02/12/2020
EDUCACIÓN PÚBLICA

Acuña y La Nación patalean porque no pueden adoctrinar

Sobre la última editorial de La Nación.
Profesor de Matemática

El diario La Nación dedicó su editorial y buena parte de su edición de este domingo al llamado «adoctrinamiento» en las escuelas. Está claro que es un espaldarazo a la Ministra Soledad Acuña luego de que sus declaraciones contra la docencia avivaran el reclamo por su renuncia, pero además es un llamado a ir más fondo contra los docentes, contra los profesorados y contra la libertad de cátedra. Digamos que para una publicación que hace 150 años se jacta de ser una «tribuna de doctrina» es llamativa tanta preocupación por el adoctrinamiento. Como es evidente, el diario de Mitre no tiene ningún problema con el adoctrinamiento en abstracto sino con el contenido de la doctrina que se imparte. Bien mirado, el tema muestra la impotencia de la burguesía argentina que no es capaz de imponer plenamente su ideología en la escuela.

La escuela y la lucha de clases

A partir de la década de los 60 se desarrolló una corriente sociológica cuyo exponente más conocido es Louis Althusser que se esforzó en mostrar a la escuela como un aparato ideológico del Estado. Las teorías de la reproducción, como se las conoce, tuvieron el mérito de señalar el papel muchas veces velado de la escuela como reproductora de las relaciones sociales de explotación. Es un punto que vale rescatar frente a la tesis del progresismo vulgar que afirma que «la educación iguala». Pero su defecto fue anular el papel de la lucha de clases, que es también una lucha ideológica, al interior del propio sistema educativo. Y por lo tanto reduce a los docentes a una correa de trasmisión de la ideología dominante. Así, Althusser llega a la conclusión de que «la mayoría [de los docentes] no tienen siquiera la más remota sospecha del «trabajo» que el sistema (que los rebasa y aplasta) les obliga a realizar y, peor aún, ponen todo su empeño e ingenio para cumplir con la última directiva» (Ideología y aparatos ideológicos del Estado). Que se la venga a contar a Soledad Acuña.

En nuestro país, no hay ninguna duda que el sistema educativo está completamente atravesado por la lucha de clases. Desde la Reforma y la «laica o libre» hasta la pelea contra la secundaria del futuro y por la ESI laica y científica, las luchas del movimiento docente y estudiantil no solo estuvieron marcadas los reclamos salariales y presupuestarios sino también por la orientación social de la educación.

No es el kirchnerismo

El ataque de Acuña y La Nación no es tanto al kirchnerismo, como a ese movimiento docente y estudiantil que defiende una escuela científica y universal, frente a la capacitadora de recursos humanos que quiere toda la burguesía nacional. Recordemos que la lucha contra la Unicaba y en defensa de los profesorados la empujó la izquierda y no el kirchnerismo, que tanto su forma de UTE- Celeste como de dirección de centros de estudiantes buscó negociar el rectorado y luego la coexistencia. Recordemos también que el macrismo no impulso ninguna ley educativa, porque la Ley de Educación Nacional del kirchnerismo era un marco más que propicio para su política de desguace y privatización.

Que se hable del «imperialismo estadounidense» en el programa de Geografía no es una victoria del relato kirchnerista, sino un fracaso del relato del burguesía mundial que intenta encubrir el saqueo más obsceno detrás de eufemismos y definiciones jurídicas. La idea de Fernández Díaz de que el kirchnerismo promueve el odio al imperialismo no resiste el filtro de la realidad. Por si quedaba alguna duda tenemos la conversación «más que excelente» (como reseña el mismo La Nación) de Alberto Fernández con Joe Biden. El imperialismo se gana el odio del pueblo solo, con su saqueo, sus golpes y sus guerras. El kirchnerismo, a lo sumo, trata de encauzar ese odio o de surfearlo para que no pase a mayores.

Que la categoría del imperialismo y la crítica a la teoría de los dos demonios formen parte de los contenidos escolares es una conquista que tenemos que defender. Naturalmente el gobierno intenta luego presentar las cosas de forma manipulada para consagrarse, igual que como ocurre con cualquier derecho que se consagra como ley. Sabemos que en el momento en que la clase obrera conquista el derecho a las asociaciones sindicales, el Estado aparece como un factor regimentador de esas asociaciones. Pero no por repudiar a la burocracia sindical dejamos de defender los sindicatos. En este punto no podemos ser indiferentes frente a los ataques de La Nación que más allá de cuestionar la historiografía K tienen un eje en la defensa de la escuela como reproductora del régimen social. «Deberíamos empezar por enseñarles a respetar la ley, a reconocer la autoridad» dice la editorial del domingo.

Vivan los docentes y los estudiantes que cuestionan la ley y la autoridad.

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