Con los pueblos de Medio Oriente, contra el imperialismo y el sionismo

Tres años del lanzamiento del operativo genocida de Israel en la Franja de Gaza

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Movilización en Barcelona (2025)

Este 7 de octubre se cumplen tres años de la incursión de las organizaciones armadas palestinas en Israel, la llamada operación Diluvio Al Aqsa, y del lanzamiento de un operativo genocida por parte del Estado sionista contra la Franja de Gaza que, a la fecha, dejó más de 70 mil muertos identificados (en realidad son muchos más) y dos millones de desplazados.

Tres años después de aquellos hechos, la situación en Medio Oriente se caracteriza por el intento de la Casa Blanca de imponer un protectorado en Gaza y por el empantanamiento del imperialismo y el sionismo en Irán.

“Genocidio de manual”

Cuarenta y ocho horas después del inicio de los bombardeos masivos contra Gaza, el 9 de octubre de 2023, el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, anunció un asedio total del territorio costero. “No habrá electricidad, ni alimentos, ni gas, todo está cerrado. Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia”, planteó entonces. Ese mismo mes, a los bombardeos y el bloqueo se sumó la invasión terrestre.

El desplazamiento masivo de los gazatíes (dos millones de personas, equivalente a más de dos tercios de su población), el ataque constante a centros de refugiados, hospitales (más de 700 en total), escuelas (casi el 100 por ciento del total), el asesinato de trabajadores de la salud (1.500, según Médicos Sin Fronteras), el bloqueo al ingreso de alimentos e insumos médicos, configuran lo que, atinadamente, un historiador israelí, Raz Segal, definió como un “genocidio de manual”.

Este operativo marca un salto en los planes de limpieza étnica y de colonización territorial, cuyas raíces se remontan a la propia formación del Estado de Israel, en 1948. En ese momento, cerca de 700 mil palestinos fueron expulsados de sus tierras. En 1967, tras la “Guerra de los Seis Días” con los países árabes, Israel puso bajo su control a Cisjordania, Jerusalén Este, Gaza, los Altos del Golán (en la frontera con Siria) y la península del Sinaí (posteriormente devuelta a Egipto). La colonización no se detuvo en ningún momento. En la actualidad hay más de medio millón de colonos israelíes viviendo en Cisjordania y Jerusalén Este, y seis millones de palestinos diseminados fuera de su territorio (dos millones de ellos, en la vecina Jordania).

En el caso particular de Gaza, Israel se retiró en 2005, pero instauró (con el apoyo de Egipto) un bloqueo total dos años más tarde, ante la victoria de Hamas en las elecciones legislativas palestinas. Gaza se convirtió en una “prisión a cielo abierto”, con el 80% de su población dependiendo de la ayuda humanitaria extranjera. Además, Israel llevó a cabo operaciones brutales como “Plomo fundido” (2008, que dejó 1.400 palestinos muertos), “Pilar de defensa” (2012, con 167 muertos), y “Margen protector” (en 2014, con 2.300 muertos).

De la invasión de Gaza a la violación de la tregua

Esta era la situación al 7 de octubre de 2023, cuando un frente de organizaciones palestinas (Hamas, Jihad Islámica, Frente Popular para la Liberación Palestina y Frente Democrático para la Liberación de Palestina, entre otras) ingresó en territorio israelí y capturó 251 rehenes. Se estima que en la jornada murieron más de 1.000 milicianos, y que hubo 1.200 muertos del lado israelí, de los cuales 800 habrían sido civiles. Una investigación de una comisión de la ONU reveló, en 2024, que Israel aplicó ese día la doctrina Aníbal, que habilita a las fuerzas israelíes a disparar contra soldados y civiles para evitar capturas, lo que provocó la muerte de al menos 14 civiles israelíes.

A pesar de la completa desproporción de fuerzas, Israel encontró dificultades en su invasión del territorio costero, donde se topó con una intensa resistencia de guerrillas. A su vez, Hezbollah empezó a lanzar misiles al norte israelí desde el sur del Líbano. Los hutíes yemenitas, por su parte, impulsaron un boicot naval contra objetivos israelíes y norteamericanos en el Estrecho de Bab El Mandeb, que conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén. Estados Unidos y Alemania, y en menor medida otros países europeos (como Reino Unido e Italia), prestaron ayuda militar a Israel tanto antes como después del inicio de las operaciones en Gaza.

A lo largo de la invasión, hubo intercambios parciales de rehenes por prisioneros políticos palestinos y una tregua de corta duración. Desde marzo de 2024, las organizaciones armadas palestinas propusieron, en varias ocasiones, acuerdos para liberar la totalidad de los rehenes, a cambio de presos políticos, el cese de los bombardeos y la retirada israelí, pero el gobierno del primer ministro, Benjamin Netanyahu, rechazó estas posibilidades. Para el gobierno israelí, el problema de los rehenes era secundario y estaba supeditado al aplastamiento de Hamas.

Hacia octubre de 2025, cuando se estableció un cese al fuego, bajo mediación de Estados Unidos, Egipto y Qatar, Israel ocupaba más de la mitad del territorio costero. Estos acuerdos establecían el intercambio de los rehenes (los 50 que quedaban) por prisioneros políticos palestinos, el fin de las operaciones militares, el levantamiento del bloqueo y el repliegue israelí detrás de una imaginaria “línea amarilla” que dividía en dos el territorio.

Sin embargo, Israel incumplió casi todos sus compromisos. Más de mil gazatíes fueron asesinados desde octubre de 2025, la ocupación militar se extendió más allá de la “línea amarilla” y el bloqueo se sostuvo.

No es el único acuerdo que violó Israel. En el caso del Líbano, burló el compromiso de retirarse militarmente del sur.

La “Junta de Paz” de Trump

El cese al fuego de octubre 2025, patrocinado por el presidente estadounidense Donald Trump, formó parte de un plan de 20 puntos que establece la formación de una “Junta de Paz” para Gaza, con el magnate a la cabeza, y un plan multimillonario de reconstrucción. Asimismo, incluye el establecimiento de una fuerza multinacional de ocupación en el territorio costero, la entrega del poder y las armas por parte de Hamas y los otros grupos armados, y la transferencia, a largo plazo, del poder político a una Autoridad Palestina remodelada según los apetitos del imperialismo. En este desenlace contradictorio (la resistencia no quedaba desmantelada, pero cedía posiciones) pesó, sin dudas, el rol traidor de las burguesías árabes, que contribuyeron a aislar al pueblo gazatí. 

Este plan reaccionario fue avalado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en noviembre de 2025, con el voto de 13 de sus 15 miembros (incluyendo a Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Dinamarca, Grecia, Corea del Sur y Argelia). Rusia y China se abstuvieron en la votación, pero no ejercieron su poder de veto.

La junta colonial de Trump, inaugurada en enero de 2026, cuenta con representantes de más de una veintena de países, incluyendo Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, Jordania, los Emiratos, Kuwait, Turquía, Israel, Paraguay y la Argentina. No logró sumar a China y Rusia, ni a la Unión Europea, que teme una especie de “ONU paralela” bajo comando trumpista.

Hasta aquí, el plan de 20 puntos registró también otros avances, pero no determinantes. Hamas aceptó ceder el poder administrativo de Gaza a una junta integrada por referentes de los países árabes, pero esa junta no logró instalarse en el terreno, debido al boicot israelí.

Trump anunció, recientemente, que Hamas aceptó entregar las armas, pero las organizaciones armadas palestinas explicaron que esa deposición está condicionada a la retirada israelí del territorio costero, punto que no está en los planes de Netanyahu.

Irán y el nuevo escenario regional

Con todo, el punto que pasó a ocupar el eje de la situación regional, a partir de febrero de este año, es la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. La Casa Blanca apostó a una rápida caída del régimen iraní, pero se encontró con una resistencia inesperada que tuvo su mayor activo en el bloqueo del Estrecho de Ormuz, por donde transita un quinto del petróleo mundial.

La guerra tuvo un impacto internacional inmediato, debido al salto en los precios globales del petróleo, que acicatea las tendencias inflacionarias y recesivas globales. En el caso de Estados Unidos, el aumento en los combustibles es uno de los factores que puede costarle las elecciones de medio término a Trump. En este marco, la Casa Blanca se vio arrastrada a una mesa de negociaciones en la que no pudo imponer ninguna de sus condiciones, ni siquiera la renuncia de Teherán a su plan nuclear.

Al mismo tiempo, la exitosa contraofensiva de los hutíes en Yemen –que en las últimas semanas arrebataron a las fuerzas apoyadas por Arabia Saudita importantes posiciones sobre el Mar Rojo y el Estrecho de Bab El Mandeb- supone otro golpe para la Casa Blanca.

La región está convulsionada y eso se debe, en gran medida, a los planes militaristas del Estado de Israel. Desde octubre de 2023, además de invadir Gaza, Israel redobló la expansión colonial en Cisjordania y atacó a Siria, Irán, Líbano y Yemen. En la última asamblea de Naciones Unidas, además, Netanyahu embistió en su discurso contra Turquía y Qatar. El Estado israelí, basado en la opresión del pueblo palestino y una ideología supremacista, es incompatible con las aspiraciones e intereses de los pueblos de Medio Oriente.

Como parte de los reacomodamientos regionales posteriores a la guerra, hay que tomar nota del acuerdo de La Meca entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán, que pone la mira en Irán, pero que es también una manera de disputar la influencia regional con Israel.

En el caso de Cisjordania, la aceleración de la colonización barre, inclusive, con el planteo de un microestado palestino junto a Israel, la llamada solución de dos Estados, defendida por un ala del imperialismo, las burguesías árabes y la Autoridad Palestina.

Más allá del carácter capitalista y opresivo del régimen iraní, nos posicionamos por la derrota de Estados Unidos e Israel en el conflicto, dado que este resultado implicaría un severo golpe para el imperialismo y el sionismo y reforzaría la lucha de las masas de la región.

Cómplices o movilizados

Desde su creación, en 1948, Israel fue un Estado gendarme de los intereses del imperialismo yanqui y europeo en Medio Oriente. Gracias al apoyo estadounidense (sea bajo administraciones del Partido Republicano, o del Partido Demócrata), se convirtió en una potencia nuclear y tiene uno de los ejércitos mejor pertrechados del mundo.

La Unión Europea, además de brindarle auxilio militar, sostiene un tratado de libre comercio con Tel Aviv, lo que muestra la impostura de las declaraciones “humanitarias” de algunos de sus funcionarios sobre la situación en Gaza.

Trump, en particular, impulsó durante su primera presidencia los Acuerdos de Abraham que buscan avanzar en una normalización de las relaciones diplomáticas entre los Estados árabes e Israel. Marruecos, Emiratos Arabes y Bahréin dieron el pistoletazo de largada, y se estima que Arabia Saudita era el siguiente en la lista, hasta que lo frenó la invasión de Gaza en 2023. Antes de los acuerdos trumpistas, Egipto (1978) y Jordania (1994) restablecieron relaciones con el Estado sionista. Todo esto echa luz sobre la complicidad de las burguesías árabes, que anteponen sus negocios a la causa palestina.

En el caso de los Brics, profundizaron sus vínculos comerciales con Israel, a pesar del genocidio. En 2024-2025, China incrementó sus exportaciones a Tel Aviv en un 50 por ciento, y Rusia las decuplicó. India, a su vez, abastece a Israel de componentes para la fabricación de armas (Sin Permiso, 20/9). Otra muestra de que este bloque no constituye un polo antiimperialista.

En contraste con estos posicionamientos, las masivas movilizaciones en Estados Unidos (incluyendo la ocupación de los campus universitarios), Europa y Medio Oriente se convirtieron en el mejor aliado del pueblo palestino. En particular, merece señalarse los paros de solidaridad en Italia en octubre de 2025 y mayo de 2026, impulsados por los sindicatos combativos, y los bloqueos en los puertos al envío de pertrechos militares y petróleo. Las distintas ediciones de la flotilla global Sumud, el convoy humanitario terrestre Maghreb, el desarrollo de un movimiento judío antisionista, los boicots académicos y comerciales también ayudaron a fortalecer la lucha contra el genocidio.

Para silenciar cualquier crítica al Estado de Israel y tratar de disuadir los pronunciamientos y movilizaciones, el sionismo se vale de instrumentos amañados como el protocolo IHRA (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto), que equiparan falsamente el antisionismo con el antisemitismo. Entre los casos más resonantes de la persecución contra aquellos que alzan su voz contra el genocidio se encuentran la ilegalización de Palestine Action en Reino Unido y el encarcelamiento de cuatro de sus miembros con penas de hasta ocho años de cárcel por una protesta dentro de una planta de la firma israelí Elbit Systems; la designación de esa misma organización, de Masar Badil y del colectivo Autistici/Inventati como “terroristas” en Estados Unidos; el proceso contra los 5 en Alemania (“Ulm5”); el arresto de "los cuatro" de Túnez (miembros de la flotilla Sumud); la condena contra el dirigente de izquierda brasileño, Zé María (PSTU), y la causa judicial en el fuero federal contra la legisladora del Partido Obrero-Frente de Izquierda de Argentina, Vanina Biasi.

Argentina y el genocidio

Como sabemos, el presidente argentino, Javier Milei, es uno de los más fervientes partidarios de Estados Unidos y el sionismo en todo el mundo. Al Estado de Israel lo definió en más de una ocasión como “faro de la civilización occidental”. En su reciente viaje a Nueva York, calificó a Trump y Netanyahu como “héroes de la humanidad”. Previamente, también en Estados Unidos, respaldó el ataque a Irán.

Milei suscribió convenios de seguridad con el Estado sionista y se postula como punta de lanza de la diplomacia israelí en la región, a través de los llamados Acuerdos de Isaac, versión latinoamericana de los Acuerdos de Abraham.

Pero la influencia del lobby sionista se extiende a todo el arco político patronal. Un ejemplo emblemático es el de la firma Mekorot, la compañía israelí estatal de aguas, que posee convenios con una docena de provincias argentinas. El promotor de estos acuerdos fue “Wado” de Pedro, ministro del Interior bajo el gobierno de Alberto Fernández, y uno de los principales referentes del kirchnerismo.

Recientemente, en una entrevista radial, De Pedro intentó justificar esos acuerdos señalando que se trataba de “otro contexto”, cuando, como hemos visto en este artículo, el plan de colonización y limpieza étnica en Palestina no es una novedad que empieza en 2023. También el gobernador Axel Kicillof eludió, recientemente, pronunciarse sobre el genocidio, ante una consulta periodística.

En este escenario, la movilización en apoyo al pueblo palestino en nuestro país recae fundamentalmente en el Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino, integrado por organismos de derechos humanos, de las colectividades (árabe y judía), activistas independientes, la izquierda y otras organizaciones populares. Sin embargo, partidos que se autoproclaman como “democráticos” (UCR) o “nacionalistas” (PJ) no solo han boicoteado estas movilizaciones, sino que en muchos casos han hecho causa común con el sionismo genocida.

El genocidio sigue, la lucha también

En la semana del 7 de octubre se desarrollarán movilizaciones en todo el mundo para rodear de solidaridad al pueblo palestino. En Buenos Aires, nos movilizaremos desde Callao y Corrientes hasta el Obelisco, el miércoles 7 a las 17hs.

Como ejes de esta jornada, además del rechazo al genocidio, desde el Partido Obrero planteamos la defensa del derecho del pueblo palestino a la resistencia con todos los medios a su alcance, el repudio al alineamiento del gobierno argentino con Estados Unidos e Israel, la ruptura de relaciones con el Estado sionista, la consigna de la derrota del imperialismo y el sionismo en Irán, y la necesidad de una irrupción de las masas populares de Medio Oriente, en la perspectiva de una Palestina única, laica y socialista, y de una federación socialista de los pueblos de la región.

Cámaras, cuerpos y voces: tres años de cine y cineastas contra el genocidio palestino
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