viernes 11 de septiembre se cumplen 25 años, fueron el punto de partida de la llamada “guerra contra el terrorismo” que Estados Unidos lanzó a nivel global. ¿Qué conclusiones se pueden sacar hoy de ese proceso?
En el sitio web de la revista Foreign Affairs, una publicación ligada al establishment militar y de inteligencia norteamericano, la directora del Instituto de Estrategia y Tecnología de la Universidad Carnegie Mellon de Pensilvania, Andrey Kurth Cronin, escribió un balance al respecto que más parece un intento de consuelo. A veinticinco años de los hechos, dice, “el terrorismo no ha cesado, el jihadismo no ha desaparecido, y la guerra de Estados Unidos-Israel en Irán puede encender un mayor sentimiento antiamericano. Pero el grupo que atacó el 11/9 está terminado”. Y esto con matices, puesto que el artículo reconoce que, aunque Al Qaeda como tal ya no existe (su líder, Osama Bin Laden, fue asesinado por un comando yanqui en Pakistán en 2011), en Asia y Africa hay grupos que asumieron su nombre. Y en Afganistán, los talibanes –que fueron derrocados por Estados Unidos en 2001, pero volvieron al poder dos décadas después- aún protegerían al “jihadismo” dentro de su territorio.
Según Cronin, Estados Unidos cometió un error imperdonable en su estrategia tras el 11S. En vez de acotar la guerra a Al Qaeda, lanzó una guerra generalizada contra el “terrorismo” global. A tal efecto, la autora cita la autorización de guerra del 14 de septiembre al presidente George Bush por parte del parlamento, que ni siquiera menciona a la organización que dirigía Osama Bin Laden. Lo que hizo el parlamento fue facultar al presidente “a usar toda la fuerza necesaria y apropiada contra aquellas naciones, organizaciones o personas que él determine que planearon, autorizaron, cometieron o ayudaron a los ataques terroristas ocurridos el 11 de septiembre de 2001, o que dieron refugio a dichas organizaciones o personas, a fin de prevenir futuros actos de terrorismo internacional contra Estados Unidos”.
Días más tarde, Bush puntualizó que “nuestra guerra comienza con Al Qaeda, pero no se termina ahí”. En Irak, invadido por la Casa Blanca en 2003, Al Qaeda ni siquiera existía, recuerda Cronin, y la incursión yanqui fue una de las razones por la que terminaría surgiendo, años más tarde, el Estado Islámico. Otros grupos similares a Al Qaeda cobraron (hasta nuestros días) gran fuerza en el Sahel y otros puntos del continente africano.
Desde el punto de vista de Cronin, al no declarar la guerra a una organización, sino a un método (el terrorismo), empleado por actores muy disímiles, Estados Unidos no tenía ninguna posibilidad de ganar la batalla. Pero, más allá de la validez o no de esta conclusión, lo verdaderamente importante es dilucidar por qué Bush pidió (y consiguió) un cheque en blanco para llevar la guerra adonde quisiera –no sólo contra Al Qaeda-, con las consecuencias calamitosas que eso tuvo.
La “guerra contra el terrorismo” fue una operación del imperialismo yanqui para profundizar su dominio económico y territorial, especialmente en Asia Central. Por eso mismo, exigía una autorización de carácter general, como la que hoy lamenta la columnista de Foreign Affairs. Hacía a la naturaleza de sus propósitos. El “terrorismo” y la “libertad” eran, sencillamente, pretextos.

Al frente de una coalición imperialista, Estados Unidos invadió Afganistán en 2001 y, si bien derrocó en tiempo récord a los talibanes, terminó empantanado en el terreno y debió retirar sus tropas veinte años más tarde. El conflicto, que involucró a administraciones republicanas y demócratas, dejó alrededor de 200 mil muertos.
Dos años después de la invasión de Afganistán vino la invasión de Irak, rigurosamente preparada con el argumento falso de las supuestas armas de destrucción masiva que poseía el régimen de Saddam Hussein. Aquí se repitió algo parecido a lo de Afganistán. La Casa Blanca derrocó rápidamente al gobierno de Hussein, pero también terminó empantanada, dado que no pudo estabilizar el país bajo su égida. Más de medio millón de personas murieron entre 2003 y 2011 por esta guerra. El lobby petrolero jugó un rol fundamental en la invasión.
La otra pata de la “guerra contra el terrorismo” lanzada por Bush fue el cercenamiento de las libertades democráticas dentro de Estados Unidos y la ampliación del espionaje interno, a través de la llamada “Patriot Act” aprobada en octubre de 2001. A esto tenemos que añadir los infames centros de detención en que se torturó a miles de prisioneros, como Bagram en Afganistán, Abu Ghraib en Irak, y Guantánamo en Cuba.
La “guerra contra el terrorismo” no logró revertir la declinación del imperialismo yanqui. Más de veinte años después de la invasión de Irak, es notable ver cómo Trump vuelve a apelar al argumento de las “armas de destrucción masiva” (en este caso, el programa nuclear iraní) para justificar su guerra contra Teherán. El magnate que venía, en teoría, a redimir a su país de los desastres de Irak y Afganistán y a hacer grande a Estados Unidos de nuevo, terminó también empantanado.
El avasallamiento de los pueblos forma parte de la naturaleza del imperialismo, que es la etapa del capitalismo en su declinación. La profundización de las tendencias a una nueva guerra mundial, que responden a la crisis global del capitalismo, reclama una irrupción de los trabajadores del mundo contra el capital y sus gobiernos.





