Cultura

12/7/2024

TEATRO

“Las cautivas”: zafarse del yugo y animarse a ser Otra

Lorena Vega es Rosalila y Laura Paredes, en la imagen, ha sido reemplazada por Camila Peralta en el rol de Céline.

Miranda le reprocha al monstruoso Calibán, nativo de la isla que su padre Próspero se ha apropiado, en La tempestad de William Shakespeare: “me esforcé en enseñarte a hablar y cada hora / te enseñaba algo nuevo. Salvaje, cuando tú / no sabías lo que pensabas y balbucías / como un bruto, yo te daba las palabras / para expresar las ideas.” Cuatrocientos años más tarde, este es el hálito que hasta hace poco gobernaba la mayoría de las representaciones del indio-otro: salvaje, ignorante, bárbaro, caníbal, obsceno; hay que aleccionarlo, civilizarlo, hacerlo inteligible. La otra aproximación suele ser diametralmente opuesta: el indio como fuente de saber ancestral, conectado con la naturaleza, inocente, asexuado, naif; el “buen salvaje” rousseauniano Viernes en Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Los matices de esta alteridad india se han a menudo perdido en las representaciones culturales en pos de reproducir esta dialéctica colonialismo-indigenismo. En “Las cautivas” de Mariano Tenconi Blanco, estos polos opuestos son presentados solo para ser desarmados por las fuerzas inapelables de la experiencia y la interacción humana. 

El telón se descorre para revelar la escena de una boda en tierras rioplatenses a mediados del siglo XIX. Camila Peralta es Céline, una mujer francesa que va a casarse con el criollo Eugenio Díaz Iraola. Las nupcias son inceremoniosamente interrumpidas por un malón de indios que matan a algunos de los asistentes, se llevan los cadáveres y secuestran a la novia. Peralta, que se encuentra sola en escena, deslumbra con su capacidad aurática (1), proyectando robustamente a los personajes y los hechos que la rodean sin dejar de ser vulnerable. Nos transporta a lomo de caballo a través de la pampa hasta la morada de la tribu. La actriz, que también fascina en la obra “Suavecita” en la sala Caras y Caretas, se maneja versatilmente el texto en verso de Tenconi, y usa con agilidad el cuerpo entero, cubierto por un vestido de época, para hipnotizar al público. Finalmente, el malón llega a su destino y se bosqueja el lugar común: el festín antropofágico y la orgía bestial. Cuando le toca a Céline ser violada, una india se interpone y la rescata. La francesa la bautizará como “Atala”, aludiendo a la nouvelle epónima de Chateaubriand de principios de siglo XIX, donde opone al salvajismo de los nativos de Norteamérica con la “civilización” de los misioneros cristianos franceses. Sin embargo, la obra genera el primer quiebre con el estereotipo, desalojando a la europea de la escena y entregándole la narración a la voz india. 

Lorena Vega interpreta a Atala, cuyo nombre verdadero es Rosalila, adueñándose del escenario de inmediato. Ella ha nombrado a Céline como “Elegida”, y la sustrae de la violencia sexual para huir juntas a lo desconocido. Vega actúa hace mucho en las obras de Tenconi Blanco (“Todo tendría sentido si no existiera la muerte” y “La vida extraordinaria”, que está en cartel) se nota en su dexteridad la familiaridad que tiene con el texto y la puesta; también está dirigiendo y protagonizando la ecléctica obra experimental “Imprenteros” en el Teatro Picadero. En “Las cautivas”, Vega se adueña del escenario apenas emerge con su presencia y su voz arrolladora, vestida y maquillada de pies a cabeza con un policromático atuendo indígena. Viaja con (su) Elegida a través del paisaje y enfrenta junto a ella el hambre, los soldados, los obstáculos y las inclemencias de la naturaleza. Con una firmeza que desafía el binomio masculino/femenino protege a Elegida y se clava la mirada siempre en el horizonte, lista para lanzarse a lo desconocido.

La resolución de la barrera lingüística está resuelta con audacia, Elegida y Atala no comparten el escenario, de este modo se elude el aprendizaje que Calibán execra: “Me enseñaste a hablar, y mi provecho / es que sé maldecir. ¡La peste roja te lleve / por enseñarme tu lengua!”. Cada una es dueña de su palabra y de su lengua, habita su propia diferencia, tiene la posibilidad de ser elocuente y tener una poética propia, que Tenconi traza caminando ágilmente por una cuerda floja, sin caer en la grandilocuencia afrancesada para Céline o en una apócrifa descomposición sintáctica aborigen para Rosalila. No se adueñan solamente de sus voces y sus culturas distintas, sino que también de sus cuerpos, donde encuentran la analogía, y fuera de la mirada masculina erotizante se enamoran bajo las estrellas que refulgen sobre las pampas. La antropofagia y lo orgiástico se representan, se enmarcan y luego se dejan de lado, y con este gesto se desarma el juicio moral europeizante que suele teñir la figuración de culturas nativas. Tomando los nombres de las protagonistas (Rosalinda y Celia) y la temática de amor pastoral de “Cómo gustéis” de Shakespeare, la obra da un giro queer y rioplatense para adentrarse y explorar una historia de amor entre dos mujeres, que no sienten la necesidad de colonizar ni adiestrar a la otra, y que sin dejar de lado su idiosincrasia se encuentran en su humanidad. El público espera con ansias el encuentro de ambas en escena, y la obra resuelve este anhelo a la vez que logra rebasar la ininteligibilidad, en un final que conmueve.

“Las cautivas” forma parte de la Saga europea de Tenconi Blanco que trabaja la relación entre Europa y Latinoamérica. La escenografía es un pequeño teatro dentro del teatro, una relación metonímica que indica la intención de refundar la cosmovisión latinoamericana que tiene la obra desde ese escenario. La música en vivo está a cargo del infaltable multiinstrumentista Ian Shifres, quien hace tiempo forma parte de la compañía Teatro Futuro junto al dramaturgo y la productora Carolina Castro. El diseño de vestuario de Magda Banach marca la diferencia y la dialéctica cultural, sin caer en la parodia o la caricaturización de los personajes. “Las cautivas” rompe los moldes de la representación del encuentro entre alteridades, y yendo más allá del simple reconocimiento de los ultrajes del colonialismo, se adentra intrépidamente en el pasado para desmontar y reconfigurar imaginariamente la polaridad sarmientina de civilización y barbarie. Propone una nueva mitología que reconozca los matices culturales sin erradicar las diferencias, a la vez que emancipa y brinda autonomía a las que han sido cautivas de la opresión de los cuerpos, tanto colonial como patriarcal: las mujeres. 

(1)  En el sentido que señala Georges Didi-Huberman:  “aurático sería el objeto cuya aparición despliega, más allá de su propia visibilidad, lo que debemos denominar imágenes, sus imágenes en constelaciones o en nubes, que se nos imponen como otras tantas figuras asociadas que surgen, se acercan y se alejan para poetizar, labrar, abrir tanto su aspecto como su significación, para hacer de él una obra de lo inconsciente”.

“Las cautivas” está los domingos a las 17hs en el Teatro Metropolitan.